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  • The Economist

Durante casi una década, España ha resistido la creencia popular, y las regulaciones europeas, sobre la contabilidad.

En 2005, la Unión Europea requirió que todos sus miembros adoptaran el IFRS, el estándar contable dominante fuera de Estados Unidos.

Uno de los mayores cambios entre las nuevas reglas y muchos de los lineamientos nacionales que les habían precedido, fue una prohibición a que los bancos cancelaran el valor de sus préstamos en anticipación de pérdidas futuras, una práctica de la que algunos habían abusado para disfrazar la volatilidad en sus ingresos.

En vez de ello, el IFRS impuso un método estricto de “pérdidas incurridas”, en el cual la deuda era valuada a su valor nominal hasta que un deudor realmente dejara de pagar.

Aunque asintió ante las nuevas reglas, España ha conservado en la práctica las viejas. Sus bancos, más que los de cualquier otro país europeo, habían tendido a esperar hasta el último momento posible para reconocer los préstamos malos, amplificando las alzas y bajas del ciclo crediticio.

Supervisión

Su banco central, por lo tanto, era propenso al tipo de suavización de las pérdidas que el IFRS estaba tratando de eliminar: En 2000 había forzado a los bancos a adoptar un “aprovisionamiento dinámico”, haciendo cancelaciones más grandes en tiempos de auge y más pequeños en los malos.

La crisis financiera puso a prueba ambos sistemas y reveló fallas en cada uno. Como los bancos en otras partes de Europa no pudieron cancelar sus préstamos con base en el ambiente económico en deterioro, sus resultados trimestrales no pudieron reflejar el horror total que estaba por venir, a costa de los inversionistas.

En comparación, los bancos españoles habían sido forzados a apartar provisiones extra durante los años buenos y por tanto soportaron relativamente bien el colapso de Lehman Brothers. En 2009, la Autoridad de Servicios Financieros de Gran Bretaña recomendó cambiar el IFRS para seguir el ejemplo de España.

Sin embargo, las provisiones requeridas bajo el sistema español estaban basadas en promedios históricos, de hecho asumiendo que todas las crisis serían de una escala similar. Cuando la crisis del euro asestó a España un segundo golpe en 2010, los colchones de los bancos ya se habían vaciado. Muchos fueron a la quiebra.

Con estas lecciones en mente, el Consejo de Estándares Contables Internacionales (IASB, por su sigla en inglés), que supervisa el IFRS, emitió reglas revisadas esta semana. Ha reemplazado el método de las pérdidas incurridas con un enfoque de “pérdidas esperadas” similar al de España.

Cambios

Sin embargo, en vez de ajustar las provisiones para pérdidas de préstamos según una proporción fija con base en ciclos económicos pasados, el nuevo estándar permite a los bancos determinar cuánto cancelar.

Realizarán un cargo inmediato cuando hagan un préstamo para cualquier pérdida que prevean durante el año siguiente. Si las probabilidades de pago caen subsecuentemente de manera sustancial, el prestamista debe registrar una nueva cancelación para las pérdidas probables durante toda la vida del préstamo.

El nuevo sistema debe entrar en vigor en 2018, y la contraparte estadounidense del IASB está trabajando en una regla similar. A corto plazo, los bancos afectados se enfocarán en establecer sistemas computacionales que generen las estimaciones de pérdida necesarias y en determinar cómo afectará el cambio a su cumplimiento de la regulación financiera.

Previsiones

Según un sondeo reciente realizado por Deloitte, una gran firma contable, se espera que el nuevo método incremente las provisiones ante pérdidas de préstamos en alrededor de la mitad. Eso forzaría a algunos bancos, que ya pasan apuros para cumplir con los requerimientos de capital más estrictos impuestos desde la crisis, a apartar aún más dinero.

A largo plazo, sin embargo, los bancos pudieran tratar de manipular el sistema a su beneficio. El nuevo estándar requiere que respalden sus decisiones contables con mucha más evidencia que las reglas previas al IFRS.

Sin embargo, aún les da amplio espacio para decidir cuándo un préstamo parece lo suficientemente dudoso para registrar una pérdida esperada. Predecir la magnitud de las pérdidas también es un asunto subjetivo. Desde la crisis, los reguladores generalmente han dado a los banqueros menos discreción para interpretar las reglas, no más.