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  • The Economist

Mientras la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, se preparaba para prestar juramento para un segundo mandato el 1 de enero, se pronosticaba que el cielo sobre la capital, Brasilia, estaría despejado. Sin embargo, el pronóstico para los próximos cuatro años es sombrío.

Su sobrecogedora lista de cosas por hacer incluye reparar los lazos con Estados Unidos, dañados por la revelación en 2013 de que los espías de ese país habían intervenido las llamadas telefónicas de la mandataria. La deforestación en la región amazónica está aumentando después de una década de declinación, y la peor sequía jamás registrada amenaza con imponer un racionamiento de la electricidad y el agua en el sureste industrial.

Los preparativos para los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro corren el riesgo de repetir el incumplimiento de fechas límite y el desbordamiento del presupuesto previos a la Copa Mundial de fútbol de 2014, de la que Brasil también fue anfitrión. Mientras tanto, el izquierdista Partido de los Trabajadores de Rousseff y sus aliados están envueltos en un escándalo de corrupción que involucra a Petrobras, el gigante petrolero controlado por el Estado, aunque hasta ahora ella no se ha manchado personalmente.

Sin embargo, es en la economía donde las nubes de tormenta se acumulan más. El fin del súper ciclo de las materias primas significa precios declinantes para las exportaciones brasileñas de soya, mineral de hierro y, más recientemente, petróleo.

Además, las políticas que Rousseff siguió durante su primer mandato han resultado desastrosas.

HACER CAMBIOS

Una combinación de relajamiento macroeconómico e intromisión microeconómica, destinados a impulsar el crecimiento, meramente socavó las finanzas públicas y la credibilidad de la presidenta. El PIB aumentó en solo 6.7 por ciento durante sus primeros cuatro años. Su maleable gobernador del Banco Central, Alexandre Tombini, y el ministro de Finanzas Guido Mantega redujeron las tasas de interés y dejaron que el gasto público subiera, aun cuando la inflación se elevaba y los ingresos fiscales se desaceleraban.

Si desea que su segundo mandato sea algo mejor, Rousseff necesitará deshacer mucho de lo que hizo en el primero.

Rousseff ha dado un primer paso al reclutar a Joaquín Levy, un banquero de línea dura, para reemplazar a Mantega, y a Nelson Barbosa, un respetado economista, para asumir el control del ministerio de Planeación, donde supervisará la inversión pública. Tombini permanecerá en el Banco Central, pero evidentemente se le ha dicho que tome en serio la meta inflacionaria de 4.5 por ciento.

Desde el triunfo de Rousseff en octubre, la tasa de interés de referencia ha sido elevada de 11 por ciento a 11.75 por ciento. Los nuevos ministros de Agricultura y Comercio con lazos con agricultores y la industria indican una tregua con el difamado sector privado. También se espera que la Cancillería tenga un jefe más amigable con el comercio.

Levy, en particular, tiene una labor hecha a su medida. Ha prometido un superávit presupuestario primario – antes de los pagos de intereses – de 1.2 por ciento del PIB en 2015 y de 2 por ciento en 2016, para evitar que Brasil pierda su calificación crediticia de grado de inversión. Bajo el liderazgo de Mantega, sin embargo, se inflaron subsidios opacos e ineficientes a la energía, el transporte y el crédito.

Recortar inversión

La mitad de todo el gasto público primario, incluyendo pensiones, se mueve a la par del salario mínimo, el cual aumentará en alrededor de 2.5 por ciento en términos reales en 2015 según una fórmula multianual que lo vincula con el crecimiento del PIB pasado. Esto significa que Levy debe encontrar ahorros de 2.1 por ciento del PIB en otras partes. Un superávit de entre 0.7 o 0.8 por ciento es más factible, piensa Mansueto Almeida, experto en finanzas públicas.

Incluso alcanzar esa meta más baja significará recortar la inversión pública y elevar los impuestos, haciendo por tanto más difícil alcanzar un regreso al crecimiento a corto plazo. La carga fiscal de Brasil, ya de 36 por ciento del PIB, es mucho más alta que la de otros países de ingresos medios.

Además, sus grandes empresas de construcción, de las que se dice que sobornaron a Petrobras a cambio de contratos, probablemente quedarán atrapadas en procedimientos legales y por tanto estarán proscritas de la obra pública. Eso pone en riesgo los planeados proyectos de infraestructura presupuestados en 325,000 millones de dólares, incluidos algunos necesarios para las Olimpiadas.

Después de un descenso del 7.2 por ciento en la inversión en 2014, Itaú, un banco, espera que la inversión permanezca sin cambios en 2015. Analistas han reducido los pronósticos de crecimiento para 2015 de 2.5 por ciento hace un año a 0.8 por ciento o menos. Algunos predicen una recesión.

La tarea de Levy debería facilitarse ligeramente en 2016, cuando, gracias a un estancado crecimiento del PIB, el gasto vinculado al salario mínimo debería meramente mantener el ritmo de la inflación.

La crisis afectará la imagen de Rousseff

Consecuencias• La tarea de Dilma Rousseff probablemente se volverá más difícil, piensa Joao Castro Neves, de Eurasia Group, una firma consultora. Los izquierdistas de su partido y sus simpatizantes en los sindicatos y movimientos sociales desprecian al ministro de Hacienda, Joaquin Levy, a quien llaman “manos de tijera”.

Los aliados del partido en el gobierno están de un humor propenso a los motines. En diciembre, 35 de los 71 congresistas de su mayor socio de coalición se negaron a votar con el gobierno para revisar la inalcanzable meta de superávit primario de este año de 1.9 por ciento, aunque la medida de cualquier manera fue aprobada. El asunto de Petrobras, que la oposición está explotando con ganas, reducirá más el ya disminuido capital político de la Presidenta.

La austeridad también afectará su popularidad en el país en general. Los precios de la gasolina ya han aumentado, y le seguirán la electricidad y el transporte público. El plan más reciente para elevar las tarifas de los autobuses en las grandes ciudades, en junio de 2013, provocó las mayores protestas en una generación, y fue desechado rápidamente.

Cualquier ajuste fiscal y monetario, lo bastante grande para restablecer las finanzas públicas seguramente elevará la tasa de desempleo, la cual está ahora cerca de un nivel bajo récord de alrededor de 5 por ciento.

Idealmente, Rousseff permitirá a Levy hacer recortes y usará el escándalo de Petrobras para revitalizar a las achacosas industrias petrolera y de la construcción, abriéndolas a la competencia externa y desechando reglas de contenido local onerosas y que inducen a los sobornos.

Sin embargo, tras prometer a los brasileños que la austeridad sería indolora, podría retroceder ante los primeros signos de inconformidad. Aun cuando no lo haga, su recién encontrado gusto por las reformas no será igualado por su capacidad para cumplirlas.