•   Granada, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Eusebia Picado mira al cielo y dice que posiblemente llueva. No se equivoca. Al rato una suave brisa aplaca el fuerte sol que le quemaba la piel. Esta mujer morena, menuda y de mirada coqueta, camina por las calles de Granada mientras sigue al cortejo fúnebre que lleva a enterrar “la arrogancia y la soberbia”.

Ella mueve la cintura al compás de una cumbia. Muestra con cierta vanidad cómo sostiene una botella en la cabeza.

Festival de PoesíaEn este entierro lo que menos hay es tristeza. En el marco del IX Festival Internacional de Poesía de Granada, dedicado al poeta Ernesto Cardenal, entierran simbólicamente “la arrogancia y la soberbia” que provocan muchos de los males del mundo.

Más de 100 poetas recorrieron las calles de Granada junto a un desfile de comparsas que mostraron gran parte del folclor nicaragüense, en el denominado “Carnaval Poético”, encabezado por un “puetamóvil”, donde una improvisada tarima sirve para que en cada cuadra se suban los poetas a declamar sus versos.

Eusebia, a sus 57 años, se siente orgullosa de bailar durante 13 horas, sin parar, en las fiestas patronales de San Roque, en El Viejo, Chinandega.

“Desde que tengo ocho años bailo, y en el pueblo me pagaban chelines porque me sabía mover bien”, dice. En el pueblo la conocen como “Concha Pulga”, por su pequeña estatura y porque se encorva con sus movimientos.

A las dos de la mañana de ayer estaba despierta, ansiosa por llegar a Granada. Es la segunda vez que viene, acompañada de 70 señoras y de algunos señores para bailar en el “Carnaval Poético”.

Ellos presentan el baile de las pitadas de San Roque. Aunque al principio los cambiaron de ubicación varias veces, conforme llegaba el resto de comparsas e incluso llegaron a estar al final de la larga fila de grupos, por su vistosidad los ubicaron al inicio de todas.

Poesía en cada calle
“Vamos a bailar la poesía”, grita la voz ronca de un hombre desde la tarima improvisada. Después llama a un poeta para que suba a la tarima. “¿Dónde está? --vuelve a gritar con tono desesperado”.
“¡Aquí, aquí!”, responde un señor barbudo y bajito, mientras empuja a uno de los poetas más ancianos que vino al Festival. Se trata del estadounidense Jerome Rothenberg, nacido en 1931 y uno de los precursores de la etnopoesía.

Con ayuda sube a la tarima y empieza a recitar en inglés su poema. A la vez empieza a mover una cinta roja, al estilo de rodeo, que capta la atención de la gente que observa atenta al “pueta”.

“No entiendo lo que dice, pero se ve tan gracioso y tierno”, dice una vendedora de frutas que lo mira atenta.

Durante el trayecto del “Carnaval Poético”, el supuesto féretro donde yacen “la arrogancia y la soberbia” es transportado en un elegante carruaje negro halado por dos caballos. Detrás caminan los poetas listos para subir al “puetamóvil”.

Sangre y golpes
“Enterramos la arrogancia y la soberbia porque no permiten ver la realidad. Debemos aprender que hay que tener la humildad de saber que no tenemos la verdad absoluta”, dice la escritora Gioconda Belli.

Diane Puckett llegó junto a su esposo Scott Miller hace cuatro días a Nicaragua. No tenían idea de la existencia del Festival, pero cuando se dieron cuenta no quisieron perdérselo. Con ojos asombrados observaban los distintos bailes.

En la calle del Parque Central, el tumulto se abalanzó sobre una de las comparsas. Era la de los negros de Diriá. Uno de los bailarines recibió un golpe en la cabeza --típico de esta danza que consiste en pelear con un palo-- y empezó a sangrar.

Otro de los bailes que sorprendió a los turistas, a los poetas de otros países y a los mismos nacionales, fue el de los Chinegros de Nindirí.

Similar al otro, las parejas de hombres se golpean con palos mientras bailan. “Eso debe doler mucho”, susurra Diane.

“Parece que hasta disfrutan golpearse, y se llenan de adrenalina cuando se dan”, le contesta un señor que está a su lado.

Una tribuna
Carla Provisani es una poeta argentina que llegó a Nicaragua hace seis años a trabajar. Se fue, y esta vez vuelve por el Festival. Cuando la invitaron se puso a escribir, y cuando subió al “puetamóvil” recitó su más reciente creación.

“Hoy decidí cambiarle el nombre a Dios y le puse Michael/Le empecé a rezar a Michael y la gente miraba sorprendida/¿Qué dirán?/ Seguro que esta mujer está enloquecida por ese hombre”, menciona en su poema “Bautizo”.

Cuando Gemino Abad, originario de Filipinas, sube a la tarima, la gente se sorprende, porque su poema suena a una canción. Aunque no entienden qué dice, lo miran y le aplauden.

“La gente nicaragüense es muy pura y demasiado amigable. Estoy encantado”, comenta al bajar.

En una de las puertas del Hotel Darío estaba el poeta Ernesto Cardenal. Para sorpresa de muchos, sonreía, firmaba autógrafos y posaba para las cámaras. Muchos se aglomeraron a su alrededor y él parecía tener buen humor.

Frente a él pasó el féretro que llevaba “la arrogancia y la soberbia”. No se sabe qué decidió enterrar ayer el poeta. Pero miraba al cielo y sonreía.