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  • The Economist

Aunque no se menciona a ninguna compañía por nombre, es evidente a cuál gigante del internet estadounidense tiene en mente el Parlamento Europeo en una resolución que había estado circulando en vísperas de una votación el pasado 27 de noviembre. Un borrador demanda "separar los motores de búsqueda de otros servicios comerciales" para garantizar un campo de juego nivelado para las compañías y consumidores europeos.

Esto, en suma, es el más reciente y más dramático brote de Googlefobia en Europa.

Este año, el excomisionado de competencia de Europa, Joaquín Almunia, negoció una serie de arreglos que requerían que Google diera más prominencia a los servicios de compras y mapeo de rivales junto con sus propios resultados de búsqueda. Los miembros del Parlamento Europeo quieren que su sucesora, Margrethe Vestager, asuma una línea más firme. De ahí los llamados a desmembrar a la compañía.

El Parlamento realmente no tiene el poder para llevar a cabo esta amenaza. Sin embargo, aborda una cuestión que ha sido planteada por políticos desde Washington hasta Seúl y une a todo tipo de asuntos desde privacidad hasta política industrial: ¿cuán preocupante es el dominio del internet por parte de Google y un puñado de otras firmas?

Usuarios atrapados

Google tiene 68 por ciento del mercado de buscadores de internet en Estados Unidos y más del 90 por ciento en muchos países europeos. Como Amazon, Facebook y otros gigantes de la tecnología, se beneficia de un efecto de red, a través del cual la popularidad de un servicio atrae a más usuarios y por tanto termina perpetuándose. Recolecta más datos que cualquier otra compañía y es mejor al extraer esos datos en busca de conocimiento.

Una vez que la gente empieza a usar el motor de búsqueda de Google, y su correo electrónico, mapas y almacenamiento digital, rara vez cambia. Los pequeños anunciantes encuentran cambiar a otra plataforma demasiado engorroso para molestarse en hacerlo.

Google es evidentemente dominante, entonces, pero si abusa de ese dominio es otra cosa.

Es acusado de favorecer a sus propios servicios en los resultados de búsqueda, dificultando que los anunciantes manejen campañas en varias plataformas en línea, y presentando respuestas en algunas páginas de búsqueda directamente, en vez de referir a los usuarios a otros sitios web.

Más costoso

Nunca ha sido más fácil lanzar un nuevo producto o servicio en línea: considere el rápido ascenso de Instagram, WhatsApp y Slack. Construir una infraestructura rival para una empresa física ya existente es mucho más costoso --pregunte a las operadoras de telecomunicaciones o a las empresas de electricidad-- y, como resultado, hay mucha menos competencia y más necesidad de regulación en el mundo real.

Cierto, las grandes empresas siempre pueden comprar a rivales de rápido crecimiento, como hizo Facebook con Instagram y WhatsApp, y Google con Waze, Apture y muchas más, pero esas adquisiciones alientan la formación de más empresas incipientes, creando incluso más competencia para las existentes.

Aunque cambiar de Google a otros gigantes en línea no es menos costoso, sus productos no atan a los clientes como hacía Windows; el sistema operativo de Microsoft sí lo hace. Facebook está comiéndose los ingresos publicitarios de Google. Pese al éxito de Android, la plataforma móvil de Google, el ascenso de los smartphones podría socavar a Google: los usuarios ahora pasan más tiempo en aplicaciones que en internet, y Google está perdiendo gradualmente el control de Android conforme otras firmas construyen sus propios ecosistemas móviles con base en sus fundamentos de fuente abierta.

Una máscara

Hasta ahora, ninguna compañía ha permanecido como el actor dominante en la tecnología de la información de un ciclo a otro. En ocasiones los exmonopolios terminan con una franquicia lucrativa en un área tradicional, como Microsoft e IBM, pero los reinos que controlan resultan ser solo una parte de un mapa mucho más grande.

La Googlefobia del Parlamento Europeo parece ser una máscara para dos preocupaciones, una más respetable que la otra.

En vez de atacar a compañías estadounidenses exitosas, los líderes de Europa deberían preguntarse por qué su continente no ha producido un Facebook o un Google. Abrir el mercado de servicios digitales de la UE haría más para crear uno que proteger a las empresas locales.

La buena razón para preocuparse sobre los gigantes del internet es la privacidad. Es correcto limitar la capacidad de Facebook o Google de usar los datos personales. Sus servicios deberían, por ejemplo, incluir configuraciones iniciales que protejan la privacidad, de manera que las compañías que reúnan información personal tengan que pedir a los consumidores que opten por participar. Los políticos de Europa han mostrado más interés por esto que los estadounidenses.

Para abordar estas inquietudes, sin embargo, deberían regular el comportamiento de las compañías, no su poder de mercado. Un pensamiento más claro por parte de los políticos europeos beneficiaría a los ciudadanos del continente.

90 POR CIENTO del mercado de buscadores tiene Google en muchos países de Europa.