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Pocas experiencias humanas más dificultosas y bribonas que delinearnos a nosotros mismos. En cada línea, en cada trazo, surge la tentación de cargar las tintas y figurarnos como lo que no somos o como aquel que creemos que los demás ven en nosotros, lo que reprime que nos reconozcamos en lo que somos, en lo que hemos sido: el rostro y la máscara se superponen.


Cuando leemos las primeras páginas de Las pequeñas memorias, tendemos a creer que José Saramago siempre fue así, quiero decir, que nunca padeció las malas artes del autorretrato. Sin embargo, pronto percibimos que, como a cualquier persona que se haya enfrentado con su ser ante el espejo, a Saramago el autorretrato le jugó chanzas, de las que fue emergiendo tal cual era y sólo entonces pudo trazarse de cuerpo entero: José Saramago llano y terreno, adulto portugués que rememora al niño que fue, que ha sido, distinto e igual a los adultos de cualquier lugar, que un día voltean la vista y recuperan al niño que fueron, que han sido.


Las pequeñas memorias es un testimonio de primer orden que escribió Saramago para darse y para darnos una idea de la persona y la personalidad que era, pero no es el único. En diversos ensayos y entrevistas, a más de que en algunas de sus novelas, el narrador portugués procuró bosquejar una imagen concéntrica de sí mismo, imagen que se fue definiendo y enriqueciendo con la recepción y percepción de los lectores.


Para escribir una obra como Las pequeñas memorias, se requiere no sólo de recuerdos vivos, sino también de una visión crítica de uno como persona, así como de amistades perdurables que ayuden a vernos de una manera menos solemne o  descocada, y sí en cambio más vital y desinhibida.


Amigo personal de Saramago y colaborador en la fundación que lleva el nombre del Premio Nobel de Literatura 1998, Fernando Gómez Aguilera ha preparado y publicado dos libros que devienen en sólidos aportes para acrecentar nuestra percepción del autor de El evangelio según Jesucristo: José Saramago en sus palabras y José Saramago. La consistencia de los sueños –Biografía cronológica-.


José Saramago en sus palabras es una estricta pero dúctil selección de enunciaciones realizadas por el autor en la prensa escrita, que se divide en tres grandes rubros: “Quien se llama José Saramago”, que comprende los aspectos de la vida privada; “Por el hecho de ser escritor”, que contiene sus ideas sobre la literatura; “El ciudadano que soy”, que presenta sus ideas políticas.


Me atrevo a llamarla selección estricta en tanto que sigue en forma cronológica, de la década de 1970 a la primera década del siglo XXI, las declaraciones, reflexiones y confesiones que expresó Saramago en medios impresos de Europa y de América. La llamo dúctil, porque si bien vemos la evolución del pensamiento y el sentimiento del escritor, también apreciamos sus contradicciones, miedos, raptos de apasionamiento o de desilusión y sus anhelos. El autor vivo en sus propias palabras.


Gómez Aguilera procuró, en las tres secciones que se divide el libro, dar un panorama lo más amplio posible de los temas que ocupaban a Saramago, procuración que logra con singular esmero. Sin embargo, en lo personal la sección que me pareció más completa es “Por el hecho de ser escritor”, porque en ella se vislumbran los cimientos de un ars poética que el novelista siempre fue renuente a redactar.


José Saramago en sus palabras colecta el pensamiento del narrador portugués. José Saramago. La consistencia de los sueños –Biografía cronológica- colecta los hechos del hombre vivo, los que le dan su razón de ser al hombre de letras.
En 2008 se expuso en diversas ciudades la exposición cronológica José Saramago. La consistencia de los sueños, de la que fue comisario Gómez Aguilera. De tal experiencia surge la biografía cronológica que plantea el autor como documento de primera mano para conocer la vida y tiempo del hombre duplicado.


Con perspicacia, Gómez Aguilera se limita en La consistencia de los sueños a ofrecer una relación de hechos, en los que no caben los juicios personales respecto del personaje, sino que son los hechos los que hablan por él, los que dan la materia para que conozcamos a Saramago en su vida de todos los días, inseparable de la vida del escritor, es cierto, pero también independiente de la de éste.
Este distanciamiento deviene en acierto indiscutible de Gómez Aguilera, aunque a su vez lo restringe, porque queda la sensación de que el autor nos escamotea las observaciones de alguien que convivió con Saramago tanto en el plano intelectual como en el emocional. Si bien es obvio que el propósito de Gómez Aguilera no era escribir una biografía valorativa, de todos modos el distanciamiento provoca que no terminemos de asir a Saramago, desde que era Zé hasta que se convirtió en José.


Quizá, de cualquier forma, esta estructura tenga una intención, porque comprendemos al hombre biografiado en la medida que leemos al autor en sus palabras, quiero decir, ambos libros se complementan, se reafirman y se desdicen, juego de alternativas que fue caro a lo mejor de la obra literaria de Saramago, y que en no menor circunstancia estuvo presente en su vida cotidiana


En todo caso, se mantiene firme la propuesta de Gómez Aguilera: acercarnos a Saramago para conocer a José, única forma auténtica de pensar a una persona, de explicárnosla, lo que no necesariamente significa justificarla o estar de acuerdo con sus ideas y actos, pero que sí nos permite la intuición de la respuesta particular que les dio a la vida y sus circunstancias.


“A donde va el escritor, va el ciudadano”, declaró Saramago en una entrevista. Siento, creo sentir, que ese ciudadano al que se refería el novelista no era sino un sinónimo del hombre de todos los días, que en realidad hacía alusión al hombre de la vida diaria, que tenía por oficio la literatura creativa, así como tuvo otros oficios, los que le proveyeron el barro y el agua necesarios para moldear al escritor, al hombre de letras que deslumbró a unos e importunó a otros por su cotidianidad, su soltura humana para hacer comunión con los demás a través de la sola palabra, para comunicarse.