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Llegamos a Sidney 2000, sin expectativas. ¿Cómo diablos cultivarlas sin un plan de desarrollo deportivo, sin presupuesto, sin preocupación gubernamental, con Federaciones pobres y, obviamente, estancados en los deportes de tiempos y marcas?

¿Quién nos iba a decir en aquel 1968, o en aquel 1972, que en ese 2000, estaríamos batallando con registros barbudos y cojeantes que nunca fueron buenos en el concierto internacional, y que con el paso del tiempo eran más deprimentes?

Nada raro. ¿Acaso habíamos sembrado y regado lo suficiente para cosechar? Para nosotros, ir a unos Olímpicos es como ir a una guerra apretando los puños, pero desarmados. Un deporte sin real inversión y carente de una adecuada planificación solo puede producir milagros.

Cuando se levantó el telón en Australia, ahí estaban siete atletas nicas frente a retos fuera de alcance, sin honda y sin piedras. Casi como fuimos a México en 1968, cuando el mundo era en blanco y negro. Ya retirados y en pijama, Juan Argüello, Francisco Menocal y Donald Vélez nunca imaginaron que 42 años después, sus marcas seguirían siendo competitivas a nivel casero.

“Lo importante no es ganar, sino competir”, dijo el Barón de Coubertin, pero para países de deporte pequeño como el nuestro y resto de Centroamérica, con solo una de oro en su historia entre los cinco, lo importante es participar. Sin nivel de competencia ¿qué podíamos hacer en Sidney?

Maritza Figueroa corrió los 400 metros en 58.52 segundos, y Rigoberto Calderón no pudo participar porque, siendo un tirador de jabalina, fue necesario inscribirlo en los 100 metros. Esto fue algo insólito, porque la gente de la Federación se mostró sorprendida, pese a que debía estar informada, que sin alcanzar marcas mínimas, no se podía participar en eventos de campo como los lanzamientos. Los dirigentes y sobre todo Calderón, se mostraron desconcertados, mientras uno pensaba “Ay Nicaragua, Nicaraguita”.

Fernanda Cuadra y Marcelino López, los dos jóvenes y entusiastas nadadores, no tuvieron el menor chance frente a rivales de indiscutida jerarquía. Fernanda, una excelente muchacha que estaba por graduarse en Derecho, detuvo el cronómetro en dos minutos 38 segundos y 22 centésimas en los 200 cuatro estilos, en tanto, Marcelino utilizó cuatro minutos, 18 segundos y 89 centésimas en los desgastantes 400 libres.

El formidable pesista Orlando Vásquez, seguramente el mejor atleta amateur que hemos tenido, consiguiendo medallas en tres Juegos Panamericanos, inevitablemente vio descender drásticamente su nivel de rendimiento, y sus esfuerzos de 102.5 kilos en arranque y 130 en envión, lo dejaron corto.

El tirador Walter Martínez, un ejemplo de tenacidad, quien nunca recibió la atención requerida en lo referente a utilaje y arma, fue el último en puntaje general, y Carlos Adán Delgado, de tae kwon do, en los 80 kilos, perdió dos veces ante Kim Yong Hu, de Corea, y Al Dosari, de Arabia.

Una vez más salimos del escenario sin hacernos ver, mostrando la fragilidad de nuestro deporte. Mientras Ian Thorpe, Maurice Green, Marion Jones, Cathy Freeman y otros fuera de serie, celebraban, quedó demostrado una vez más, que los Juegos Olímpicos son una fiesta deportiva demasiado grande para nosotros.

dplay@ibw.com.ni