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  • The Economist

Los adultos en los países en desarrollo tienen apenas la mitad de la probabilidad de tener una cuenta en una institución financiera formal, que aquellos en el mundo rico. Solo el 18% de las personas en Medio Oriente y en el norte de África la tienen, comparado con el 89% en los países de altos ingresos.

A los economistas les gustaría que los más pobres del mundo ahorraran más. Eso les ayudaría a pagar los gastos grandes o inesperados, como las cuotas escolares o los tratamientos médicos. También impulsaría a la inversión, y, por tanto, aceleraría el crecimiento económico.

Sin embargo, hacer que la gente ahorre es difícil. Una razón es la versión económica de la miopía: el no dar el peso adecuado a los beneficios futuros por encima de los placeres inmediatos. La mayoría de las personas son miopes; sin embargo, para aquellos en la pobreza extrema, la autodisciplina requerida para ahorrar es mayor y las consecuencias de no hacerlo peores.

Para muchos, la respuesta es vincular el dinero con el ganado, que puede ser vendido si es necesario, o unirse a una asociación de ahorro y crédito rotativa (ROSCA, por su sigla en inglés), la cual reúne los ahorros de los miembros y los desembolsa a quienes los necesiten.

Las CSA

Sin embargo, estos mecanismos están lejos de ser perfectos. Un sondeo en Uganda encontró que 99% de las personas que usan programas de ahorro informales, en cierto momento habían perdido parte de sus ahorros. El ganado se enferma y muere.

De ahí el creciente entusiasmo por las “cuentas de compromiso de ahorro” (CSA, por sus siglas en inglés), que intentan atar las manos de la gente para evitar el gasto miope. Quienes abren una cuenta típicamente no pueden retirar fondos hasta una cierta fecha o hasta que hayan depositado una cierta cantidad.

Las CSA tienen un efecto sorprendentemente grande. En un experimento en Filipinas, a quienes se les ofreció una CSA elevaron sus ahorros en 82% en relación con un grupo de control en solo un año. En Malaui, los agricultores a quienes se les ofrecieron las CSA vieron aumentar sus ahorros antes de la temporada de siembra.

Eso les permitió comprar 48% más de fertilizante y semilla que los agricultores a quienes no se ofreció una CSA.

Apatía

Sin embargo, hay un gran problema. Pocas personas parecen querer las CSA. Nueva investigación en Kenia sugiere que solo el 19% de las familias tiene una, mientras que el 78% ahorró vía una ROSCA. Estudios en Malaui y en Sudáfrica encontraron porcentajes similarmente bajos.

Pudiera culparse al rigor de muchas CSA. Una cuenta, ofrecida por un banco keniano bloquea el dinero por al menos seis meses, sin que se permitan retiros. Bajo las reglas de otras CSA, los ahorradores que no cumplan con sus metas ven menguarse gradualmente sus saldos, conforme se aplican comisiones punitivas.

“La gente en pobreza a menudo necesita acceso a su efectivo avisando con poca anticipación”, dice Nava Ashraf, de la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts, “ya sea para una emergencia médica o para aprovechar una oportunidad de negocios”.

Investigación reciente sugiere que la gente prefiere CSA más flexibles. En un experimento, a estudiantes ugandeses se les ofrecieron dos tipos de cuentas de ahorro: una que pudiera ser usada únicamente para pagar su educación, y otra con el mismo propósito, pero que pudiera usarse para otros fines de ser necesario.

Flexibles

Los estudiantes depositaron significativamente más dinero en la cuenta con las reglas más laxas. Un estudio en Kenia encontró que la demanda de las CSA aumenta si los fondos pueden ser usados para emergencias.

Otro estudio que analizó a los migrantes filipinos, encontró que etiquetar a sus remesas “para educación”, sin restricciones adicionales, las impulsó en 15%. Enviar las remesas directamente a la escuela añadió solo un 2% adicional.

 

89 Por ciento de las personas de países ricos tienen cuentas de ahorros.

 

 

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