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Aquella terquedad del hombre  de no entregar el libro lo obligó a decirle que iría a traer al jefe de la Biblioteca Pública Manolo Cuadra de Granada, el Poeta Carpintero, tal vez con él no iba a estar jugando. Sin embargo, en la esquina de la Chichería París pasó un viejo sucio, sin bañarse y con un gran saco en la cabeza como los que cargan quintales de repollo en el mercado.

Semejante aspecto no le cuadraba, pero no anduvo con miramientos, y se regresó con él haciéndolo pasar como el Poeta Carpintero.

A medida que se iban acercando a la casa se comenzó a oír el repertorio de Los Alegres de Ticuantepe y cuando por fin llegaron se detuvo en la puerta con el viejo y lo miró sentado con el libro en una mano y con un vaso en la otra a la orilla del aparato de sonido y frente a una mesa con hielo y Flor de Caña.

Esta venida del poeta a mi casa es histórica --decía eufórico mientras se echaba el trago--, pero el libro no lo entrego.

Le resultaba penoso tener que interrumpirlo, pero no había de otra. “Aquí está el Poeta Carpintero --dijo--. Haga el favor de entregarle el libro”. El hombre se quedó viendo al viejo de pies a cabeza. Enseguida fijó bien sus anteojos para verlo mejor y dijo:

Yo me lo imaginaba distinto…  No cargando semejante peso sobre su cabeza… Sin decir le aplasta los sesos, y todo derrengado… Palabra que estoy decepcionado… Si hasta huele a cebolla, a tierra y a  ajo…
El hombre se levantó del asiento y siguió diciendo:

Tienen razón los judíos… Para ellos el mesías no es el que cargó la cruz, y por eso lo están esperando todavía… Y yo soy como ellos… Soy un gran judío…

El hombre se alejó un poco del viejo y encendió un cigarro, pero al ratito lo apagó y también apagó el aparato donde sonaba Catalina de mi vida, la de clavar de los alegrísimos ticuantepinos.

Se volvió a sentar con la mano izquierda puesta en la mejilla y sus pensamientos lo sumieron en el silencio.

--Por favor no atrase al poeta --le dijo--. Ronald Puerto lo está esperando.

El hombre, sin embargo, hizo caso omiso a sus palabras y le ordenó a una mujer que estaba haciendo la limpieza que se llevara todo, el hielo y la Flor de Caña, todo, todo, todo, pues había llegado la hora de no seguir tomando tragos para poder tomar la gran decisión de su vida.

--No tengo por qué cogerme un libro ajeno --le dijo al viejo--, máxime siendo de la biblioteca pública donde usted es el comandante en jefe, pero no se lo voy a entregar, y la razón es esta: usted no es el Poeta Carpintero que yo esperaba... usted debe ser un falso, un usurpador de su fama, un analfabestia, un mentecato… Oh, Señor, ojalá que no me muera todavía para ver la venida del  verdadero Poeta Carpintero.