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El guión. El guión. El guión, amo y señor de la obra cinematográfica, marca la diferencia, incluso entre estas tres películas.

Probablemente el mejor sea el de El Cisne Negro, de Darren Aronofsky, por su unidad, elemento esencial en toda estructura dramática. La unidad de esas semanas en la vida de Nina Sayers, tratando de interpretar el personaje central del famoso ballet: El lago de los cisnes.

Natalie Portman nos recrea ese personaje atado, maniatado, maltratado, disminuido y ultrajado por su propia madre. Sexualmente atrofiado. Mentalmente perturbado al filo de la paranoia y la esquizofrenia. Esa bailarina obsesionada por conseguir el rol principal y la exigencia, del director, de interpretar los dos papeles: El cisne blanco y el negro.

El ballet del ruso Tchaikovsky se presta para ello, al presentar la contradicción blanco-luz-bondad-felicidad vs. negro-sombra-maldad-sufrimiento, que muy bien retoman los guionistas Mark Heyman y el propio Aronofsky, agregando la demencia necesaria para el final que imaginaron. Sobre ese guión sólo se necesita una buena interpretación.

El cisne blanco no puede vivir más su propia contradicción, su amor imposible y su cuerpo atrapado en un cisne que lo lleva a subirse al peñasco y suicidarse. Una metáfora de la vida misma de Nina, que se convierte en realidad, y la muerte atrapa al cisne, a la princesa y a Nina en el vidrio mortal con que se ha cercenado las entrañas enamoradas.

El discurso del rey nos deja claro que el agotamiento de Hollywood es evidente y que este film, digamos, hecho con decencia cinematográfica, era la mejor propuesta en contra de Facebook. La historia de Jorge VI de Inglaterra, su tartamudez y el australiano que le ayudó a hablar bien. Una amistad como un cuento de cenicienta que cautiva a la audiencia y deja muy poco a la crítica.

Lo mejor de Facebook son los diálogos. La utilización de los flashbacs sirve simplemente para darle más movimiento al film. La historia de Mark Zuckerberg  y  Eduardo Saverin, creadores de la red social que los convirtió en multimillonarios, nos deja un sabor a bilis, al dejar al descubierto nuestro atraso frente a la avalancha del desarrollo tecnológico de las civilizaciones de primer orden que propician, desarrollan e impulsan los cerebros más eminentes de su juventud, su especie de jóvenes índigos.

De todo esto resumimos que si no fuera por los premios Óscar, no tendríamos en Hollywood más que películas de acción. Que la creación cinematográfica se ha adormecido y los grandes maestros comienzan a entrar en el olvido. Desde la Cinemateca escucho a Luis Buñuel disertando sobre el entrañable misterio, ante una platea vacía. Farewell my lovely.