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“Podía mirar el relumbre de las luminarias en la calle, detrás de la ventanilla de la camioneta. Pero apenas si podía distinguir los rasgos de los rostros de mis acompañantes. Era  de noche, y el viaje de retorno a casa lo hicimos en una vieja Dodge. Fulgencio conocía al chofer, y dueño del vehículo. Iba serio y conducía con parsimonia, y atrás, apenas si se podía escuchar las canciones que sonaban en la radio. Fulgencio parecía tranquilo, pero algo lo incomodaba, su rostro tenía un rictus de ansiedad o de angustia, motivado quizá por el viaje, porque la distancia a recorrer era lejos, y a esas horas de la noche, antes de salir de Managua, ya los contornos de los barrios y las calles estaban oscuros, de una oscuridad sin luna, y cuando el vehículo dobló hacia la carretera Norte, sólo se miraban las luces de los focos y la franja negra del pavimento. También los otros muchachos iban callados: Virgilio, Domingo y José Miguel, Pablo iba casi dormido, y a veces roncaba. El cansancio, la fatiga del trajín poco habitual de ciertos trámites los había cansado, creo. Se empeñaron en acompañarme, quizá para cuidar de los peligros del camino a la medianoche. Los pobres son solidarios, como se dice ahora, y ellos como amigos, ni se diga. Es bonito pensar que uno en tan poca vida que Dios nos da, podamos contar con amigos de verdad, aunque sean pocos. Vinieron a verme y le dijeron a Fulgencio que harían el viaje de regreso a casa conmigo”.

“Fulgencio bostezó y los demás también bostezaron. Ahora la oscuridad era dueña de los parajes en las afueras de la ciudad. Pasamos la garita de la Policía y estaba cerrada. Mejor porque no hubo atraso en tener que presentar documentos y tampoco en tener que darles mordida porque son incómodos para todo. En el pueblo, los parientes estarían durmiendo o tal vez esperarían que llegáramos temprano, pero a veces nada se puede con el atraso involuntario, los inconvenientes e imponderables de la rutina. Entonces, si no había ningún impedimento u obstáculo alguno en la carretera, estaríamos arribando al pueblo temprano, pero por la mañana.

“Allá nací en San Pedro, cuando apenas era una comarca sumida en el olvido, un enclave o un asentamiento de pioneros que llegaron a quedarse a vivir, como consecuencia del terremoto que destruyó Managua. Y devino en un villorrio que,  al pasar los años, creció con ínfulas de ciudad plagada de bares y cantinas, de prostíbulos y policías, para mantener el orden en aquél desenfreno de viernes y sábados de fiestas y borracheras interminables, los borrachos caían inconscientes, como seres inanimados, que pasaban el domingo entero tirados en las calles con el solazo en plena cara, en las calles a la salida del pueblo.

Y los negocios y comercios de abarrotes y granos, atestados de compradores de acopio de las cosechas, Llegados de todas las ciudades del país, el pueblo era invadido por forasteros y forajidos, grandes camiones y gente extraña, comerciantes decentes y tipos de mala catadura. Entonces el pueblo parecía una ciudad por la prisa de la gente, el nerviosismo que se sentía en las calles y en los comedores. Era una época de ebullición con el calor de los tratos y negocios cerrados, que se celebran con tragos y borracheras y muertos, pues los muertos no pueden faltar: fiesta y cosecha sin muertos, no es fiesta”.

Hacía calor y hasta el aire era denso y sofocante.

--Hace calor --dijo Fulgencio--, y no hay ninguna estrella en el cielo.
--Puede que llueva entonces --comentó Virgilio.
--Ojalá que no --dijo Domingo--, porque el viaje sería más lento, por la humedad y lo oscuro del asfalto.
Pablo seguía roncando. Iba por su cuarto sueño, cansado del ajetreo de una tarde inesperada y llena de imprevistos.
--Si llueve, es posible que nos mojemos. Entraría el agua por la ventanilla porque no cierra --dijo José Miguel. Y agregó: tengo ganas de fumar, quién me regala un cigarrillo.

