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  • The Economist

De las muchas cosas que están preocupando a los inversionistas en todo el mundo, desde los precios del petróleo en declive hasta el espectro de la recesión y la deflación en Europa, uno de los más importantes, y menos comprendidos, es la deuda de China.

Durante los últimos años, China ha estado en un frenesí de endeudamiento. Su deuda total, la suma del endeudamiento gubernamental, corporativo y familiar, ha aumentado en 100 por ciento del PIB, desde 2008, y es ahora de 250 por ciento del PIB; un poco menos que las naciones ricas, pero mucho más alto que cualquier otro mercado emergente.

Ya que la mayoría de las crisis financieras son precedidas por un frenético aumento en el endeudamiento -- piense en Japón a principios de los años 90, Corea del Sur y otras economías emergentes a fines de los 90, y Estados Unidos y Gran Bretaña en 2008--, parece razonable preocuparse de que China pudiera encaminarse a una crisis. Tanto más así porque la tasa de crecimiento nominal, la suma de producción real e inflación, se ha desplomado, de un promedio de 15 por ciento al año en la década del 2000 a 8.5 por ciento ahora, y parece probable que caerá más, porque la inflación alcanzó su nivel más bajo en cinco años de 1.6 por ciento en septiembre pasado.

Un crecimiento nominal más lento restringe la capacidad de los deudores de pagar sus cuentas, volviendo más probable una crisis de deuda. Parece razonable, pero es erróneo. China tiene un gran problema de deuda, pero es improbable que cause una crisis repentina o haga estallar a la economía mundial.

El mayor riesgo

Eso es porque China, a diferencia de la mayoría de los demás países, controla a sus bancos y tiene los medios para rescatarlos. Más bien, el mayor riesgo es la complacencia que los funcionarios de China hagan muy poco por limpiar al sistema financiero, agobiando a su economía por años con empresas zombi y préstamos impagables.

La mitad de la deuda de China fue prestada a empresas, y la mayor parte de eso, a su vez, es adeudada por empresas estatales y desarrolladores inmobiliarios. Conforme la economía se desacelere y los precios inmobiliarios caigan, muchos de estos préstamos resultarán impagables. Los bancos informan que los préstamos malos son de solo 1 por ciento de sus activos y sus auditores insisten en que los bancos no están mintiendo, pero los inversionistas ponen precio a las acciones de los bancos, como si el verdadero nivel estuviera más cerca del 10 por ciento.

Aun cuando una enorme parte de los préstamos terminaran mal, es improbable que la consecuencia sea un colapso financiero estilo Lehman. Esto se debe agradecer al control férreo del régimen chino sobre su sistema financiero.

La mayor parte del crédito en China es concedido por bancos controlados por el Estado, gran parte del mismo a compañías propiedad del Estado. Si enfrentara una contracción crediticia a lo ancho de la economía, el gobierno simplemente ordenaría, como lo ha hecho en el pasado, que los bancos presten más. Al mismo tiempo, las enormes reservas cambiarias del país significan que China no necesita preocuparse por una repentina escasez de capital externo, la causa principal de muchas de las otras crisis de las economías emergentes.

Complacencia

Esta combinación de control y amortiguadores da a China el tiempo y el espacio de maniobra necesarios para hacer frente a su problema de deuda. Desafortunadamente, también ha engendrado complacencia.

Después de todo, los funcionarios empezaron a hablar de hacer frente a la deuda en 2010. Han dado algunos pequeños e indecisos pasos hacia la limpieza de las cosas: una nueva ley presupuestaria, que entrará en vigor el próximo año, da a las autoridades centrales más poder para supervisar el endeudamiento de los gobiernos locales.

En la práctica, sin embargo, demasiados funcionarios se contentan con ver el refinanciamiento de los préstamos malos y demasiados prefieren los rescates a los incumplimientos de pago. A principios de este año, en medio de mucho bombo y platillo, Chaori Solar fue la primera compañía china en incumplir el pago de un bono, pero este mes sus deudores fueron rescatados.

Crisis de deuda

Este proceso de conceder crédito a empresas endebles e ineficientes crea una crisis de deuda de lento cocimiento, marcada por la opacidad y una mala asignación del capital. Japón ofrece un precedente deprimente: no limpió después de que estalló su burbuja de activos a principios de los 90, prefiriendo fingir que las empresas podían pagar sus deudas y que los bancos eran solventes. El resultado fueron empresas zombi, bancos fantasmas y años de estancamiento y deflación.

Los funcionarios de Pekín prometen que no repetirán la situación de Japón. Para hacerlo deben mantenerse serenos y permitir que las empresas quiebren. Una cultura de bancarrota debería reemplazar a los salvavidas y la "perennidad" de los préstamos inútiles. En tanto los inversionistas piensen que el Estado cubrirá sus pérdidas, invertirán dinero en planes riesgosos y el problema crecerá.

Eso no solo será un enorme desperdicio de dinero, sino que incluso la poderosa China no puede cubrir las pérdidas por siempre.

 

Es improbable que la consecuencia del endeuda-miento sea un colapso financiero estilo Lehman, debido al control férreo del régimen chino sobre su sistema financiero.