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La dimensión creadora del nicaragüense universal abarcó poemas, cuentos, relatos, intentos de novela, crítica de arte, ensayos, semblanzas, manifiestos, reseñas, traducciones, páginas autobiográficas; pero también una enorme cantidad de crónicas. No en vano el género de la crónica constituía el instrumento más genuino del periodismo modernista, fenómeno inscrito en el proceso de la cultura modernizada internacional que, de acuerdo con Ángel Rama, se operó al menos en el Río de la Plata aproximadamente desde 1870. Este proceso, cuyo segundo momento tuvo en Darío su más alto protagonista literario en Latinoamérica, suponía una osada labor autodidacta, capaz de asimilarlo todo desde el periodismo, mejor dicho a través de la emoción, la sensación y la sensibilidad, de un eficaz estilo y de una erudición inagotable.

Con las crónicas que conformaban unidades temáticas y referían e interpretaban los acontecimientos de su tiempo, Darío integró sus principales libros en prosa: Los Raros (1896), Peregrinaciones y España contemporánea (ambos de 1901), La caravana pasa (1903), Tierras solares (1904), Opiniones (1906), Parisiana (1907), Letras (1911) y Todo al vuelo (1912). Pero muchas quedaron dispersas en no pocas publicaciones periódicas, especialmente en el diario La Nación de Buenos Aires.

Tras la desaparición física de su autor, algunos investigadores se dieron a la tarea de compilarlas. El primero fue el argentino Alberto Ghiraldo en sus tentativas de Obras completas, iniciadas en 1917. Otro tanto aportaron el costarricense Teodoro Picado, el cubano Regino E. Boti, los chilenos Raúl Silva Castro y Julio Saavedra Molina, el estadounidense Erwin K. Mapes y el nicaragüense Diego Manuel Sequeira. Más tarde siguieron otro argentino, Pedro Luis Barcia, los uruguayos Roberto Ibáñez, Antonio Sevilla Cecin y Ángel Rama. Pero el más importante, surgido a inicios del siglo XXI, es el alemán Günther Schmigalle. A él se le debe no sólo la edición crítica de La caravana pasa en cuatro tomos (2000, 2001, 2004 y 2005), sino “La pluma es arma hermosa”: Rubén Darío en Costa Rica (2000), investigación en la cual rescata textos que no habían vuelto a publicarse; y un volumen de cincuenta Crónicas desconocías, 1901-1906, editado en 2006 por la Academia Nicaragüense de la Lengua y la edition tranvía / Verlag Walter Frey, de Berlín.

Ya, oportunamente, reseñé ese volumen extraordinario que contiene textos no incluidos en ningún libro, ni por Darío mismo, ni por los compiladores posteriores.

Las anotaciones de Schmigalle (más de mil notas al pie de página) facilitan su comprensión y hacen más transparente el proceso de elaboración, registran las fuentes utilizadas y los autores mencionados. Además, aclaran sus múltiples alusiones y referencias a personalidades, obras, acontecimientos o realidades hoy olvidadas. En fin, evidencian el diálogo que, en el ejercicio de su periodismo vital y vitalicio, Darío mantuvo con sus contemporáneos, sobre todo amigos famosos y otros no tanto, y hoy completamente olvidados.

El mismo aparato crítico aplica Schmigalle a este segundo volumen de Crónicas desconocidas, que abarcan ocho años (de 1906 a 1914) y suman sesenta y cinco. Sus temas son múltiples, ofrecen una gran variedad de registros y se ordenan, como en el volumen anterior, cronológicamente. La primera de las crónicas data de mayo, 1906 y la última del 31 de agosto de 1914. Enumeradas de la 51 al 115, fueron suscritas en Londres, Amberes, Bruselas, Oporto, Lisboa, Madrid, Palma de Mallorca, Paris, Dieppe, Barcelona y en el mar, a bordo de transatlánticos. Y asimismo en Río de Janeiro, cuando Darío asistía a la Cuarta Conferencia Panamericana de 1906, y en La Habana, a su doble paso —ida y retorno— en su frustrada misión diplomática a la capital de México en 1910.

