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El abogado, educador y escritor Carlos Tünnermann Berheim (Managua, 1933), es uno de los intelectuales humanistas más importantes con que cuenta actualmente Nicaragua. Quienes no olvidan la historia de nuestra autonomía universitaria recordarán que, contando apenas con 31 años de edad, fue el sucesor del Dr. Mariano Fiallos Gil como rector de la Universidad Nacional, en 1964, y prácticamente el segundo rector del período de la autonomía.
Tünnermann se convirtió entonces en el rector más joven de Hispanoamérica, y quizás del mundo. Fue reelecto dos veces en el cargo, y desempeñó la rectoría en tiempos muy difíciles (de 1964 a 1974). No olvido nunca una anécdota referida por él mismo la primera vez que lo entrevisté, hace casi veinte años. El dictador Anastasio Somoza Debayle lo citó a Casa Presidencial para un asunto urgente, y, quizás más extrañado que intimidado, el joven rector acudió prontamente a la cita en compañía de toda la Junta Universitaria.
Somoza lo esperaba reclinado en su asiento tras su enorme escritorio, y blandiendo un fajo de cheques lo acusó de financiar “el terrorismo del Frente Sandinista”. Aquellos cheques se los había entregado al tirano el entonces Jefe de la Oficina de Seguridad Nacional, General Samuel Genie, presente en la reunión. El rector preguntó si había más pruebas al respecto, y Somoza respondió que con eso bastaba.
Entonces Tünnerman procedió a explicar al dictador que, según la Ley Orgánica de la UNAN, aprobada por su hermano Luis Somoza en 1958, de la matrícula que pagaban los estudiantes al inscribirse, obligatoriamente debía entregarse un porcentaje al Centro Universitario de la Universidad Nacional (CUUN), entonces organizado y dirigido (como la actual UNEN) por estudiantes electos por sus propios compañeros.
El rector explicó que, por ley, debía entregar mensualmente esos cheques, con su firma y la del tesorero de la universidad. “Yo simplemente cumplo con la ley aprobada por su hermano Luis”, argumentó. Entonces Somoza cambió completamente de actitud. “Señor  rector –le dijo-, ¿en qué podemos servirle y en qué quedamos?”. Esa vez –afirma Tünnermann-, la universidad consiguió un aumento presupuestario de un millón de córdobas.
Pero, dejando a un lado las anécdotas, se hace necesario decir también que, entre otras cosas Tünnerman ha sido Primer Secretario General del Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA) -1959-1964-; rector, como ya dijimos, de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua durante tres períodos; Director del Programa de la UNESCO en Colombia (1975-1978); Ministro de Educación (1979-1984) y embajador de Nicaragua ante el gobierno de Estados Unidos y la OEA (1984-1988);miembro del Consejo Ejecutivo de la UNESCO (1990-1994), Consejero Especial del Director General de la UNESCO, y más recientemente, Presidente del Grupo Cívico Ética y Transparencia y Presidente del Centro Nicaragüense de Escritores (CNE).
Actualmente es Sub-director de la Academia Nicaragüense de la Lengua, de la cual es miembro de número, así como miembro correspondiente de la Real Academia Española; miembro de la Academia de Ciencias Jurídicas y Políticas de Nicaragua y de la Academia de Ciencias. Durante su trayectoria ha sido galardonado con numerosas distinciones y reconocimientos, incluyendo el doctorado honoris causa por universidades nacionales y del extranjero.
Desde “La Reforma Universitaria de Córdoba” (EDUCA, San José, Costa Rica, 1978) hasta “Tendencias de la Educación Superior” (Asociación Dominicana de Rectores Universitarios, Santo Domingo, 2010), Tünnermann ha publicado más de una veintena de libros de ensayos y estudios reflexivos acerca de los derroteros históricos de la Universidad, así como de los retos y desafíos de la Educación Superior en el presente y ante el futuro, especialmente en América Latina. Esto sin contar más de una docena de libros dedicados a temas históricos y literarios, que incluyen varios textos dedicados al estudio de Rubén Darío y un breve volumen de poesía.
En una dirección consecuente con su acervo bibliográfico relacionado con la educación, el nuevo libro de Tünnermann, “La universidad del futuro” (Managua, Hispamer, 2011), tiene como hilo conductor la preocupación por identificar, aquí y ahora, las transformaciones que debe emprender la educación superior para responder a los desafíos de la sociedad contemporánea.
Tomando como partida las conclusiones de la Primera Conferencia Mundial sobre la Educación Superior, celebrada en París en octubre de 1998, Tünnermann reitera en este libro el reto principal que actualmente enfrentan las universidades y las instituciones de educación superior: emprender “la reforma más radical que jamás antes hayan enfrentado”.
Según la propuesta reiterada en este libro, la realidad de la situación social en el mundo, así como los avances dinámicos en términos de información, conocimiento y nuevas técnicas de comunicación y educación, evidencian la necesidad de una revolución en el concepto de la universidad. El autor se apoya en las palabras del brasileño Cristovam Buarque: “más de ocho siglos después de su fundación, la Universidad se encuentra en medio de una revolución tecnológica, en un mundo dividido, necesitando ahora hacer su propia revolución”.
En pleno inicio de la segunda década de un nuevo siglo, inmersos como estamos en una sociedad de alcance global, caracterizada por constantes y dinámicos cambios, Tünnermann advierte que las tendencias innovadoras evidentes en la educación superior de hoy, no pueden sustraerse de la influencia de los fenómenos globales que inciden en su desempeño.
El primer desafío que la Universidad del siglo XXI debe arrostrar –afirma Tünnermann- es asumir críticamente la globalización, hacerla objeto de reflexión e investigación, e introducir el estudio de su  compleja problemática como un eje transversal de todos sus programas. “Para  que la educación  superior desempeñe este rol tan importante requiere de innovaciones profundas, que hagan temblar los cimientos de nuestros sistemas educativos, tan ligados a la tradición”, afirma.
En este nuevo libro se analizan las principales repuestas que la educación superior viene promoviendo para responder a esos desafíos, y sobre ellas hemos conversado con su autor en esta entrevista que ofrecemos a nuestros lectores, imbuidos por el mismo espíritu del libro: animar a profesores, dirigentes educativos y a la comunidad universitaria en general, a esforzarse por introducir en sus instituciones los cambios que aseguren su sobrevivencia.

