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“Al menos cuentos, al menos flores”, y en general las creaciones literarias de Mercedes Gordillo, tienen un público cautivo y una hermosa ventana para que también se prenden de su prosa las generaciones deseosas de encontrar en los detalles de esos relatos, la plena justificación de nuestras nostalgias.


Hablo muy escuetamente esta noche como uno de esos cautivos, de los que, entre las estampas de la Managua recoleta, con sus usos y costumbres, y el entorno musical de la Sonora Matancera y los boleros, corridos, rancheras y hasta tangos de Agustín Lara, nos dejamos llevar por el libro de Mercedes a disfrutar como si fuera hoy, del encanto de aquellas roconolas o los atrevidos lances amorosos que sabíamos arrancarle, papelillos en mano, al sobrecogimiento de las procesiones de Semana Santa.


Mercedes nos deja caer entre la trama de sus cuentos, cómo había que vestirse para el santo entierro, cuáles eran las citas obligadas en el comercio para engalanar a la novia o a los ángeles, cómo se daba de cuando en vez las dolorosas frustraciones de esas fiestas del espíritu, en fin, entre historias conocidas o a medio contar, o sabidas a medias, absorbemos los deliciosos pasajes que palabra por palabra nos transportan a esa época, tan limpia, tan dulce, tan lejana.


Suelo decir que no hay buena memoria si no vocación de atrapar vivencias, es decir no dejar que los acontecimientos pasen y se desvanezcan, sino archivarlos en el acervo de nuestros recuerdos, para en algún momento volcarlos.


Eso hace Mercedes con “Al menos cuentos, al menos flores”, y  por si algo faltara nos mezcla en una misma noche de ronda, puntos de referencia tan añorados de nuestra vieja Managua con los de ese México Lindo y querido que todo bohemio lleva muy dentro del corazón.


La magistral descripción desde la puerta hasta la piscina del Gran Hotel, El Plaza, El Addlon Club, La Tortuga Morada, El Versalles, El Munich, desfilan con  Los Violines de Villa Fontana, y estoy seguro quedaron en el tintero de Mercedes El Tenampa, El Guadalajara de Noche y el Mercado de San Camilito, con la estatua de José Alfredo Jiménez  al frente, dominando como amo y señor de la Plaza Garibaldi.


El terremoto que se nos llevó la Managua de aleros y aceras donde se recogía el sereno para atemperar el calor, no podía estar ausente de esta obra de Mercedes Gordillo. Sus cuentos además inciden en circunstancias poco divulgadas y nada profundizadas: los hechos premonitorios.


Más allá de los sismos que fueron una especie de llamados al levantamiento del telón de la tragedia, se daban otras señales, como el rojo triste del cielo de la tarde y la ausencia del fresco que suele llegarnos del invierno boreal por esa época.


Todo lo combina Mercedes, imagino que en la parte de “Al menos flores”, como la coincidencia heráldica de encontrar ese mismo día a Alejandro y más aún, de no dejar fuera de sus relatos lo que ha sido Praxis en la historia de la plástica nicaragüense.
Eso me ubica en la vieja imprenta, donde se imprimía Flecha, de Hernán Robleto, Impacto, de Nacho Briones, y La Nación, que los mecenas del Dr. Fernando Agüero Rocha le habían montado, en ese despertar de los años 60 del siglo pasado; diario que terminé dirigiendo y manejando su imprenta, donde llegaban esos pintores rebeldes a imprimir sus proclamas y sus manifiestos.
Era Praxis que preludiaba, cantando con los Beatles, la explosión de la juventud en aquel histórico 1968.


Ahí me quedo, Mercedes, del Palacio de Comunicaciones media cuadra abajo, en el dintel de una pesada puerta de arco, en una calle poco iluminada, viendo pasar nuestras memorias, y perdonen la recurrencia con el tango, viendo pasar nuestras memorias, dando vueltas como el viejo carrusel.