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La locura desencadenada por el régimen de un déspota carismático, Mao Zedong, dejó a China tan traumatizada que los sucesores del difunto presidente prometieron nunca más permitir que una sola persona tuviera tal influencia.

Deng Xiaoping, que ascendió al poder a fines de los años 70, ensalzó la idea del “liderazgo colectivo”: las responsabilidades serían distribuidas entre los líderes por el secretariado general del Partido Comunista, y las grandes decisiones se tomarían por consenso.

Esto ha sido ignorado en ocasiones, y el propio Deng actuó como déspota en momentos de crisis. Sin embargo, el enfoque colectivo ayudó a restablecer la estabilidad en China después de la turbulenta dictadura de Mao.

Ahora, el presidente Xi Jinping lo está desmantelando. Se ha vuelto el gobernante chino más poderoso desde Deng, y posiblemente desde Mao. Que esto sea bueno o malo para China, depende de cómo use Xi su poder.

El rumbo

Mao llevó a China al borde del colapso social y económico, y Deng le dio un giro hacia el camino económico correcto, pero desperdició la oportunidad de reformarla políticamente. Si Xi usara su poder para reformar la manera en que funciona el poder en China, haría un gran bien a su país.

Hasta ahora, sin embargo, las señales son confusas. Bien pudiera ser que la decisión de promover a Xi como un personaje único a costa del grupo fuera colectiva. Algunos en China han estado ansiando a un caudillo, un político que pudiera erradicar la corrupción, revertir las crecientes desigualdades y hacer destacar al país en el extranjero, una tarea que Xi ha estado asumiendo con gusto.

También lo ansían muchos empresarios extranjeros, que quieren un líder que acabe con los monopolios de un sector estatal inflado, y ponga fin a años de titubeos en torno a las reformas económicas.

Independientemente de cómo haya surgido la decisión, Xi la ha tomado y se ha echado a correr. Se ha hecho cargo de los comités secretos responsables de reformar al Gobierno, reorganizando las Fuerzas Armadas, las finanzas, y la seguridad cibernética. Su campaña contra la corrupción es la más amplia en décadas.

Ha apresado al ex segundo al mando del Ejército de Liberación Popular, y puesto en la mira al jefe retirado del enorme aparato de seguridad de China, el funcionario de más alto rango en ser investigado por corrupción desde que Mao llegó al poder. Los generales, sensatamente, se inclinan ante él: a principios de este año, periódicos estatales publicaron páginas de expresiones de lealtad hacia él por parte de comandantes militares.

Con talento

Es el primer líder en emplear a un gran equipo para forjar su perfil público, pero también tiene talento para ello, gracias a su estatura --en un país obsesionado por la altura, destacaría sobre todos sus predecesores, excepto sobre Mao--, su dureza y su don de gente.

En un momento está comiendo bollos rellenos con las masas, al siguiente está viajando en un minibús en vez de la limusina presidencial. Es más popular que cualquier líder desde Mao. Todo esto ayuda a Xi en su misión doble.

Su primer objetivo es hacer que la economía siga creciendo con la suficiente rapidez para evitar la intranquilidad, mientras la desliga de la dependencia excesiva de la inversión en propiedades e infraestructura que amenaza con hundirle en la deuda.

Xi tuvo un promisorio comienzo en noviembre pasado, cuando declaró que las fuerzas de mercado desempeñarían un papel decisivo. Ni siquiera Deng tuvo el valor de decir eso.

Desde entonces, ha habido acciones alentadoras, como dar a las compañías privadas mayores participaciones accionarias en sectores que alguna vez fueron terreno exclusivo de empresas estatales, y vender acciones en empresas propiedad de gobiernos locales a inversionistas privados.

Retos

Xi también ha empezado a reorganizar el sistema de registro de vivienda, un legado de la era de Mao que dificulta que los migrantes del campo se asienten permanentemente en las ciudades. Ha relajado la política de un solo hijo por pareja, un legado de la era de Deng que ha llevado a extendidos abusos.

Aún está lejos de ser claro si las políticas económicas de Xi tendrán éxito en evitar una pronunciada desaceleración en el crecimiento. Los datos más recientes sugieren que la economía se está enfriando más rápidamente de lo que el gobierno esperaba.

Mucho dependerá de cuán lejos llegue con la segunda y más difícil parte de su misión: establecer el régimen de derecho. Este será un tema central en la próxima reunión anual del Comité Central del Partido Comunista, que tendrá lugar el mes próximo.

El interrogante es si Xi está dispuesto a que la ley se aplique para todos, sin temor o favoritismo. Su campaña contra la corrupción sugiere que la respuesta es un no con reservas. La campaña está caracterizada por un descuido maoísta de las instituciones.

Ha tenido éxito en infundir temor entre los funcionarios, pero ha hecho poco por abordar las causas de la corrupción: un mecanismo de investigación que es controlado totalmente por el propio partido, un sistema secreto de designaciones para puestos oficiales, en el cual la lealtad triunfa sobre la honestidad, y controles sobre la libre expresión que permiten que los deshonestos silencien a sus críticos.

 

Xi tuvo un promisorio comienzo en noviembre pasado, cuando declaró que las fuerzas de mercado desempe-ñarían un papel decisivo. Ni siquiera Deng tuvo el valor de decir eso.

 

18 meses tiene Xi Jinping de haber asumido la presidencia de la República Popular China.

 

77 mil millones de euros puede costarle a la economía china la campaña anticorrupción de Xi Jinping.

 

La transparencia y el partidismo

Amenaza • Xi necesita establecer un organismo independiente para combatir la corrupción, en vez de dejar la tarea a investigadores del partido y las facciones enemistadas a las que sirven. También debería requerir que los funcionarios declaren todas sus fuentes de ingresos, propiedades y otros activos.

En vez de ello, ha estado acorralando a los activistas que piden esos cambios casi tan vigorosamente como ha estado confrontando la corrupción.

A falta de una reforma legal, corre el riesgo de convertirse en un líder al viejo estilo, uno que persiga venganzas en nombre de combatir a los malhechores.

Eso tendrá dos consecuencias: habrá una nueva ola de corrupción y los resentimientos entre la élite del partido estallarán en algún momento.

Xi está haciendo algunas de las declaraciones correctas. Dice que quiere que los tribunales le ayuden a “encerrar el poder en una jaula”.

La militancia

Se está jugueteando con reformas que harían que los tribunales locales estuvieran menos obligados con los gobiernos locales. Sin embargo, necesita ir más lejos, aboliendo los oscuros “comités político-legales” del partido, que deciden los casos delicados.

El partido debería dejar de entrometerse en la designación de jueces y, ciertamente, de legisladores. El efecto de esas reformas sería enorme. Indicarían una disposición por parte del partido a empezar a relajar su monopolio del poder y aceptar un equilibrio de poderes.

Deng dijo una vez que la reforma económica fracasaría sin reforma política. El mes pasado, Xi instó a los funcionarios parsimoniosos a “atreverse a avanzar e intentar” la reforma.

El líder de China debería escuchar sus propias palabras y las de Deng. Debería usar su enorme poder para el bien mayor, y cambiar al sistema.