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Género:    Novela.
Título: Trágame tierra.
Autor: Lisandro Chávez Alfaro
(Bluefields, Nicaragua 1929-Managua 2006).
Editorial: Editorial Nueva Nicaragua (1993).
Colección: Letras de Nicaragua

Palabra lluvia. Palabra caoba. Palabras musgo, humedad. Palabra orgasmo tropical, todas ellas apretujadas, golpeando proa, popa y los costados del lanchón, formando ese río caudaloso de su prosa con el que nombra su entorno, así habla Lisandro Chávez Alfaro. De pronto un: Trágame tierra, como si con ello deseara asentar sus pasos en un firme, para, de ese modo, detenerse, reflexionar lo vivido y comenzar las pesquisas de las historias que han estado acompañándolo.


Lisandro ahonda, profundiza, su decir es una barrena que taladra la humedecida tierra hasta encontrar el agua virginal del pensamiento, de las imágenes resguardadas en los relatos de los habitantes de ese territorio tan suyo.


Voluptuosa y torrencial, la manera de contar de Lizandro, avasalla, porque además del tumulto selvático, del bullicio de la flora y de la fauna y del lenguaje acuático, está, sobre todo, su alboroto interior cuyo griterío lo impulsa a escudriñar una raíz donde se descubren las entrañas de las relaciones humanas, las cotidianidades, el corazón mismo de los moradores de esa otra cara de Nicaragua conocida como Costa Atlántica que se resuelve en el olvido, en la supuesta lejanía, antípoda de la otra franja costera polo del desarrollo, por cierto sitio del poder . Sí hay una selva en su voz.


Situado en el medio entre la concepción histórica y la novela, Chávez Alfaro no tiene ningún empacho en aprovecharse de ambas a fin de conseguir su objetivo primario: relatar, y aquí en su novela Trágame tierra se muestra en todo su esplendor. Sus otras pulsiones artísticas, la poesía y la pintura -antes de narrar-, no hacen más que refrendar y  constituirse en basamentos durante la consecución de imágenes para su descriptiva, dotada de elementos consustanciales al trópico: todo en demasía, arrolladora, de ahí que sus personajes presenten esa característica de lo arrebatado, del frenesí, dispuestos a la ofrenda, pero además luchadores, conviviendo con la bota militar ya omnipresente en este pequeño país centroamericano, médula castrense en su verdadero génesis, donde se forja ese tipo de seres odiosos y subyace el efecto aniquilador del poderío militar hasta allá donde los jodidos tienen que agachar la vista, porque el rifle por antonomasia de estos gorilas: el Máuser, en manos de sargentos que vienen del mismo origen pueblerino y que carentes de reflexión, los amenaza. Guardias, tipos incapaces de ver más allá de sus narices, ahora devenidos en seres de baja estofa, aunque conscientes de su hegemonía, con la cual logran manipular los cimientos de las indemnes células sociales creadas al amparo de un pequeño puerto a orillas del río, o en las bocas de las minas. Es este el territorio del autor, el que desea referir.


Poblada de matices la narrativa de Lizandro concurre al escenario de la literatura, básteme decir que con esta historia, fue finalista del apreciado Premio Six Barral en 1969, además de ganarse el respeto de los autores mexicanos y latinoamericanos, estableciendo con ello, si se quiere, la puerta de entrada para la nueva novelística en Nicaragua. Sergio Ramírez ya lo había apuntado desde que Lizandro ganó el  Premio Casa de las Américas con Los monos de San Telmo, en 1963: “Crea una crónica de la frustración, de la hazaña, los sueños y los engaños”. Yo agregaría una épica de la jodidez, un grupo de pretorianos, dizque guerreros, llámense guardias, cuidando el suelo nacional, y con ese permiso ultrajar y aprovechar todas las ventajas, dejando de lado al pueblo objeto del servicio de la seguridad.


La historia relatada va más allá de la somera descripción de sitios -muy bellos por cierto-, de caracteres físicos de personajes y de la tragedia nacional al estar, la patria, sometida al arbitrio de unos cuantos. Hay en cada uno de estos elementos un peso específico que incide en la trama, en el ambiente de opresión siempre presente, y en el desarrollo de las acciones, habida cuenta que la atmósfera se adensa, provocando agudas reacciones en el lector, quien se verá enfrentado a esas conductas que conducen a los humanos cuando se ven alterados por agentes externos: la brutalidad policíaca, la miseria que viven los habitantes, el inhóspito clima y la compresión de su libertad, acotada justamente por todos los factores enumerados. La sugerencia de la tragedia en las familias se huele, parece inminente, está por todas partes confundida en los techos de zinc, en las reuniones de los hombres en las cantinas, en el crujir de los motores de las lanchas que se adentran por las corrientes transportando materiales y víveres, como también a los detenidos que la guardia apresa, acusados de estar confabulando contra el gobierno, o aventando las vivas al General Sandino, quien habita esos andurriales como una sombra perturbadora, un fantasma con connotaciones libertarias.


