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Para Gabriel Bernheim y Fanny Dreyfus, tus padres, vecinos de la pintoresca Lure, cercana a Estrasburgo, en la Alsacia francesa, nada fácil fue aceptar tu decisión:
venirte a un país desconocido con apenas catorce años de edad.


Hacia el año 1886, te contagió el entusiasmo  de varios jóvenes judíos alsacianos

decididos a probar fortuna en tierra extraña. Todos encontraron pronto empleo en el almacén de tus parientes, Henri y Jorge Dreyfus: la “Casa Dreyfus”, en León de Nicaragua.


Compartieron contigo la aventura  quienes más tarde encabezarían familias hoy arraigadas en esta tierra: Pierson, Ulvert,  ranceries, Horvilleur,  Salomon, Najlis, Neret y Bequillard. Tu conversión al cristianismo, para contraer matrimonio religioso, disgustó a tus familiares judíos. Tu respuesta fue romper con ellos para siempre. (A tu muerte, en un cajón de tu escritorio,
aparecieron decenas de cartas sin abrir  de tus hermanas).

 

Dos veces viudo, y tres matrimonios sucesivos te dieron veinte hijos. Rosita Delgado, Josefana Alemán Manning y Juana Alemán Manning fueron tus esposas. Cuatro hijos te dio la primera, cinco la segunda y once la tercera. Joven aún, fundaste en Managua y Matagalpa el “Almacén de Edmundo Bernheim”. En Matagalpa fuiste también cafetalero. Tu fortuna no soportó la carga de tantos hijos. Cerrados tus almacenes y mal vendida tu hacienda “El Apante”, asumiste la representación de la agencia francesa de noticias AVAS.


Francia te nombró su Agente Consular en Nicaragua, cargo que desempeñaste muchos años. A una brusca decisión tuya
debo mi existencia: tus hijas gemelas, Lydia y Clotilde, de tu segundo matrimonio, internas ambas en el María Auxiliadora de Granada, vistieron hábito de novicias dispuestas a hacerse monjas. Al saber la noticia, tomaste iracundo el tren rumbo a Granada.

 

Exigiste ver a las novicias, que acudieron temblando a tu presencia: “¡Una sí, dos no!”, fue tu tajante decisión. Y arrancaste el velo de Lydia, quien más tarde sería mi madre. Clotilde, profesó como Madre Consuelo y murió en olor de santidad. En ese instante, sin saberlo, decidiste la venida a este mundo de tu nieto, que hoy saluda tu memoria.


Carlos Tünnermann Bernheim
Managua, enero de 2011.