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Para saber cuánto ha importado la seguridad energética en la historia reciente del Pacífico, pregunten a los japoneses. En el museo del Santuario Yasukuni en Tokio, que honra a los caídos en guerra del país, en ocasiones polémicamente, una exhibición sugiere, con una nota discordante de justificación, que un bloqueo naval estadounidense en 1941 contra las importaciones petroleras japonesas desencadenó la guerra del Pacífico.

Setenta años después, un tsunami que se levantó desde el Pacífico y dejó fuera de servicio a la estación de energía nuclear de Fukushima Daiichi condujo al cierre de los 54 reactores nucleares de Japón. Partes del país, que es un codicioso consumidor de electricidad, quedaron prácticamente sin energía. Enormes buques tanque llenos de gas natural, que se dirigieron a terminales dispersas en la costa del Pacífico de Japón, eventualmente pusieron en marcha de nuevo al país, y en 2012 Japón consumió 37% del gas natural licuado del mundo.

Los últimos años han visto algunas turbulencias en el equilibrio de la seguridad energética en todo el Pacífico. Estados Unidos, que era el importador petrolero neto más grande del mundo, cedió ese sitio a China en 2013. Gracias al petróleo y al gas de esquisto, este año se encamina a ser el mayor productor de petróleo y de gas natural líquido del mundo. Ya es el productor número uno de gas natural seco.

Eso destaca la perspectiva de las enormes complementariedades transpacíficas. China está reduciendo el dominio del carbón sucio en su combinación energética, Japón y Corea del Sur están desnuclearizando y países en rápido desarrollo como Indonesia están cambiando de ser exportadores a ser importadores de gas natural licuado. Sin embargo, hasta la fecha no hay nada cercano a un comercio transpacífico en petróleo, gas o carbón en ninguna dirección: En 2011, según el Consejo de Cooperación Económica del Pacífico, con sede en Singapur, representó solo un 1.4% del comercio mundial en esos productos.

Potencia en gas licuado

Según estadísticas de BP, Norteamérica recibe la mayor parte de sus importaciones de petróleo crudo de Canadá o vía su costa este desde Latinoamérica, Medio Oriente, y el oeste de África. Asia recibe la enorme mayoría de sus importaciones de Medio Oriente vía el Mar del Sur de China. El Pacífico es un gran vacío, pero eso pudiera estar a punto de cambiar, con implicaciones potencialmente grandes para la interdependencia económica y la geopolítica de la región del Pacífico.

El epicentro del cambio es Norteamérica, cuyos enormes descubrimientos de gas están a punto de convertirle en una potencia mundial en gas natural licuado. En Canadá, compañías de propiedad asiática planean construir las primeras terminales de exportación en la costa de Columbia Británica en los próximos años para enviar GNL a través del Pacífico. En Estados Unidos, el gobierno aprobó recientemente la construcción de cuatro terminales para licuar gas y embarcarlo hacia el oeste vía el Canal de Panamá.

Una de ellas, Cove Point de Dominion Energy, cerca de Washington, fue construida como terminal de importación de GNL en los años 70 y había estado inactiva durante gran parte de las tres décadas siguientes. No mucho después de que reanudó la recepción de importaciones de GNL en 2003, los precios del gas natural estadounidense se desplomaron en respuesta a la revolución del esquisto, sacando a la terminal del negocio de nuevo.

Nuevo comercio

En 2011, por tanto, Dominion pasó a promover a Cove Point entre clientes de GNL extranjeros como una potencial instalación de exportación. El 29 de septiembre, la Comisión Federal de Regulación Energética, finalmente, aprobó la construcción de una terminal de exportación.

Esas exportaciones de GNL se beneficiarán de una expansión de 5,300 millones de dólares del Canal de Panamá. Programada para concluir en 2016, después de varios retrasos, esta hará al canal lo suficientemente grande para dar cabida a nueve décimas partes de la flota de GNL del mundo, reduciendo potencialmente en al menos 11 días los tiempos de transporte entre el golfo de México y el este asiático.

