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ABISMO CIRCULAR
Una y otra vez el puro azar
define nuestro punto de partida,
y es nuestro punto ineludible
de retorno, es nuestra patria
potestad, nuestro campamento
nómada. Los vectores que
coinciden, amarrados en haz,
son idénticos, aunque nos
cuidaremos de mencionarlos
siquiera. Insistimos, reflexivos,
en medirnos,
en valorarnos,
por cantidad,
por calidad
y por profundidad
de las páginas
que llevamos recorridas.
Aunque en la vida
real, unas tijeras sonsas  
recortan
nuestro horario vespertino
por los hilos más delgados.
 
Sin ánimo de revancha, nos
liquidamos, cobramos sueldo,
viático, y arrancamos encima
el pago de una carrera
de taxi, ida
y regreso.

(Que así sea. Mientras a
tu esqueleto
le cuelguen
tetas, aunque sean
mínimas, mientras tu calavera
le pertenezca a aquellas fracciones
de secuencia que observamos y
que callamos. Para la ulterior
deglución, sin ruido, de nuestro
caletre, que tampoco es pozo
seco, ni es poco empinado
abismo, a veces).

Ma 270905



CURILES SAN LORENZO
Los protagonistas fuimos esta vez: Acido Fórmico, Acido Ascético, Acido Ascórbico, Acido Muriático y Acido Sulfúrico, esdrújulos todos, rodamos durante todo un sábado por la carretera, un poco más de 150 kilómetros. Ida y regreso. Al final de nuestra gira estaban: la cabecera municipal de San Lorenzo, una larga fila de bares y restaurantes a la orilla del estero salobre, una manga de agua verdosa, escamada en su anchura por un leve oleaje, el manglar panorámico al fondo. Y nuestras bandejas de “curiles” vivos, sobre la mesa, retorciéndose en sus conchas al contacto con la sal y con el jugo de limón. Los sangrientos tintes crecientes de la puesta del sol del litoral Pacífico, la transparencia de nuestras botellas de cerveza, Port Royal, etiqueta verde y dorada, a contraluz. La fila oblonga de lámparas parpadeantes o fijas de otros bares, restaurantes y hoteles, cerrando en herradura la bahía del estero. Un cerro elevado y agudo cubriendo el fondo, por detrás de los manglares, apuntando hacia la oscuridad del anochecer. Y una estrella íngrima. Punto.
“Aquella es la Isla del Tigre”.

(Do 221005)



DESDE TERRITORIO ENEMIGO
Nuestro silencio resulta sintomático, además de ser el idioma de los despojados de cualquier otro medio de comunicación audible. En algún momento deberé confesar la verdad, pero mientras llega esa hora, doy vuelta y media alrededor de cualquier opinión o percepción parcial que pueda yo incubar. Es nuestro juego. Huyo, escapo a toda cerveza de las trampas usuales de la subjetividad. Me reemplazo, me substituyo, sin apenas mudar de vestimenta.
Un día escribiré un poema, desde hace muchos años. Descarnaré una médula que muerdan y desprecien los corrientes significados colectivos.
Dejemos mientras tanto que nuestras letras se multipliquen por sí mismas. ¿Qué le pedimos al idioma, si lo dejamos solo entre las uñas de sus enemigos a sueldo? El idioma, en revancha, nos deja siempre deslenguados, se esmera en sacar a relucir la parte de nosotros que menos nos halaga. Es decir, uno, con la lengua,  arrastra siempre algo detestable. Nuestro silencio es lo único que lo disimula, aunque sea parcialmente. Mientras no nos baja la inspiración de redactar otros párrafos más lúcidos, más diáfanos. Es decir, hemos sostenido complicidades inenarrables con una legión amorfa de identidades indefinibles. ¿Para qué entonces debemos ni queremos confesar ser narradores de oficio?
La realidad, por ejemplo, no nos entiende en absoluto.
Aunque a veces parece que nos escuchara.

