• París, Francia |
  • |
  • |
  • The Economist

Europa está en graves apuros. El crecimiento en la zona del euro está estancado por debajo del 1%, el desempleo está por encima del 11% y la inflación oscila alrededor del 0.4%, lejos de la meta de 2% del Banco Central Europeo y peligrosamente cerca de la total deflación.

Esta semana, la OCDE con sede en París, un club de países ricos, advirtió que la zona del euro está inmersa en el estancamiento y añadió que estaba arrastrando consigo a la economía mundial. Incluso el papa se unió, llamando a la Unión Europea “anciana y macilenta”.

Esa situación seguramente demanda una respuesta urgente y decisiva. El 26 de noviembre, el nuevo jefe de la Comisión Europea, el presidente Jean-Claude Juncker, debidamente dio a conocer lo que considera como la pieza central de su Presidencia: un gran plan de inversión con valor de 392,000 millones de dólares que funcionarios afirman es la mejor manera de crear una demanda extra en Europa.

Sin embargo, aunque la cifra general de Juncker suena impresionante, las sumas detrás de ella son exiguas y las probabilidades de que haga arrancar al crecimiento, como está sugiriendo Bruselas, son mínimas.

Ingeniería financiera

El plan no empezará sino hasta mediados de 2015, cuando muy pronto. El gasto extra que espera engendrar entonces se dispersará en tres años. Además, la mayoría de los 392,000 millones de dólares de Juncker se basan en ingeniería financiera, usando garantías públicas de pequeñas sumas con la esperanza de apalancar mucho más capital privado, parte del cual habría sido prestado de cualquier manera a otros proyectos.

Incluso los 20,000 millones de dólares que están siendo promocionados como “dinero nuevo” son ilusorios, porque casi toda esa cantidad está siendo reciclada de partes no gastadas del presupuesto de la UE. Otra porción proviene de esa fuerte y perenne expansión del Banco de Inversión Europea, pero esta institución es notoriamente lenta y cautelosa cuando se trata de cualquier proyecto riesgoso.

La comisión espera que los gobiernos nacionales apoyen su plan de inversión con contribuciones propias. Sin embargo, las posibilidades de que eso suceda parecen remotas en una época en que Alemania, por mucho el más grande y más digno de crédito de esos gobiernos, está hablando solo de gastar 12,500 millones de dólares en inversión pública en tres años, e incluso entonces sin relajar su promesa de equilibrar el presupuesto el año próximo.

Puede tomar años

Juncker no es el único al que hay que culpar por la timidez de sus planes. La comisión tiene poco dinero propio. Aunque su presupuesto debería gastarse mejor --sigue siendo ridículo que dedique 40% del mismo a subsidios agrícolas--, representa menos del 1% del PIB total de la UE. Su propuesto Fondo Europeo para las Inversiones Estratégicas, el vehículo que pretende atraer capital privado, y la expansión del BIE quizá sean buenas ideas, pero aprobar las leyes necesarias, encontrar los proyectos correctos y luego recaudar el financiamiento tomará meses o, más probablemente, años.

Que Juncker presente este paquete como la respuesta a la economía estancada de hoy es cuando menos insincero, en el peor de los casos deshonesto. Como ha argumentado repetidamente Mario Draghi, presidente del BCE, en los últimos meses, la enclenque economía de la zona del euro demanda una acción decisiva en tres frentes a la vez: una política monetaria más relajada, reformas estructurales más rápidas y más profundas por parte de los gobiernos nacionales y una política fiscal más comprensiva.

Reformas estructurales

En cuanto al primero, el BCE se está embarcando, aunque demasiado lentamente y con demasiada cautela, en una forma de relajación cuantitativa similar a la practicada por otros bancos centrales. En el segundo, incluso Francia e Italia están siguiendo, tardíamente y un poco renuentemente, a la periferia de la zona del euro en hacer reformas estructurales que deberían, eventualmente, impulsar el crecimiento.

En el tercero, sin embargo, se está haciendo poco. Al hablar en Washington el mes pasado, Draghi declaró que los gobiernos europeos con espacio fiscal deberían usarlo. Cuando añadió explícitamente: “Ustedes decidan a qué país aplica esta frase”, evidentemente se refería a Alemania. En el actual clima de casi recesión, la insistencia de la canciller Angela Merkel de apegarse a su meta de presupuesto equilibrado para 2015 es una tontería.

Los alemanes a menudo responden invocando preocupaciones sobre el “riesgo moral”, el temor de que, si relajaran su postura fiscal, países como Francia e Italia dejarían de forzar las muy necesarias pero políticamente desafiantes reformas estructurales. Sin embargo, esas reformas son mucho más difíciles de realizar a falta de crecimiento.

En cualquier caso, la propia Alemania está ahora al borde de la recesión. Si el crecimiento en la zona del euro no revive pronto, y si, aun peor, la deflación se instalara, la moneda única estaría en peligro. Si fracasara, Alemania sufriría profundamente.

11 POR CIENTO es la tasa de desempleo en la zona euro.