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Su ascenso ha sido extraordinario. En agosto, Marina Silva pasó de ser compañera de fórmula para las elecciones presidenciales al primer sitio de la propuesta electoral del centrista Partido Socialista Brasileño (PSB), tras la muerte en un accidente aéreo de su líder, Eduardo Campos.

Desde entonces, Silva ha restado apoyo a la actual presidenta de izquierda, Dilma Rousseff, y a Aécio Neves del centro-derechista Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB), antes el presunto retador en los comicios presidenciales de octubre. En una segunda ronda, derrotaría a Rousseff por 7 puntos porcentuales, según sondeos publicados el 3 de septiembre.

El atractivo de Silva se origina en su infinita fortaleza y en sus orígenes humildes; es hija de recolectores de caucho pobres de Acre, un estado en la región amazónica de Brasil. Su silueta etérea --no corta de estatura, solo extremadamente delgada-- se explica por el hambre y las enfermedades, incluida malaria y envenenamiento por mercurio, sufridos en su niñez.

Aprendió a leer sola a los 16 años, antes de llegar a convertirse en maestra de historia. A principios de los 80, durante la dictadura militar, encabezó el movimiento ecologista de Brasil. Posteriormente, ayudó al predecesor y mentor de Rousseff, Luiz Inácio Lula da Silva, a fundar el Partido de los Trabajadores (PT).

Un cambio

Fungió como senadora, y de 2003 a 2008 como ministra de medioambiente de Lula, antes de renunciar al Gobierno, y, subsecuentemente, al PT, por las políticas poco ecologistas seguidas por otros en el Gabinete. En la elección presidencial de 2010, esta actitud inflexible hizo que Silva obtuviera 20 millones de votos, sobre todo de los ricos en las ciudades grandes.

Ocupó un firme tercer sitio como candidata del Partido Verde. En ese entonces, los brasileños querían continuidad, y mantuvieron al PT en el poder eligiendo a Rousseff. Ahora, cuatro de cada cinco dicen que anhelan el cambio, aun más que antes de que Lula, un defensor de la clase obrera, sucediera a Fernando Henrique Cardoso, un sociólogo estudioso y mentor político de Neves, como presidente en 2003.

Mujer de color, de antecedentes pobres, con un mensaje de reforma, Silva está particularmente bien situada para satisfacer ese anhelo. La creciente popularidad de Silva trasciende los niveles de educación y las categorías de ingreso. En dos debates televisados resultó estar por encima de Rousseff y de Neves, cuya estrategia de presentarla como radical y poco preparada para gobernar está desgastándose.

En público y en privado, ella da la impresión de estar preparada y de ser moderada y conciliadora, prometiendo “mantener las conquistas económicas del PSDB y las conquistas sociales del PT”.

Buen camino

En una cena, el mes pasado, Silva incluso supo convencer al poderoso cabildeo agroindustrial de Brasil. La mayoría salió convencida de que ya no es la activista ecologista intransigente de antaño.

Su idea de sustentabilidad ahora va más allá de lo ambiental. Su plataforma económica es ortodoxa. Silva promete rectitud fiscal (con un nuevo vigilante del presupuesto); rigor monetario (concediendo autonomía al Banco Central); y un tipo de cambio de libre flotación.

Promete reformar los impuestos y frenar los excesos “insostenibles”, como el crédito subsidiado de los bancos estatales y la intromisión en las empresas controladas por el Estado; notablemente, el gigante petrolero Petrobras, que ha sido perjudicado por la insistencia del Gobierno de que venda gasolina soportando pérdidas para conservar bajo control la inflación y mantener contentos a los conductores.

Ante la acusación de que carece de experiencia ejecutiva, ella señala a Cardoso y a Lula, ninguno de los cuales tenía mucha cuando asumieron la presidencia, y a Rousseff, cacareada como una administradora hábil, solo para permitir que la economía de Brasil se deslizara a la recesión.

Promesas costosas

Incluso, los críticos de Silva admiten que como ministra del medio ambiente realizó la difícil tarea de unir a las cabezas de 14 ministerios para llevar a la práctica un exitoso plan de monitoreo de la deforestación.

Sin embargo, persisten las dudas. La composición de su equipo económico es incierta. Eduardo Giannetti, un respetado académico a quien Silva escucha en muchos asuntos, no desea ocupar un puesto ministerial. Arminio Fraga, un ex banquero central y gurú económico de Neves, a quien muchos quisieran ver como ministro de Finanzas de Silva, ha negado hasta ahora algún interés.

Su plataforma electoral está llena de promesas costosas. Silva dijo que el primer proyecto de ley que enviaría al Congreso incrementaría el gasto destinado a la educación de 5.6 al 10% del PIB para 2019. Otros renglones de gasto incluyen más dinero para la atención de la salud pública (con un valor del 1% del PIB durante cuatro años); extender el plan de transferencias de dinero Bolsa Familia a 24 millones de familias respecto de los actuales 14 millones; duplicar el número de viviendas subsidiadas; y ofrecer transporte público gratuito a los estudiantes.

Silva insiste en que todo esto pudiera pagarse reduciendo el derroche gubernamental; ha descartado elevar los impuestos, ya entre los más altos en el mundo en desarrollo. Mas, probablemente, tendría que dar marcha atrás en algunas promesas.

 

"En público y en privado, Marina Silva da la impresión de estar preparada y de ser moderada y conciliadora, prometiendo “mantener las conquistas económicas del PSDB y las conquistas sociales del PT".

 

7 Puntos porcentuales sería la ventaja de Silva sobre Roussef en una eventual segunda vuelta.

 

20 millones de votos obtuvo Silva como senadora en las elecciones de 2010.

 

Un nuevo sistema

Propuesta. Un mayor interrogante pende sobre su capacidad para gobernar. La coalición del PSB puede contar con entre 80 y 120 votos en la cámara baja de 513 escaños.

Silva ha descartado sistemáticamente recurrir a la venerable tradición brasileña de intercambiar puestos en el gobierno por apoyo político. En vez de ello, espera atraer votos sobre una base de caso por caso, con el respaldo de los movimientos sociales habilitados por el internet para hacer alinearse a los congresistas.

Eso pudiera hacer que medidas dolorosas, como una austeridad fiscal, fueran difíciles de aprobar. También socavaría su capacidad para aprobar la reforma política. Es cuando habla de la “democracia de alta intensidad” cuando los ojos de Silva brillan más.

No reelección

Quiere limitar los puestos ejecutivos a un solo período de cinco años, celebrar todas las elecciones en un mismo año, e incrementar el uso de referendos y plebiscitos. Silva misma ha prometido no buscar la reelección.

Señala a Nelson Mandela, quien dirigió Sudáfrica a través de su transición del apartheid a la democracia, pero nunca buscó un segundo mandato.

“Los personajes no pueden reemplazar a las instituciones”, dijo. Sin embargo, si Silva gana, habrá demostrado cuánto importa el personaje.