Sa 210505



LA TRIPA REFLEXIVA
Con cierta regularidad dejo que mis tripas piensen solas, si se les da la gana. Es una mortificación, así camino hasta legua y media, absorto, para que las aceras no le duelan tanto a mis zapatos. El resto de mis actitudes son mecánicas. Detesto la explotación anecdótica de nuestras incoherencias existenciales. Pero soy capaz de conversar, aunque cada vez que lo demuestro… me va pesando más y más. De todos modos, así recuerdo un verso, la primera frase de una canción que no le canto a nadie. Soy extremamente sensible, les expliqué, al efecto de todas las sustancias que procesa el hígado. Por suerte, a los demás tampoco se les agota tan fácilmente la cuerda, la paciencia, ni el ingenio. Hicimos (entre todos) cagadales. Me pesa sobre el alma el tiempo llorado por los bienaventurados. Nunca me pesa el silencio que consumo a solas.
Todo por culpa de ese verso, que no le digo a nadie. ¡Cabal!

(Ma 100505)



LA VERDAD EN PELOTAS
-imitando (entre otros) el estilo de Egon Schiele-

Importa regresar pronto a casa, despojarse de la ropa con fastidio, dejar que los trapos arrugados, húmedos de sudor carguen con las culpas, los defectos, las aprehensiones, los detalles detestables y las cualidades más mezquinas que hicieron odioso a nuestro prójimo e, igual, por simple reflejo, de rebote, denigraron al yo circunstancial que se nos hizo inevitable.
Empiezo a olvidarlo todo durante el camino de regreso, todo lo que despertara en mí curiosidad, interés o un apetito desabrido. En ese montón de trapos arrugados queda desterrada la cercanía que pareció por un momento enlazarme demasiado con los otros, y queda congelada la personalidad que compuse de emergencia para confundirme entre ellos, indistinto.
En medio de mi desesperación, cuando ya quiero decirme la verdad a solas, nunca acierto con el vocabulario adecuado y oportuno, se me olvida algo que nunca se les olvida a los ciegos ni a los mudos. ¿A quiénes podría divertir yo? Mayo es un animal extinto, agotado, exhausto. Le debemos a su atmósfera la esfericidad de unas intuiciones elementales, y como tiro de gracia, el zumo espermático que inspiran o exudan las particiones anatómicas más abstractas. Clítoris el soberbio, emperador anónimo, rige hegemónico, absoluto. Hishikawa Moronobu es nuestro último recurso de esta primavera. El resto debo callarlo, no solamente por la discreción espontánea que nos caracteriza, sino por un inexplicable rescoldo de respeto personal, aún en perjuicio del concepto de poesía que, tan laboriosamente ociosos, fraguamos.

Vi 270505



POESÍA MENOR
Si se les permitiera, si les fuera concedida esa gracia, nuestra nutrida flota de mosquitos tropicales se clasificaría, de buena gana, entre las aves al mismo tiempo rapaces y canoras (si es que tales pájaros existen). Las plumas tampoco importan tanto, y siempre se puede negociarlas después. La impaciencia intrínseca de semejantes demostraciones empuja, a veces, a los zancudos más osados, para declamar unos gorjeos insistentes en la alarmada vecindad de nuestro oído.


Poesía menor.
Tegucigalpa duerme, frontón de piedra, contundente golpe de herradura, nalga de elefante repartida entre las carnicerías y los burdeles populares, hueso pelado con espinas en las coronas de hojalata de quienes se han atrevido a pensar.


Descubro, entre las frondas de uno de sus extremos, una isla, la habito y la cultivo. Me ocupo en filtrar abstracciones, en medir imponderables, en clasificar especimenes de menor tamaño. Mi absorción recíproca con el substrato y con la atmósfera local es, consecuentemente, profesional. Mi oficio conoce largos, necesarios recesos de inactividad completa, cierro los ojos, borro durante lapsos prolongados el tiempo verdadero de la restante realidad.
Nos rescata, y acaso nos redime, el asedio de unos fragmentos dispersos, que son también nuestra especialidad.

Do 050605