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1
(El bebedor nocturno)
El bebedor nocturno y su amante la noche.
Beber toda la noche y beberse toda la noche. Beber copiosamente hasta quedar doblado, derrumbado, quebrado; quedar, irrefutablemente vencido, hasta los queques, ahora ya ausentes de mis bolsillos todos los dólares cantantes. Y después irse a dormir tranquilo de una manera profunda (verticalmente profunda y horizontalmente eterna) –– como una línea del sueño que en el territorio de las memorias queda totalmente anulada, olvidada y borrada; una línea del sueño completamente borrada (ausente de carne y vida), inexorablemente caída, en el sentido estricto de la ceniza.


2
Cumbres del valeverguismo. Permanecer durante un largo rato en silencio como un pájaro amordazado por un salobre responso. Y tranquilamente sentado (bajo la madrugada de ópalos nacientes) –– quedarse descifrando crucigramas del misticismo mientras descanso entre las nieves más altas del Himalaya.


3
En los espacios de la altanoche y alumbrando la fatigada  humildad de los campos, la luna era un poema de relumbrón que iluminaba la desolada provincia de mi vida, mientras calladamente y en silencio (reverencial entre las nubes) ––nacía por el oeste y llegaba hasta mis ojos la cautivante claridad del alba.


4
Lo sacramental de la vida está en el silencio de la luna.
En su redondez amarilla, enigmática, flotando en el letargo.
En ese paraíso deshabitado. En ese talismán que siempre espera.
En ese violín  del viento y en su virtuosismo  impecable.
Lo sacramental de la vida está en el silencio de la luna
Ahora que en las catacumbas del sueño mi frente yace asediada por las
       más dolientes añoranzas.
Eso podría ser.
Eso podría ser que obligatoriamente así sea.
Eso podría ser sin preguntas pero tal vez a lo mejor quién sabe.


5
Por el variado y excelente menú con que nos ofrece la desdicha en la tierra (cena y escena) –– sólo la luz de la luna es el único alimento que le devuelve la mirada a los ciegos.


6
Dinteles del amanecer, donde el asesino sin nombre inclina su pasado hacia los misteriosos velos del olvido, hacia esas tierras subyugantes de la soledad y del silencio que por esas lejanías ondean.


7
Custodiando la vecindad de la luna, en algún lugar del mundo siempre existirá una ausencia tan profunda que es un secreto de estado que ya jamás tendrá ninguna respuesta.


8
Montañas de Matagalpa hacia adentro y en los cielos del rio del Desastre, brillaban los epitafios de la luna; aquella luz suave y eterna estaba allí para siempre en la quietud de la noche: arabescos de lágrimas y lunas dibujadas en los suburbios de octubre; estaba y estará allí para siempre, hasta la consumación de los siglos.
9
Ahora yazgo bajo el amparo de los grandes árboles en sombra,
y allí me rindo a mi último sueño, con la tranquilidad de un sábado ancestral  que muere con el corazón lleno de inviernos y triglicéridos.
10
Un puñal de oro duerme en cruz sobre la bondad de todos los planetas.

(Managua/Nov-2003)

Desvelos a la orilla del Pisuerga
1
Subestimados y un poco marginados mis textos del fornicio, una muchacha pasa por el camino en la soledad del anochecer (nalgas de barragana y presagio de tormentas), y ella me dice adiós desde lejos invitándome con la mirada y las manos para que yo comparezca junto a ella y para que seamos uno. Y en lo fundamental para que durmamos unidos y fundidos (humedades, carnes y enigmas), para que vivamos gozosa y amorosamente un largo rato en Pisuerga.


2
Sobre tu cuerpo estoy quemando mis últimos cartuchos; sobre el metal de tu cintura, delgada y redonda como la luna; sobre el agua de la entrepierna, náufrago entre las olas; sobre la pechamenta búfala: canciones del pecado…. Pero yo soy apenas un mendigo, un mendigo que dentro de la húmeda intimidad de tu destino deja abandonada la más preciosa de sus monedas.