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Nunca pensé que llegaría a sentir pesar por estas muchachas que compiten en gimnasia, fantásticamente flexibles, llenas de gracia, capaces de asombrar a una estatua, pero en Barcelona 92, mucho antes de martirizarme con la dramática historia de Dominique Moceanu, me estremecí viendo llorar en forma desgarradora a la norteamericana Kim Zmeskal, después de un error de cálculo que la empujó más allá de los límites territoriales para maniobrar, liquidando sus posibilidades de obtener medalla.

¿Cómo era posible ese desenlace después de haber mostrado una agilidad increíble y un control muscular computarizado, mientras giraba en el aire como si estuviera deslizándose con la ayuda de una cuerda invisible? Un solo movimiento en falso, y 12 años de adiestramiento de Zmeskal, fueron a parar al pozo de la inutilidad artística. Por Dios, ¿fue eso justo?

Desde los 4 años, Kim fue sometida por unos padres obsesionados con la gloria olímpica, a un entrenamiento tan intenso, que la llegó a atrapar por 8 horas diarias. ¿Se imaginan un promedio de 8 horas diarias incluyendo los domingos por 12 años? Agreguen todas las limitaciones colaterales a que obliga el cuido requerido. Así que, ¿Cómo reembolsarle a esa chavala su infancia y su adolescencia? ¿Cómo explicarle después de fallar, que esas etapas de su vida se desvanecieron?

En Sydney, vi frustrarse a la rusa Svetlana Khorkina durante un descenso aparentemente sencillo de las barras paralelas. Antes, había maravillado al público con su magia. Svetlana llegó a su butaca y rompió a llorar, recordándome a la Kim Zmeskal de Barcelona. Yo, que tanto me emocioné con el aterrizaje heroico de Kerry Strug en Atlanta, compitiendo con un pie vendado, me hundí en la silla del palco de prensa.

La pretensión de Svetlana, de ganar una medalla se había derrumbado. Por cumplir los 19 años, ella estuvo enclaustrada desde los 6 para ser Campeona de Europa y número uno en el Mundial del 97, pero no pudo conseguir la gloria olímpica.

¿Cómo entregarle todos los helados y pizzas que se perdió de comer, o las salidas de viernes y sábado por la noche, y las alegrías juveniles por las que atraviesa toda chavala normal? Definitivamente, este deporte pese a su magnetismo es un sutil abuso de la niñez.

dplay@ibw.com.ni

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