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En lo que respecta a los inventos, la compañía pública es uno de los más grandes del capitalismo. Las ofertas públicas iniciales promueven la innovación, ofreciendo una ruta de salida a los emprendedores. Cotizarse en la bolsa hace que una empresa esté más abierta al escrutinio, y la gente común tiene oportunidad de invertir en las máquinas creadoras de riqueza del capitalismo.

Sin embargo, los últimos 15 años han proyectado una sombra sobre la compañía pública. No hubo muchos signos de escrutinio o de creación de riqueza en fiascos como Enron y Lehman Brothers. La gobernanza se ha debilitado por el ascenso de los fondos indexados pasivos, lo cual significa que los accionistas más grandes de muchas compañías son programas de software.

Los inversionistas institucionales prefieren vender ante el primer signo de problemas, en vez de gestionar los problemas, así que los directores ejecutivos se obsesionan con los ingresos trimestrales y hacerse de su salario y de poder mientras puedan. Al mismo tiempo, los magnates en Silicon Valley a menudo han convertido a los inversionistas externos en ciudadanos de segunda clase al crear derechos de votación especiales para sus propias acciones.

Los magnates del capital privado dicen que su modelo de propiedad concentrada tiene más sentido. Algunos gobiernos argumentan que las compañías necesitan la mano firme del Estado.

No obstante, hay una manera mejor. Los fondos compensatorios activistas toman pequeñas participaciones accionarias en empresas y actúan como si estuvieran en campaña política, tratando de conseguir el apoyo de otros accionistas para sus demandas: representación en los consejos de las empresas, reducción de costos, desintegraciones y el regreso de efectivo a los accionistas.

Improbables salvadores

Locos, malos y peligrosos por lo que se sabe, los activistas a menudo son detestados por los jefes de compañías públicas por su beligerancia y oportunismo.

Sin embargo, los jefes están en un error. Los activistas son de hecho los improbables salvadores de la compañía pública.

Los activistas han existido desde los años 80, pero la escala de su insurrección en Estados Unidos no tiene precedentes. Los activistas dirigen fondos con al menos 100,000 millones de dólares de capital y, en 2014, atrajeron una quinta parte de todos los flujos dirigidos hacia fondos compensatorios.

El año pasado lanzaron 344 campañas contra compañías públicas, grandes y pequeñas. En los últimos cinco años, una de cada dos compañías en el índice S&P 500 de las empresas públicamente enlistadas más valiosas de Estados Unidos ha tenido un gran fondo activista en su registro de acciones, y una de cada siete ha estado en el extremo receptor de un ataque activista.

Los estadounidenses encuentran a empresas que han sido blanco de los activistas cuando se cepillan los dientes, responden sus teléfonos, se conectan en sus computadoras, salen a cenar o ven televisión. En diciembre, un fondo activista llamado Trian exploró nuevo terreno al obtener un escaño en el consejo del Bank of New York Mellon, custodio de muchos de los bancos más grandes del mundo.

Una desgracia, dicen algunos, denunciándolo como el culto del valor del accionista a corto plazo llevado a la locura.

Fuerza positiva

Los activistas tienen una reputación de despojar de efectivo y activos y cargar a las empresas con deuda. Su actitud pendenciera parece calculada para distraer a los administradores, buenos o malos. A un prominente activista, Carl Icahn, le gusta llamar a los directores ejecutivos “idiotas” y burlarse de ellos en Twitter. Otro, Bill Ackman de Pershing Square, ha comparado a Herbalife, una empresa que dice es un fraude, con los nazis. Cuando Dan Loeb fue tras Sotheby’s, su presidente lo llamó una “basura”. Algunos también han usado tácticas dudosas, incluso crear sus fondos secretamente a través de derivados.

Tanto dinero está fluyendo hacia los activistas que algunos sin duda irán demasiado lejos, perjudicando a una empresa dirigida decentemente o incluso violando la ley en busca de una ventaja. Sin embargo, pese a sus defectos y excesos, los activistas son una fuerza positiva.

Una razón es que muchas compañías sufren de una administración podrida. Una décima parte de las grandes empresas estadounidenses, e incluso más de menor tamaño, aún emplean tácticas como las “píldoras envenenadas” y consejos escalonados para proteger a administradores incompetentes.

Otra es que los activistas de hoy contradicen el estereotipo carroñero de los años 80. A menudo buscan mejorar los consejos de las empresas, en vez de despojar a las compañías de activos. Trabajan con otros accionistas, frecuentemente consiguiendo el apoyo de las grandes administradoras de dinero como Capital Group y Fidelity. Recaudan capital a más largo plazo y así extienden sus horizontes de inversión. Value Act, basado en San Francisco, amarra a sus inversionistas por tres o cuatro años y ha prestado servicio en los consejos de 37 empresas, incluida Microsoft. Ackman ha recaudado una pila de “capital permanente”.

Inversionistas flojos

Los fondos de capital privado son otra forma de corregir a las empresas que no despegan. Sin embargo, los activistas tienen ventajas sobre los bárbaros de las adquisiciones de Wall Street. En vez de cargarse de deuda para financiar la adquisición de empresas enteras, logran que se haga la tarea con una participación accionaria de, típicamente, solo 5 por ciento más o menos. Eso significa que los activistas son una buena propuesta porque usan menos deuda, no pagan la bonificación de una adquisición y cobran comisiones absolutas mucho más bajas.

Más que todo, los activistas llenan un vacío de gobernanza que aflige a las compañías públicas de hoy. Una creciente porción del mercado accionario está en manos de inversionistas flojos. Los fondos indexados y los fondos cambiarios imitan los movimientos del mercado, y típicamente se interesan poco en la forma en que las compañías son dirigidas.

 

El dinero perezoso de EE.UU. está despertando

CAMBIOS • A los fondos mutuales y los fondos de pensiones convencionales que supervisan carteras diversificadas les disgusta involucrarse profundamente en la administración de las empresas.

Ante los provocadores de Wall Street, el dinero perezoso de Estados Unidos está despertando. Sean sus ideas chifladas o brillantes, los activistas hacen más difícil que los inversionistas se mantengan al margen. Los fondos mutuales y los fondos de pensiones están siendo obligados a adoptar una postura, y por ello volverse más activos y vanguardistas.

Los accionistas europeos y asiáticos dicen que no necesitan activistas porque tienen más poder que los inversionistas estadounidenses sobre el salario y la designación de administradores. Típicamente restan importancia a Icahn y sus amigos como una solución estadounidense a un problema estadounidense; y, por razones culturales, los pocos activistas europeos tienden a ser más diplomáticos y consultivos que sus atrevidos primos.

Sin embargo, mientras haya mercados bursátiles, habrá compañías de bajo desempeño, jefes poco motivados y capital perezoso. La compañía pública nunca debió ser una burocracia operada por administradores distantes responsables ante fondos operados por computadoras. La rebelión de los activistas le ayudará a tener un resurgimiento.