-No es este el primer libro en el que usted dedica sus reflexiones a los dilemas contemporáneos de la educación, especialmente a la universidad como institución y como comunidad. Desde los últimos años del siglo veinte y los comienzos del veintiuno, viene haciendo usted un balance del derrotero universitario al finalizar el milenio. Ahora, en “La universidad del futuro”, ¿está partiendo usted de sus conclusiones finiseculares, es decir, de que la educación debe ser permanente o que debemos educarnos durante toda la vida?
“Efectivamente, uno de los aportes más importantes de las reflexiones finiseculares fue la revalorización del concepto de educación permanente y el convencimiento de que el ser humano debe educarse durante toda la vida. Además, la naturaleza misma del conocimiento contemporáneo, que crece aceleradamente a la vez que se vuelve obsoleto con gran rapidez, obliga a la universidad a trabajar guiada por el paradigma del “aprender a aprender”, lo que significa que el graduado universitario debe salir dotado de las destrezas intelectuales que le permitan seguir aprendiendo durante toda su vida profesional, si es que pretende estar actualizado”.

-Citando al brasileño Cristovam Buarque, usted señala que en los últimos siglos nunca ocurrieron grandes cambios estructurales en la universidad ¿A qué cree usted que se debe esto?
“Las universidades suelen ser instituciones muy resistentes a los cambios. Ortega y Gasset decía que es más fácil remover cementerios que cambiar a las universidades. Sin embargo, el cambio es un imperativo de la “universidad del futuro”. De lo contrario, como dice el analista Phillip Coombs, podrían quedar reducidas a piezas de museo, o sustituidas, como ha escrito Cristovam Buarque, por otras instituciones, la “post-universidad”, capaces de dar respuestas a los desafíos de la sociedad actual”.

-En este libro usted identifica dos fenómenos cruciales e ineludibles a los que se enfrenta la educación superior después de ocho siglos de desempeño: la globalización y la emergencia de las sociedades del conocimiento. Sin embargo, me parece que ambos confluyen en el reto que significa la actual revolución tecnológica y su influencia en las comunicaciones ¿Es eso correcto?
“Es correcto. En realidad tres son los fenómenos contemporáneos que más influyen en los cambios que están dando un nuevo perfil a la “Universidad del futuro”: la globalización, que implica también la globalización del conocimiento; la emergencia de las sociedades del conocimiento, y la revolución tecnológica en el campo de las comunicaciones y la información. Posiblemente, esta última es la más visible, por la aparición, gracias a la Internet, de los cursos en línea, llamados también “on-line”, y las universidades virtuales. Esto último representa grandes ventajas porque el estudiante  ya no tiene que desplazarse al recinto de la universidad para tomar un curso, de cualquier nivel, pero también representa riesgos, pues se presta a los fraudes académicos, de los que hay muchísimos ejemplos en Internet”.

