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Ahí está Dalila Rugama. Su brazo derecho está elevado en forma de L, y en su puño, justo a la altura de sus ojos, sostiene una jabalina que pesa 600 gramos. Mientras respira profundo, mira fijamente hacia el frente, como intentando alcanzar determinada distancia con su vista. Corre para tomar impulso, y de repente, mientras cae su pie derecho, arquea su cuerpo y su brazo hacia atrás, y avanza de perfil cinco pasos. Finalmente, descarga toda su fuerza para llevar con rapidez su brazo hacia adelante y suelta la jabalina.

El lanzamiento de jabalina ha sido la pasión de Rugama en los últimos 12 años, luego de que el profesor de Educación Física de su colegio, y actual entrenador, Héctor Vanegas, descubriera por casualidad su potencial en dicha disciplina.

La primera vez que Vanegas la vio lanzar una jabalina, le dijo sin titubear que se dedicarían de lleno a esa práctica, e incluso auguró que sería campeona centroamericana.

Y así fue. De 2001 a 2012, a excepción de 2008 y de 2009, Rugama ha obtenido el primer lugar en los Juegos Centroamericanos, y hasta llegó a participar en los Juegos Olímpicos de 2004 en Atenas, Grecia.

Cosas del destino

En 2001, Rugama tuvo que dejara sus amistades en Villa El Carmen, a unos 60 kilómetros al suroeste de la capital, para comenzar a estudiar en el Colegio Bautista de Managua, pues como ya iba para IV Año de Secundaria, su papá decidió matricularla en un centro de prestigio, de cara a su entrada en la universidad.

En su antiguo colegio no le habían inculcado mucho el deporte, pero estaba enamorada del voleibol, y continuó con esa práctica, aunque en una ocasión Vanegas la invitó a formar parte del equipo de atletismo y ella aceptó.

“Yo no lo tomé en serio porque ya estaba en voleibol, pero decidí quedarme e intentar hacer las dos cosas, y del voleibol me fui desencantando, porque éramos pocas mujeres y no había exigencia”, recuerda hoy a sus 28 años.

Un día, el entrenador sacó una jabalina y Rugama se interesó por saber qué era eso.

“Le pregunté a una compañera. Me dijo cómo se lanzaba, entonces yo vine, la agarré y la lancé… la distancia (alcanzada) pudo haber sido 18 metros”, dice.

"En Centroamérica nunca perdí"

Rugama tiene mala memoria, no recuerda las fechas de sus competencias ni sus marcas, y tampoco las circunstancias de sus momentos más importantes como atleta. Al hablar de ello, hace pausas, frunce su entrecejo, y eleva su mirada como buscando algo que flota sobre su cabeza.

Su primera marca de 18 metros fue subiendo poco a poco hasta 36 metros, y así fue ganando puestos destacados en juegos regionales hasta 2003, cuando participó en los Juegos Panamericanos Juveniles celebrados en Barbados, y marcó entre 40 y 46 metros... no recuerda muy bien.

En ese viaje, según recuerda, le pasaron “desgracias”, porque fue sola y no sabía hablar inglés.

“En ese evento hice tercer lugar, fue arriba de 40, 46 (metros) creo, no recuerdo muy bien, pero es una medalla que para mí pesa, porque es un Panamericano, y el nivel es de más exigencia”, señala Rugama, sentada en una silla del comedor de la casa de su abuela paterna, donde pasa todas las tardes.

Tras recordar un juego por aquí, una marca por allá, alguna anécdota a medias, asegura con firmeza: “En Centroamérica nunca perdí”.

Sin embargo, Rugama estuvo a 60 centímetros de no asistir a los Juegos Olímpicos de 2004 en Atenas, Grecia. Y es que la marca solicitada era de 50 metros, y en los últimos Juegos Centroamericanos de ese año, aunque hizo récord en el evento, solo alcanzó 49.40 metros.

Fueron momentos de ansiedad, asegura, pues los lanzadores de jabalina asisten a los Juegos Olímpicos solo si alcanzan la marca mínima solicitada por la Federación Internacional de Atletismo, FIA.

Rugama se salvó, porque la federación nacional envió una carta a la FIA pidiendo un permiso especial para ella a partir de su destacada participación en juegos centroamericanos.

¿Cómo fue saber que finalmente iría?

“No recuerdo, es ir muchos años atrás… no sé, la emoción de ir, es un sueño ir a un evento de esa magnitud, donde te encontrás lo mejor de lo mejor del mundo; estar en la inauguración es inolvidable, de eso sí me acuerdo”, contesta riendo.

En 2008 tuvo otra oportunidad para ir a los Juegos Olímpicos en Beijing, en China, pero esa vez no lo logró. Un año atrás había implantado su mejor marca personal y a nivel centroamericano, con un lanzamiento de 55.28 metros en los Juegos de la Alianza Bolivariana de las Américas, ALBA, en Venezuela.

Buscando la marca para ir a las Olimpíadas de Beijing, Rugama fue a entrenar a Cuba por segunda vez. “Pero estando allá me lesioné el codo”, menciona, como si estuviera haciendo referencia a una situación penosa.

“Empecé con una molestia. Según el entrenador que tenía allá era porque yo no estaba adaptada, pero la molestia se fue haciendo más grande hasta que llegó un punto en el que no podía lanzar”, cuenta.

Aun así, Rugama continuó haciendo lanzamientos de hasta 54 metros, y participó en dos competencias más, por lo que el equipo de entrenadores cubanos que eran responsables de los atletas internacionales, le sugirieron a la entonces presidenta del Comité Olímpico Nacional, María Antonieta Ocón, que la incluyeran en la lista de atletas rumbo a China.

“Pero yo sabía cuánto me dolía, y le dije que no, que la molestia era muy fuerte, ni siquiera tenía extensión (en el brazo)”, indica.

Rugama volvió a lanzar hasta en 2010, cuando su entrenador la invitó a participar en una competencia nacional, donde ganó el primer lugar; después en los Juegos Centroamericanos en Guatemala, donde también ganó primer lugar con 46 metros, y por último en los Juegos Panamericanos del año pasado en México…, pero ahí no tuvo una buena participación porque no se adaptó al clima.

Rugama se reincorporó de lleno a inicios de este año. Afirma que está recuperada en un 95%. Y aunque fue seleccionada para buscar la marca para viajar a los Juegos Olímpicos en Londres, no se dedicó a ello, porque cree que era imposible.

“Entrenando en un 100% sí nos hubiésemos podido aproximar a 55, 56 metros, pero ahora mis deberes pasan a primer plano y los lanzamientos a segundo”, señala.

Y es que Rugama ahora también se dedica a cuidar a sus dos sobrinos: Katherine, de seis años, y Julio, de casi dos años. El entrenamiento, dice, lo hace por gusto.

“Lo sigo haciendo porque me gusta, todavía siento emoción, los mismos nervios (pero) cuando yo ya no sienta eso, voy a decir ‘hasta aquí’”, afirma.

Además, está casada, y dice que cuando tengas sus hijos se dedicará totalmente a ellos. No obstante, después de la jabalina, le queda otra pasión que, al parecer, nunca dejará: las motocicletas.

“Ahorita estoy sufriendo porque la última (motocicleta) la vendí, pero no porque me quise deshacer de ella, sino porque voy a comprar otra”, comenta entre risas Rugama, quien desde 2003 ha tenido siete motos.

 

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