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José Antonio Luna, ex alumno de César Caracas en el Instituto Maestro Gabriel, en Nicaragua, escribió en Tampa, Florida, en 2008, que “el rostro de Leonardo Da Vinci con su barba blanca, y la Gioconda, los frescos del Giotto, la Capilla Sixtina, Florencia, Roma, eran la temática de la clase… ¡Qué suerte la mía!”.


Para Luna, “verlo con la tiza en la mano izquierda era todo un espectáculo. Como por magia hacía aparecer tras sus movimientos rápidos formas, figuras. Sus trazos firmes, vibrantes convertían al pizarrón en un lienzo, un mural, un vitral. Rostros, figuras femeninas, líneas cubistas, bocetos de felinas, líneas de aves, eran plasmadas cada semana en la pizarra del aula de clases. Mi querido maestro Caracas, su obra maestra la dejó en la memoria de sus alumnos...”


Luna no ha necesitado más palabras para describir a Caracas. Su testimonio, basado en sus recuerdos de cuando era un adolescente, ha sido claro. Décadas después al muralista y pintor nicaragüense se le podía encontrar en los eventos culturales de sus connacionales en Miami, observando desde algún sitio modesto, sin mayores gestos ni palabras.


Asistía como testigo infaltable, ocupado quizás en atrapar los detalles de su entorno con su penetrante mirada, guardando imágenes y emociones en los archivos de su corazón. Caracas era como un roble, sólido, una figura estoica, un personaje de notable presencia, certera identidad nicaragüense, una referencia infaltable para sus compatriotas en el exterior.


Nacido en Rivas, Nicaragua, en 1935, falleció el pasado lunes 7 de marzo en Miami. Durante su vida le ha acompañado su esposa Maríadilia, reconocida pintora y escritora.  Su ausencia -como bien dice la doctora Rosario Román- no se llenará, pues “hemos perdido a un elemento valioso de nuestra comunidad, del universo cultural y de las artes.”


El escritor César Lacayo dijo que con su obra Caracas “conversa con el pasado, lo interroga y enaltece con amor e ideal, sueño libertario y grandeza. Levanta una raza con la intención explosiva y firme de un corazón con nostalgia de la sangre. Lo común lo vuelve luminoso…”, convirtiéndose en “un auténtico centinela del arte precolombino.”


Para el profesor Héctor Darío Pastora, las exequias de Caracas son “históricas, en lo esencial de los seres protagónicos del exilio nicaragüense en Miami. Así lo reafirma su monumental obra pictórica, ora como creador de murales, como padre del Güegüense inmortalizado por su genio… por su magisterio y sus deslumbrantes pinturas, sin faltar el tema del poeta universal Rubén Darío, mención que nos hace evocar una de sus luminosas frases: “es el arte el que vence el espacio y el tiempo”, verbo y éxtasis que César Caracas cumplió con su temperamento ecléctico, con su pincel multicolor”.


Caracas estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes, bajo la guía del maestro Rodrigo Peñalba. Gracias a una beca continuó estudios en Florencia, Italia. Al retornar a Nicaragua empezó a formar nuevos artistas, hasta emigrar poco después de la revuelta sandinista de 1979. Participó en más de cien exposiciones, y además de sus cuadros, deja cerca de sesenta murales en Nicaragua y once en Miami.


Haber viajado a México para conocer a Diego Rivera y sus obras, atrapó su atención. A Diego de la Paz le diría que “desde entonces creció mi pasión por el muralismo… porque le permite a uno trasladarse a la historia de un país, recrear momentos importantes en la vida de una nación y sus pueblos, reflejar las costumbres y tradiciones”.


La obra de Caracas resalta la historia e identidad nicaragüense, su cultura y tradiciones, las distintas etapas en la vida del poeta Rubén Darío, los símbolos y la naturaleza patria. Su biografía, escrita por Maríadilia en 2008 bajo el provocador título: “César Caracas: el arte no se puede someter”, recoge en detalle la vida de este hombre que protagonizó y plasmó, con intensidad excepcional, su historia y la de su pueblo.

* Diario Las Américas