Muy pocas de estas crónicas se conocían. Por ejemplo, “La revolución de Nicaragua” la incluyó el propio Darío como epílogo de El viaje a Nicaragua e intermezzo tropical (1909). “Alejandro Sawa”, prólogo del póstumo libro de este autor español, Iluminaciones en la sombra (1910), lo incorporó José Jirón Terán en sus Prólogos de Rubén Darío (2003) y “La antidiplomacia. Una nota de Mr. Knox” (publicado en La Nación, el 1º de abril de 1910), apareció en el tomo 62 (mayo, 2006) de la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, remitida por el propio Schmigalle.

Algunas corresponden a reseñas de libros. Darío era un lector omnívoro y escribía sobre los autores que le eran afines. Son los casos del mexicano Amado Nervo: Juana de Asbaje, una biografía de Sor Juana Inés de la Cruz; del también mexicano Federico Gamboa: La venganza de la gleba (1905), una obra de teatro; del venezolano Rufino Blanco Fombona: El hombre de hierro (1907), una novela; del uruguayo Carlos Reyles: La muerte del cisne (1910), un libro de ensayos; y del español Javier Valcarce: Romancero prosaico (1910), una colección de cuentos. Los autores franceses no podían faltar, entre otros Jules Renard y sus Histoires naturelles; y Emilio Faguet, autor de Le Culte de l’incompétence. Del artículo de otro francés, Maurice Nosay —titulado “L’Esprit de Jean Moreás”— elaboró, igualmente, una crónica.

Hay crónicas que son verdaderas semblanzas. Me refiero a la extensa sobre el escritor argentino Enrique Larreta; a las consagradas a los guatemaltecos Domingo Estrada y Enrique Gómez Carrillo, al “Conde Kostia” —seudónimo del diplomático y literato cubano Aniceto Valdivia—, a Ricardo Pérez Alfonseca y a Oswaldo Basil, ambos poetas de República Dominicana. También aludo a la que tienen de sujeto a Eduardo Marquina, Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, los tres españoles. Pero el texto más significativo de ese subgénero es la conferencia que Darío pronunció en el Teatro Odón, de Buenos Aires, el 30 de agosto de 1912: “Mitre y las letras”.

Otras crónicas son, de hecho, entrevistas. Darío tenía el arte de encontrar expertos y conocedores sobre los temas más variados —señaló Schmigalle en su “Introducción” al tomo primero de las Crónicas desconocidas—, a quienes hacía hablar. En el presente segundo tomo, ejemplifica este recurso el encargado de negocios de la República de Panamá en Francia. Llamado Juan Antonio Jiménez, diserta sobre la construcción del Canal y el progreso panameño en 1912. Otro entrevistado es el nicaragüense Joaquín Macías, amigo de la infancia de Darío, cuyo testimonio sirve a éste en su crónica “Asuntos Americanos. La intención yanqui”, publicada en La Nación el 6 de julio de 1914.

Mas la mayoría de estas crónicas se inscriben dentro del modelo impresionista. Típicamente, están representadas por la serie “Hechos e ideas”, “Films de París”, “Films de la Corte” (Madrid), “Impresiones españolas” y “Notas españolas”, “Films catalanes”, “Films de viajes” y “Films habaneros”, acaso los más novedosos. Cada artículo de dichas series se componen de dos a cinco fragmentos de impresiones, revelando heterogeneidad e hibridez notables, propias de una auténtica y constante naturalidad cosmopolita.

Así, en relación a las crónicas de temática española, Darío escribe en la misma línea de su España contemporánea, es decir, como un representante de la gran cosmópolis de Sudamérica, Buenos Aire, capital de un país “que contiene la civilización más vasta y civilizada de la América que habla español” —afirmaba en julio de 1906. Por eso, creyente en el progreso social, le era fácil advertir la falta de espíritu moderno en la vieja y atrasada “madre patria”. Esta vez su mirada crítica se concentra en la emigración castellana —a la que dedica dos largas crónicas— y en la aristocracia.

Sin embargo, no es el objetivo de estas líneas dar cuenta de todas las crónicas aquí rescatadas, mucho menos analizarlas, sino indicar que completan los hallazgos documentales de Günther Schmigalle, realizados en el propio archivo del diario La Nación en 1997 y 1998. Yo tuve el privilegio de estimularlo.

Se trata, realmente, de una empresa intelectual admirable, por no decir única, que la Academia Nicaragüense de la Lengua, a la que pertenece el compilador como miembro correspondiente, reconoce y patrocina de nuevo.