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No es difícil relacionar al William Aguirre de hoy con el de las fotos de sus mejores momentos como atleta, las cuales adornan su oficina en el Instituto Nicaragüense de Deportes, IND. No pierde su postura, su peso es casi el mismo y la piel de su rostro siempre luce muy pegada a sus huesos, pero ya no viste camisetas ni shorts flojos, además, ya no tiene tanto cabello.

Dice que él, a diferencia de otros atletas, no acostumbraba verse en el espejo, y que el día que lo hizo se dio cuenta de que casi todo su cabello se había ido.

Viste un pantalón gris que sostiene en su cintura con una delgada faja negra, una camisa lila mangas largas, y unos zapatos estilo Florsheim.

Aguirre pudo haber sido futbolista, beisbolista e incluso doctor, pero no uno más de la lista, sino de los mejores, asegura, al tiempo que se ufana de su disciplina y de sus ganas de siempre ser el primero en todo, esas con las que logró ganar dos medallas de oro en los Juegos Centroamericanos de Honduras 1990 y El Salvador 1994.

Y es que este hombre que hoy tiene 51 años y se describe como una persona simple y poco emotiva, cuenta que llegó al atletismo “por accidente”, pues asegura que su pasión era y sigue siendo el fútbol, “como todo diriambino”. De hecho, dos de sus hermanos mayores, Silvio y Manuel, fueron miembros de la Selección Nacional de Fútbol en las décadas de los 60, 70 y 80.

“Yo quería ser como ellos. Miraba que iban a otros países y yo también quería conocer otros países”, comenta. Sin embargo, en su destino no estaba ser futbolista ni beisbolista, pese a que cuando estudiaba la primaria en el Colegio “Dr. René Schick”, de Diriamba, se destacó en fútbol, y cuando tenía 13 años fue el mejor lanzador de una liga infantil de béisbol.  

Compitió con nombre ajeno

Aguirre recuerda que estaba en tercer grado o en cuarto, cuando al ver al profesor de Educación Física, Sebastián Urroz, entrenar a un grupo de chavalos que iban a correr en unos juegos escolares departamentales, quiso competir con ellos, y los dejó “chorreados” en una competencia de tres vueltas al colegio.

La reacción de Urroz, dice, fue: “¿Y ahora qué hago?”, pues definitivamente era Aguirre quien tenía que asistir a los juegos escolares departamentales, y ya estaban hechas las inscripciones. Por fortuna, uno de los chavalos aceptó la derrota y le cedió su lugar, por lo que la primera competencia oficial de su vida la hizo bajo el nombre de Marlon Alemán.

Ahí corrió 800 y 400 metros planos; en la primera disciplina ganó medalla de oro y en la segunda medalla de plata. Aguirre estaba feliz. Pero se llevó un susto cuando lo llamaron para correr los 1,500 metros planos, pues creyó que no iba a poder completarlos.

Señala que incluso se devolvió de la marca de salida, pero que Urroz lo persuadió de competir. Y corrió. Iba en tercer lugar, pero un “pasá a ese chavalo ya”, por parte de otro profesor a su pupilo, funcionó como motores en sus pies.

“Es que yo me dije: ‘¡Eh, si este chavalo me pasa yo me quedo sin medalla!’”, refiere entre risas.

Aguirre ganó el primer lugar, pero recuerda que ni siquiera le dieron ganas de celebrar, porque terminó con la garganta reseca, con mareos y viendo turbio, por lo que decidió nunca más volver a correr. Y cumplió, pues a pesar de la insistencia de Urroz, no asistió a los juegos regionales.

Un fatal accidente

A sus ocho años, no solo su decisión de no correr nunca más parecía alejarlo de su destino como atleta, sino un accidente en el que casi pierde su pierna izquierda.

Un tarde de Semana Santa, Aguirre estaba sentado en una sillita de junco de plástico afuera de su casa, esperando que proyectaran una película típica de la festividad, cuando un jeep Land Rover manejado por una aprendiz lo impactó por la espalda.

“Pasé tres meses hospitalizado, y me habían dicho que podía quedar con la pierna recta o que me la podían cortar si se infectaba”, indicó.

No le gusta perder

¿Y entonces cómo volvió a correr? “Regresé un día que me enojé en el fútbol”, contesta. Aguirre tenía 16 años y jugaba la posición de mediocampista en un equipo diriambino que estaba en primera división, pero se desilusionó en una ocasión cuando perdieron un partido.

“A veces uno juega con todo el amor y toda la entrega, pero termina perdiendo por la irresponsabilidad de uno y la falta de coraje de otro”, dice al respecto, y agrega: “A mí no me gustaba perder ni en chibola”.

Aguirre confiesa que era el típico adolescente que organiza juegos de béisbol en su barrio porque tiene el utillaje para ello, pero que deja de jugar y se retira con sus cosas cuando ve que su equipo va perdiendo.

Tras ese episodio, comenzó a correr solo por calles y potreros, y un día de tantos vio en el periódico el anuncio de una competencia nacional que consistía correr 5,000 metros planos en el Estadio Nacional. “Eran muchos corredores, así que nos dividieron en grupos A y B”, dice. A él lo incluyeron en el grupo B, con los pocos conocidos y novatos, pero pidió que lo pasaran al grupo A.

Aunque le advirtieron que en el grupo A solo iban “los caballos” (experimentados), Aguirre corrió y corrió con “los caballos” y ganó. Recuerda que cuando llegó a la meta hubo un silencio sepulcral. “Es que nadie me conocía, pero poco a poco se me fueron acercando personas, entre ellos un raspadero que me regaló un raspado”, señala.

Ni en su familia creían que había ganado medalla de oro en dicha competencia. Sus hermanos agarraban los periódicos y le preguntaban con desconfianza si en verdad le había ganado a los que aparecían ahí, entre ellos Teodoro Zelaya, de quien el cronista deportivo Edgar Tijerino había dicho que “flotaba”.

Y el resto de la historia de Aguirre ya es conocida por todos. Aunque tal vez no todos sepan que a pesar de haber sido seleccionado para los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, España, había decidido renunciar al atletismo.

Desilusionado

En esa ocasión, el cronista deportivo Edgar Tijerino escribió: “¿Quién podría solicitarle prestados sus pinchos y trotar sobre las huellas imborrables que nos dejó a lo largo de más de 10 años? Por ahora, Aguirre no tiene repuesto. Es triste”.

El fondista estaba desilusionado porque por la falta de condiciones para entrenar no había logrado una medalla en los Juegos Panamericanos de 1991 en Cuba. Y es que ahí quedó en octavo lugar, a pesar de que en los Juegos Centroamericanos de 1990, en Honduras, había hecho la marca con la que el cubano Alberto Cuba ganó medalla de oro en La Habana un año después.

“Los dirigentes del Comité Olímpico de ese entonces no se dieron cuenta de que tenían a un atleta que podía ganar una medalla en panamericanos… no tuve respaldo para colgarme esa medalla”, lamenta hoy desde su escritorio en el IND, donde es el coordinador de las delegaciones departamentales.

Pero fue a los Juegos Olímpicos en Barcelona y cuatro años después de los de Atlanta. Reniega que en ninguno de estos dos eventos presenció la inauguración, porque por asuntos de economía los atletas viajaban justo para competir.

Aguirre dice que su papá, que murió cuando él tenía 15 años, siempre le dijo que no tenía que ser solo un “caballo de carrera”, sino que se tenía que preparar. Tomó el consejo de su progenitor, y lamenta que la mayoría de los atletas “se enamoran tanto del deporte que sacrifican su futuro”.