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  • The Economist

Desde que estalló la crisis del euro a fines de 2009, Grecia ha estado en el centro de ella o muy cerca. Fue el primer país en recibir un rescate, en mayo de 2010. Fue el tema de un repetido debate sobre una posible salida de la moneda única, la llamada “Grexit” por el juego de palabras entre Grecia y salida (“exit” en inglés), en 2011 y en 2012. Es el único país de la zona del euro cuya deuda oficial ha sido reestructurada.

El 29 de diciembre, el Parlamento griego no logró elegir un presidente, forzando a que se convocara a una elección precipitada pare el 25 de enero. La crisis del euro está entrando en una nueva fase altamente peligrosa, y una vez más Grecia se encuentra en el centro.

Los inversionistas se desvanecieron rápidamente, y el mercado accionario de Atenas cayó en casi 5 por ciento en un solo día, las acciones bancarias se deslizaron aún más y los rendimientos sobre el bono griego a 10 años se elevaron a un nuevo récord para 2014 de 9.5 por ciento, más de siete puntos por encima de los del bono italiano.

La razón para este brote colectivo de nerviosismo es que los sondeos señalan a un triunfo electoral de Syriza, el partido populista de extrema izquierda encabezado por Alexis Tsipras. Aunque Tsipras dice que quiere mantener a Grecia en el euro, también quiere desechar la mayoría de las condiciones vinculadas a sus rescates, poner fin a la austeridad, revertir los recortes al salario mínimo y en el gasto público, eliminar las ventas de activos e intentar repudiar gran parte de la deuda. Ese programa parece, expresado moderadamente, no compaginar con la permanencia de Grecia en la moneda única.

Nueva agitación

La elección anticipada, por tanto, probablemente creará una crisis política en Grecia. Lo que sucederá más allá de eso es menos claro.

Los inversionistas parecen estar apostando a que la gente en Francia, Italia y España echará un vistazo al caos en Atenas, se estremecerá, y se aferrará a la austeridad que la Canciller Angela Merkel de Alemania les ha prescrito. Sin embargo, eso quizá sea demasiado optimista. Es difícil creer que una crisis griega no desencadene nueva agitación en otras partes de la zona del euro, no menos porque parte de la medicina de Merkel está haciendo patentemente más daño que bien.

Empecemos con Grecia. Durante 14 meses, Syriza ha estado por delante del gobernante partido Nueva Democracia del Primer Ministro Antonis Samaras en las encuestas. Aunque la economía está creciendo de nuevo, los votantes griegos siguen comprensiblemente enfurecidos de que el PIB tuviera que contraerse en casi 20 por ciento desde 2010 y que el desempleo siga en 26 por ciento.

Resulta que la ventaja de Syriza se ha reducido en las últimas semanas. Aun cuando Syriza no gane una mayoría parlamentaria absoluta, sin embargo, es probable que sea por cierto margen el partido más grande, así que Tsipras puede esperar encabezar a cualquier gobierno de coalición que se forme después de la elección. Esta vez, Merkel pasará apuros para repetir su truco de 2012 de pedir a los griegos votar de nuevo con la esperanza de que producir un gobierno más prudente.

Algunas razones

En sus políticas, Syriza representa, en el mejor de los casos, la incertidumbre y la contradicción y, en el peor, el populismo insensato. Por un lado, Tsipras se ha retractado de su anterior hostilidad hacia la pertenencia de Grecia a la zona del euro y moderado el tono de sus promesas más extravagantes. Por otro, sin embargo, sigue pensando que puede echar abajo las condiciones impuestas por los acreedores de Grecia a cambio de dos rescates sucesivos.

Su razonamiento es en parte que la economía finalmente se está recuperando y que Grecia está registrando ahora un superávit presupuestario primario, es decir, antes de pagos de intereses, y en parte que el resto de la zona del euro simplemente cederá como lo ha hecho antes. En ambos casos, está siendo insensato.

En teoría, una economía en crecimiento y un superávit primario podrían ayudar a un país a repudiar sus deudas porque ya no depende de las entradas de capital. Sin embargo, la economía griega aún tiene mucho camino que recorrer para restablecer su competitividad perdida, y el programa de Tsipras anularía la mayoría de los logros de los últimos años.

La idea de que los líderes de la UE están tan nerviosos por los temores de una Grexit que pagarían cualquier precio para evitarlo fue más cierta en 2011 y 2012 que ahora. Las defensas anticontagio que la zona del euro ha erigido desde entonces hacen más fácil de contemplar una Grexit. Se ha hecho mucho para mejorar la arquitectura del euro, con un nuevo fondo de rescates, el papel del Banco Central Europeo como prestamista de último recurso y una unión bancaria parcial. Además, la mayoría de los países rescatados y periféricos finalmente están creciendo de nuevo, y el desempleo está empezando a caer.

El resultado es un juego de resistencia del temple que ni Grecia ni Europa pueden permitirse. Aun cuando una Grexit sea más segura, sigue siendo peligrosa e impredecible. Hubo un eco inquietante esta semana de la crisis de Lehman en septiembre de 2008. Entonces, la extendida suposición era que el sistema financiero mundial era lo bastante fuerte para hacer frente a la quiebra de un solo banco de inversión.

Ahora los inversionistas están poniendo su confianza en la resiliencia de países plagados por el desempleo como Francia, cuyo presidente tiene niveles récord de impopularidad, e Italia, cuya economía se ha contraído en precios constantes en los primeros 14 años de este siglo, cuando incluso el PIB de Grecia es más alto de lo que era en 1999.

Un gran riesgo para la moneda única

PELIGRO • Ese estancamiento de algunos países europeos apunta a la razón más profunda para la cautela. El continuo desempeño económico desalentador de la zona del euro ahora plantea un gran riesgo político para la moneda única. A corto plazo, en tanto los países acreedores --y eso significa principalmente Alemania-- insistan solo en la rectitud presupuestaria y rechacen todas las propuestas para un estímulo monetario y fiscal adicional, parece improbable que ese desempeño mejore.

Peor aún, la inflación es ahora tan peligrosamente baja que la zona del euro amenaza con deslizarse hacia años de deflación y estancamiento que recuerden inquietantemente al Japón de los años 90.

Los líderes del continente han fallado en gran medida en impulsar las reformas estructurales que pudieran hacer más competitivas a sus economías. Cuando los votantes no vean esperanza, probablemente votarán por populistas; y no solo en Grecia.

Conforme se acercaba 2015, la mayoría de los líderes de Europa suponía que lo peor de la crisis del euro había quedado atrás. La elección griega anticipada demuestra que esta esperanza era prematura.

Los partidos populistas de izquierda y derecha que están en contra del euro, explícitamente o no, continúan ganando terreno en muchos países. El líder de Podemos, el partido que se ubica más alto en las encuestas en España, recibió con beneplácito el éxito de Tsipras en forzar una elección esta semana, por ejemplo.

Irónicamente, cuando un país empieza a recuperarse es también cuando el descontento popular a menudo se desborda. Es necesario que ese mensaje sea escuchado, tanto en Berlín como en Atenas.

Los inversionistas parecen apostar a que la gente de Francia, Italia y España echarán un vistazo al caos en Atenas y optarán por la austeridad recomendada por Alemania.

20 POR CIENTO es la tasa en que se contrajo el Producto Interno Bruto, PIB, de Grecia.

5 POR CIENTO cayó el mercado accionario de Atenas en un solo día tras el fracaso de la elección de un presidente en el Parlamento griego.