-¿Cómo concibe usted la revolución que, según afirma en su libro, necesita emprender ahora la universidad?
“La revolución que debe emprender ahora la universidad debe comprender la revisión de su cometido en la sociedad actual, asumiendo un mayor compromiso con todos los sectores sociales; la revolución en los métodos pedagógicos y en las didácticas, desplazando el acento de la transmisión del conocimiento a su construcción por los alumnos; el nuevo rol de los docentes ya no como simples expositores sino como facilitadores del aprendizaje de sus alumnos; las nuevas formas de evaluar esos aprendizajes para comprobar si los estudiantes realmente comprendieron y asimilaron el nuevo conocimiento; las estructuras académicas más flexibles, y el rediseño curricular, ya que en última instancia una universidad es el currículo que en ella se imparte”.

-Usted afirma que la globalización, en sí, no es enteramente buena ni mala; que todo depende de cómo las naciones se insertan en ella. En las condiciones de desarrollo de países como Nicaragua, ¿cuál es el rumbo para una adecuada reestructuración de la educación superior?
“En Nicaragua la educación superior necesita hacer realidad su compromiso con la calidad, la pertinencia y la equidad. Hoy en día, el lugar que los países ocupan en un mundo globalizado de mercados abiertos depende de su mayor o menor competitividad y productividad, de su capacidad de dar valor agregado a sus productos de exportación, y esto depende del mayor dominio del conocimiento, de la información y la innovación. Todo esto pasa por disponer de instituciones de educación superior capaces de generar el conocimiento y las tecnologías que nos hagan más competitivos, sin que eso signifique hacer de la “competitividad” una ideología”.

-Ha señalado usted como uno de los imperativos de ese cambio, concebir una universidad al servicio de la imaginación y la creatividad. Sin embargo, frente a los cambios del mundo actual, hemos visto más bien que nuestras universidades han desvalorizado a las humanidades en favor de lo que se considera más práctico para el mundo de hoy. Usted califica eso como una “estrecha profesionalización” ¿Por qué?
“Nuestras universidades fueron organizadas siguiendo el modelo francés o napoleónico, que enfatiza la formación de profesionales. Fueron creadas como un conjunto de facultades profesionales. Este esquema está siendo, afortunadamente, superado. Se ha recuperado la necesidad de introducir en la universidad la formación humanística y la investigación científica. Pero, el peso del profesionalismo sigue siendo muy grande. Por eso abogo por revalorizar las humanidades en la formación profesional y familiarizar al estudiante con los métodos propios de la investigación científica”.

-¿Cómo considerar las humanidades, que propician la imaginación y la creatividad, como útiles o prácticas en la sociedad informatizada de hoy?
“Está demostrado que el profesional que cuenta con una sólida formación humanística tiene más posibilidades de éxito e incluso de cambiar de puesto de trabajo, en cuanto más amplia y seria haya sido su educación general. Yo soy un convencido del valor de los Estudios Generales. Todo esto favorece la creatividad y la imaginación. Decía Einstein: “En los momentos de crisis, la imaginación es más importante que el conocimiento”.

-¿Podría explicar lo que usted denomina “resignificación de la función social” de las universidades?
“La “resignificación de la función social” implica un mayor compromiso de la universidad con su responsabilidad social, lo que lleva a una mayor inmersión de la universidad en su sociedad, a promover un diálogo constructivo con todos los sectores sociales y ejercer plenamente su función crítica, como conciencia de la sociedad y en pleno ejercicio de su autonomía”.

-Ante la brecha económica y el desempleo creciente de nuestras sociedades se está impelando a los jóvenes profesionales a diversificar su formación, es decir, dominar distintas especialidades. ¿Es lo que usted llama “interdisciplinariedad” en términos educativos?
“Hay una tendencia a la doble titulación. Sin embargo, la interdisciplinariedad es algo distinto. Es formar al graduado universitario de tal manera que sea capaz de integrarse a equipos de trabajo formados por especialistas de distintas disciplinas. El trabajo interdisciplinario es aquel que se enriquece con las perspectivas y aportes de varias disciplinas, donde cada especialista perfecciona su visión con las perspectivas de otras disciplinas. Hay un enriquecimiento recíproco entre las distintas disciplinas”.

-Usted dice que la inercia o la resistencia a los cambios puede producir la aparición de instituciones que vengan a sustituir a la universidad ¿Cree posible la mediata desaparición de la institución universitaria como tal?
“Yo comparto la visión esperanzadora de Buarque, en el sentido de que la universidad, como la institución más eminente de la inteligencia humana, será capaz de introducir los cambios y las transformaciones que le permitan responder adecuadamente a los desafíos contemporáneos, de manera que no sea necesaria la aparición de la “post-universidad”.