“Fulgencio encendió un cigarro y con la brasa del primero encendió otro, le pasó uno de los cigarros a José Miguel, y encendió otro y se lo pasó al chofer, y empezaron a inhalar y a lanzar el humo hacia afuera de la ventanilla, mientras Virgilio y Domingo tomaban unos tragos de aguardiente de una botella, previsores del largo trayecto llevaban su provisión de alcohol para el camino: tragos esporádicos y medidos para que duraran, bebiéndoselos a pico de botella. Nadie habló por un rato, y allá a la distancia vislumbraron luces intermitentes, luego el relumbre de luminarias de una ciudad. Habían pasado varios pueblos aledaños y apenas se miraban pequeñas luces titilantes, que indicaban la ruta del viaje. Pero ahora sí estaban cerca”.

“De repente una rara sensación sobrecogió a Fulgencio. Pensó que aquél viaje al fondo de la noche, era como girar en círculos concéntricos: los círculos interminables, oscuros e irremediables del infierno, y esa extraña sensación de hastío, de vaguedad, como una maraña inefable que le recorría cada fibra de sensibilidad, alterándole los nervios, lo hizo percatarse del silencio espeso que con una manta negra cubría las cabezas de sus acompañantes. Bostezó y miró bostezar a su hermano José Miguel.

La imagen era borrosa. Domingo y Virgilio permanecían en vigilia ritual, tomándose sus tragos esporádicos y comedidos, entre los largos tramos recorridos en la carretera. Escuchó algunas palabras sueltas:

--Hace un poco de frío, ¿verdad?
--Sólo que estés enfermo, porque el calor no se aguanta.
Fulgencio no supo distinguir quiénes hablaban, y pensó que se desvanecía.
--Entonces soy yo.

Oyó a lo lejos como un susurro. Un vaho cálido recorría el interior de la camioneta, y todos empezaron a sentir la incomodidad que Fulgencio había tenido al inicio del viaje, al subirse al vehículo. Se desperezó, y dijo:

--Ya falta poco para que lleguemos.
--Vino a Managua a buscar a Leyla, su mujer. Ella lo abandonó y él no supo asimilarlo. No lo quería ya, pero él, terco como es, se empeñó en ir a buscarla, para convencerla de que regresara a casa --comentó Fulgencio, para Virgilio y Domingo--. José Miguel y Pablo conocían esas razones.
--¿Y no la encontró? --Preguntó Virgilio.   
--En una ciudad como Managua, desordenada y amplia, cualquier extraño se pierde, hombre o mujer. ¡Cuándo iba a dar con su paradero! Y peor, si se vino con otro hombre --contestó Domingo.
--Quizás ese no sea el caso. Pero la verdad es que anduvo de salón en salón, en restaurantes y bares y hasta en cantinas, en los mercados, buscándola. Pero es como si Leyla hubiera desaparecido --agregó Fulgencio.
--Bueno, en casos como el de ella, no es remoto que se fuera del país, y tal vez esté en Guatemala o en San José --dijo Virgilio.

“Pablo seguía durmiendo, José Miguel empezó a fumarse otro cigarrillo. Y Domingo y Virgilio se empinaron de nuevo la botella con otro trago de aguardiente. Fulgencio encendió un cigarro y se lo dio al chofer.

--Para que te mantengas despierto --le dijo--, porque en unos cuantos minutos vamos a llegar-. Y él también se puso a fumar y pidió la botella y se tomó un trago para animarse y espantar esa sensación de vacío que lo carcomía por dentro.

“Amanecía con un alba de luz pálida, grisácea, como anunciando la entrada a la época de lluvias. A pocos kilómetros se divisaron las tenues y amarillentas luces mercuriales del alumbrado público del pueblo, que despertaba temprano. Fulgencio, seguro  de que en la casa estarían esperándolos, le indicó al chofer doblar por la esquina del parque. Florecían los corteses y los malinches, la iglesia estaba cerrada. Dobló hacia la izquierda y luego siguió dos cuadras a la derecha. La puerta de la casa estaba abierta, y al escuchar el ruido del motor de la camioneta, salió mi madre, Sara, a encontrarnos, y todavía pude sentir cómo ella se abrazó a Fulgencio, a José Miguel y Pablo, y lloró con gemidos suaves. Luego contuvo las lágrimas y les dijo:

--Bueno, no hay tiempo que perder. Ya nada se arregla con llorarlo. A las siete será la misa y enseguida el entierro.