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  • The Economist

No se le puede llamar un apoyo resonante. Después de una campaña sucia y divisiva, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ganó un segundo mandato el 26 de octubre por solo tres puntos porcentuales contra su oponente de centro-derecha, Aecio Neves. Fue, por mucho, el margen más estrecho en la historia electoral moderna de Brasil.

Si desea que su segundo mandato no sea una desilusión aún mayor que el primero, Rousseff necesita escuchar no solo a sus simpatizantes sino también a quienes no votaron por ella. Estos últimos incluyen a muchos de la clase media, quienes en 2013 se lanzaron a las calles en protestas masivas para demandar mejores servicios públicos y menos corrupción.

Neves ganó fácilmente en gran parte del sudeste y sur de Brasil, el motor económico del país.

La victoria de Rousseff no es una gran sorpresa. Brasil sigue siendo un país de una lacerante desigualdad, y los votantes más pobres están agradecidos con el Partido de los Trabajadores, PT, por el mejoramiento en los niveles de vida y las oportunidades que han disfrutado en sus 12 años en el poder, ocho bajo el presidente Luiz Inacio Lula da Silva y ahora cuatro bajo Rousseff.

Las ventajas de estar en el poder, la formidable maquinaria del PT y su dinero —parte, al parecer, robado a Petrobras, la compañía petrolera estatal— y la relación de Lula con "o povo" (el pueblo) se combinaron para inclinar la campaña a favor de Rousseff. Su desempeño durante su primer mandato, sin embargo, no justificó su victoria.

Ordenar la economía

El legado que se ha dejado a sí misma está lleno de problemas, e incluye recesión, inflación por encima de la meta del Banco Central, cuentas públicas opacas, deuda pública creciente y una inminente degradación en la calificación crediticia de Brasil, así como un déficit de cuenta corriente que, en 3.7 por ciento del PIB, es el más amplio desde 2002 y es financiado en parte por "dinero caliente", cuyo ardor probablemente será enfriado por su victoria.

Su tarea principal es poner en orden la economía. Necesita designar a un ministro de Finanzas competente, a quien debe permitirse realizar su trabajo sin interferencia del palacio presidencial, redoblar sus tímidos esfuerzos para atraer inversión privada a la infraestructura e intentar una reforma fiscal.

Que haya prometido reformar el sistema político de Brasil es alentador, pero no está proponiendo los cambios que realmente se necesitan: circunscripciones más pequeñas, hacer más responsables a los políticos, y un umbral más alto para ingresar al Congreso para evitar la incesante proliferación de partidos, de los cuales el nuevo Congreso tendrá 28. Sin estos, su solución preferida de financiamiento público para los partidos corre el riesgo de desprestigiar más a la democracia.

Aunque el escándalo de Petrobras sea perjudicial para el PT, debería ser investigado adecuadamente. Rousseff se beneficiaría de esa medida. Al inicio de su primer mandato, destituyó a varios ministros acusados de corrupción y fue recompensada con una amplia aprobación popular.

Control del Estado

Existe el riesgo de que Rousseff elija un camino más oscuro. Algunos en el PT favorecen las políticas partidistas, como frenos a los medios masivos. Anteriormente una firme defensora de la libertad de expresión, Rousseff vaciló al respecto durante la campaña, y su control del Estado brasileño está endureciéndose.

Para el año próximo, habría designado una mayoría de los jueces de la Suprema Corte. El peligro es que Brasil se convierta en una sociedad microadministrada en la cual el Estado dispense favores a sus clientes y aliados.

Un vistazo a Venezuela debe disuadir a Rousseff de seguir ese rumbo. No solo sería un desastre para Brasil, sino también, muy probablemente, debilitaría su propia posición. Sus aliados tienen solo una estrecha minoría en el Congreso. Un enfoque partidista haría más difícil que lo controlara.

Que una elección tan encarnizada tuviera lugar pacíficamente es un mérito para Brasil. Sin embargo, 16 años de régimen por parte de un solo partido es malo para la salud de cualquier democracia. Aunque ampliamente considerada obstinada, Rousseff insiste en que ha aprendido a escuchar y a cambiar. Esperemos que sea sincera.

 

El legado que Rousseff se ha dejado a sí misma está lleno de problemas, e incluye recesión, inflación por encima de la meta y cuentas públicas opacas.