Plutarco Pineda, diríamos el protagonista de Trágame tierra, es comerciante, vende los productos agropecuarios que compra en las intimidades de las fincas río arriba y los va dejando en cada uno de los puertos situados río abajo. Inconforme con su vida, descarga de vez en vez sus entripados en el ayudante Teódulo y en la incomunicación con su mujer Jacinta y con sus tres hijos: Amanda, Yelba y Roger. Jacinta a su vez “creía firmemente que ella y sus hijas eran víctimas de la vida licenciosa que Plutarco había llevado, no tanto después de casado, como antes de casarse, cuando los lanchones cargados de banano iban dejando una estela de oro de la que cualquier hombre honesto, considerado –pensaba ella-, podía recoger varios puñados y guardarlos en vez de volver a tirarlos en la ilusoria estela que irremisiblemente desaparecería”.


Amanda la mayor de las hijas, es violada por un tal sargento Gómez. Yelba permanece como interlocutora de las tristezas de su hermana y también de César Barrantes, el menor de los hijos del mejor amigo de Plutarco, su ahijado, y, colmo de los  colmos, querido del negrote homosexual Víctor, La Vicky la lavandera y planchadora de los guardias.


Por otro lado Roger Pineda, después de estudiar la secundaria dos años interno en el más prestigiado instituto del país y posteriormente el bachillerato, había adquirido un cierto fulgor que Plutarco atribuía a la sabio mano jesuita, ah, pero también dentro del bagaje obtenido por Roger, estaba el conocimiento de los problemas de su patria, el vicio de zambullirse en una historia fétida, aquella turbiedad que sin remedio había que aceptar como historia natural; “aprendiendo a ver en las inmensas obscenidades cometidas a la luz del día”.


Roger Pineda decidió adoptar el nombre de Luciano en un ejercicio congruente a lo aprendido, para demostrar de algún modo su aversión a la situación imperante “quería poner la mayor distancia posible entre él y lo que más aborrecía: el país al que habían confinado su nacimiento y sus veintiún años de vida”. Con el cambio de nombre, además, Luciano evitaba “la vergüenza, la humillación actual, insalvable de vivir entre un millón de cínicos que obedeciendo a lo que no era un decreto ni fuerza bruta, habían aprendido a llamar con un cariñoso síncopa al cínico mayor que durante tantos años (sin contar los que faltaban) los había escarnecido dentro y fuera de sus casa”.


Plutarco Pineda está lejos de las cosas que su vástago piensa, sólo posteriormente, cuando avizora en Luciano el esbozo de guerrillero, o tal vez, guerrillero en ciernes, y hasta que acontecen los hechos que Lizandro propone, comienza a labrarse, en él, una toma de conciencia, una suerte de redención para con su hijo y para con él mismo. La tragedia está por venir.


Varias virtudes las de Trágame tierra, que pueden observarse a lo largo del proceso de maduración, arquitectura y consolidación de la novela, sustentadas en ejes torales: Se significa como voz augural e inaugural dentro del género, inserta ya en la modernidad de la narrativa nicaragüense. Se magnifica cuando introduce el relato en dos estadios paralelos, el que cuenta la historia de los avatares de Plutarco Pineda y su gente, y el acompañamiento de los tramos dedicados al “pueta descalzo”, justo con el que comienza la narración. La vena poética de Lizandro se pone de manifiesto porque además de referir los asuntos del “pueta descalzo” como personaje indiscutible, en tramos dueños de mucha musicalidad, emerge como una maravillosa metáfora que alude a la razón de ser del poeta: mostrarse tal cual es, desnudo, sin maquillaje, con su libertad a cuestas, no regalada por nadie, dando paso a una reflexión aledaña de los sucesos y a la observación de las cosas que se nombran, con la mirada distinta, encontrándoles lo oculto.


No está por demás enmarcar la notoria adicción de Lizandro al fraseo largo, querencia que le confiere a la novela otra dosis de temporalidad, ambientación que se requiere, porque ahí, en ese universo vegetal y acuático parece que el tiempo no transcurre y todo se torna aletargado: “la misma voz saltando de un punto a otro de la madrugada para repetir el inmemorial augurio de espolones un poco más endurecidos que el día anterior”; o “la vida perdurable de aquellas fabulosas brasas que llamaba estrellas y que siempre habían estado en esa posición a las tres de la mañana”; “eran acontecimientos tan simples como aludes de una sustancia espesa que le dificultaba la respiración”, es decir, una construcción que mucho tiene que ver con la poesía, porque ya lo dije, están plagados de imagen, música y belleza.               

Opiniones y comentarios: coreatorres@yahoo.com

COREA TORRES.
PUEBLA, PUE.
MÉXICO.
27 SEPTIEMBRE 2008.