Las implicaciones de este nuevo comercio pudieran ser importantes para ambas partes del Pacífico. Según Jane Nakano, del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales con sede en Washington, hasta el año pasado Japón había contratado la compra de alrededor de una quinta parte de sus importaciones de GNL en Estados Unidos, una vez que reciba los permisos necesarios.

Actualmente, el gas seco cuesta entre US$4 y US$5 por millón de unidades térmicas británicas (BTU) en Estados Unidos. Incluso permitiendo otros US$6 más o menos para licuar el gas y transportarlo a Asia, y mucho menos desde la costa oeste de Canadá, el precio aún sería mucho menor a los entre US$15 y US$18 por millón de BTU que el GNL alcanza actualmente en Japón. La energía más barata haría a la economía de Japón más competitiva, y Estados Unidos vería una muy necesaria mejora en su balanza comercial.

Inversión china

Para los exportadores estadounidenses ese escenario involucra riesgos. Australia, uno de los dos mayores exportadores de GNL del mundo, estará elevando su producción durante los próximos cinco años, y gran parte del incremento se destinaría a Asia. China, otro gran comprador potencial, parece estar evitando el GNL estadounidense. Este año firmó un convenio de US$400 millones para importar gas natural de Rusia durante las próximas tres décadas.

Sin embargo, los mercados energéticos de China y de Norteamérica están cuidadosamente entrelazados en otras formas, sobre todo a través de la inversión china en petróleo. Norteamérica ha recibido una inundación de inversión de compañías petroleras chinas desde la crisis financiera mundial. En 2012, CNOOC, uno de los gigantes energéticos estatales de China, compró Nexen de Canadá por US$15,000 millones, siete años después de que su oferta por Unocal de Estados Unidos fuera obstruida por la oposición en Washington.

La bienvenida no siempre es con los brazos abiertos, por supuesto. Después del acuerdo canadiense, el primer ministro Stephen Harper puso un límite financiero a adquisiciones adicionales: “Los canadienses no hemos pasado años reduciendo la propiedad de sectores de la economía por parte de nuestros propios gobiernos”, dijo, “solo para ver que sean comprados y controlados por gobiernos extranjeros”.

 

1.4 Por ciento representó el comercio mundial de petróleo, gas y carbón en 2011, según el Consejo de Cooperación Económica del Pacífico.

 

37 Por ciento del gas natural licuado del mundo consumió Japón en 2012.

 

En Canadá, compañías de propiedad asiática planean construir las primeras terminales de exportación en la costa de Columbia Británica en los próximos años.

 

México quiere abrir las puertas a China

NEGOCIOS. México, que en 2013 cambió su Constitución para permitir la inversión extranjera en su industria petrolera por primera vez en 75 años, daría la bienvenida a la inversión china en su sector energético con los brazos abiertos, según Idelfonso Guajardo, secretario de Economía de México. Reveladoramente, en los últimos dos años el presidente Enrique Peña Nieto ha tenido cuatro reuniones con su contraparte chino, el presidente Xi Jinping, el mismo número que ha tenido con el presidente Barack Obama.

Los beneficios de este nuevo exceso energético norteamericano van mucho más allá de la industria petrolera. Para empezar, está haciendo a la manufactura norteamericana más competitiva. La combinación de energía más barata y mayores salarios chinos pudiera hacer de México un escenario obrero más atractivo.

Sin embargo, también está emitiendo dos señales geopolíticas poderosas: una a los aliados cercanos de Estados Unidos, como Japón y Corea del Sur, de que la amistad ahora también pude ayudar a apuntalar su seguridad energética, y la otra a la región asiática en general, de que Norteamérica se ha recuperado de la crisis financiera mundial. Con el tiempo, esos símbolos del renacimiento económico pudieran resonar fuertemente del otro lado del Pacífico.

Eduardo Pedrosa, el secretario general del Consejo de Cooperación Económica del Pacífico basado en Singapur, le llamó un cambio tectónico en la competitividad estadounidense.

“No pienso que alguien aquí se dé cuenta de cuán enorme es esta revolución del esquisto para la economía de Estados Unidos”, dijo Pedrosa.