•   Brasil  |
  •  |
  •  |
  • The Economist

La fascinante magia de Lionel Messi y la gracia poderosa de Cristiano Ronaldo son alegrías dignas de contemplar. Sin embargo, para los internacionalistas devotos, la verdadera belleza del fútbol radica en su largo alcance, de este a oeste y de norte a sur.

El fútbol, más que cualquier otro deporte, ha prosperado en la globalización. Casi la mitad de la humanidad verá al menos parte de la Copa del Mundo que empezó ayer.

Por lo tanto, es triste que el torneo empiece bajo una nube tan grande como el estadio de Maracaná. Documentos obtenidos por el Sunday Times de Gran Bretaña, supuestamente han revelado pagos secretos que ayudaron a Qatar a ganar los derechos de ser anfitrión de la Copa del Mundo en 2022.

Si esa competencia fue arreglada, tiene compañía. Se dice que un reporte de FIFA, el organismo que rige al fútbol, concluyó que varios partidos de exhibición fueron arreglados previos a la Copa del Mundo en 2010. Como siempre, nadie ha sido castigado.

Cuestionado

Esto solo da lugar a otras preguntas: ¿Por qué alguien pensó que celebrar la Copa del Mundo en mitad del verano árabe era buena idea? ¿Por qué el fútbol está tan rezagado de otros deportes como el rugby, el cricket y el tenis en el uso de tecnología para verificar las decisiones de los árbitros?

Más que todo, ¿por qué el juego más grandioso del mundo es dirigido por tal grupo de mediocres, notablemente Sepp Blatter, el jefe de la FIFA desde 1998? En cualquier otra organización, los interminables escándalos financieros habrían conducido a su destitución hace años.

Sin embargo, él parece desesperanzadamente pasado de moda. Desde declaraciones sexistas sobre las mujeres, hasta la interrupción de un minuto de silencio por Nelson Mandela tras solo 11 segundos, el directivo de 78 años de edad es el tipo de dinosaurio que dejó las salas de consejo corporativas en los años 70.

Ni tampoco es exactamente alentador que los intentos por impedir que Blatter disfrute de un quinto mandato estén siendo dirigidos por Michel Platini, el principal burócrata del fútbol de Europa, que alguna vez fue un mediocampista maravilloso, pero quien desempeñó un lamentable papel en apoyar la candidatura de Qatar.

Manchados

Muchos fanáticos del fútbol se muestran indiferentes ante todo esto. Lo que les importa es el juego bonito, no los desgastados viejos funcionarios que lo dirigen. Además, la bajeza moral de FIFA difícilmente es única.

Después de todo, el Comité Olímpico Internacional enfrentó un escándalo como el de Qatar por la concesión de los Juegos de invierno en 2002, aunque ha hecho un intento mucho mayor por limpiarse.

El jefe de la Fórmula Uno, Bernie Ecclestone, está acusado de sobornos en Alemania, mientras que el básquetbol estadounidense recientemente destituyó a un dueño por declaraciones racistas. El cricket ha tenido sus propios escándalos de partidos arreglados. El fútbol americano quizá se ve abrumado por las reclamaciones de compensación por lesiones de exjugadores.

No obstante, los fanáticos del fútbol se equivocan al pensar que no hay ningún costo en todo esto. Primero, la corrupción y la complacencia en los niveles superiores hace más difícil combatir las trampas en la cancha.

Fraudes y apuestas

En cada partido se apuestan cantidades de dinero cada vez más grandes; quizá sean 1,000 millones de dólares por partido en la Copa del Mundo. Bajo presión externa para reformarse, la FIFA recientemente incorporó a algunas personas buenas, incluyendo a un respetado experto en ética como Mark Pieth.

Sin embargo, ¿quién escuchará los sermones sobre la reforma en un grupo cuyo rostro público es Blatter? Segundo, la corrupción a gran escala no carece de víctimas, y no termina cuando un país anfitrión es elegido.

Para los regímenes sospechosos, del tipo que sobornan a los funcionarios del fútbol, un importante evento deportivo también es una posibilidad de defraudar a las arcas estatales, por ejemplo concediendo grandes contratos a compinches.

Los torneos que deben ser celebraciones nacionales corren el riesgo de convertirse en festivales de corrupción. Finalmente, hay un gran costo de oportunidad. El fútbol no es tan mundial como podría ser. El juego no ha conquistado a los tres países más grandes, China, India y Estados Unidos.

En este último país, el fútbol es jugado, pero no visto. En defensa de FIFA, la falta de interés de esos tres grandes países se debe en gran parte a sus respectivas historias y culturas y a la fuerza de deportes existentes, notablemente el cricket en India.

El fútbol está ganando terreno lentamente: En Estados Unidos, por ejemplo, la primera generación de padres estadounidenses que crecieron con el juego ahora lo están pasando a sus hijos. Sin embargo, eso solo subraya la locura de FIFA al conceder la copa a Qatar, en vez de a Estados Unidos.

 

35 millones de dólares es el premio para el ganador de la Copa Mundial Brasil 2014.

 

32 equipos participan en este torneo, considerado el más caro de la historia.