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El hombre volvió a la esquina, aunque en las grandes ciudades, las esquinas no cuentan con vida, en medio del impío desorden urbano, pues al no poderse deshacer de ellas, las dejan como rémora de un extinto pasado. Ahí esperaba a más de algún amigo, cierto conocido, o alguien con quien simplemente hablar de lo útil que son estos ángulos citadinos, hermosos remates de calles donde se resumen las cuadras y a veces hasta las manzanas enteras de pasiones encubiertas , y cabe la vida de más de algún vecino.

Su esquina había pasado por muchos pies y manos, y sobre todo palabras. Antes, según los viejos, no era una esquina enladrillada, ni siquiera contaba con un poste y una lámpara Edison, sino un recipiente con gas para alumbrar. Pero calendarios atrás, por aquí había campo, monte, selva. Libertad. Los primeros que vinieron por estas tierras empezaron a limpiar, quitar los árboles y construir chozas. Y redujeron un poco la Libertad. Después llegaron los españoles y edificaron sus sólidas casas de ladrillo, barro y madera, y así, no se sabe cuándo, apareció nuestra ancestral esquina, un poco nativa, con su alto trazo colonial, pero  su libertad era cada vez menos esbelta y más coloquial.

Claro, también surgieron otras, y sí se llenó el pueblo, y luego la ciudad, pero este ángulo del camino en reposo, donde la serena quietud adquiere su volumen de misterio y armonía, no es de una calle cualquiera. Aquí hay historia; hay blasón, hay dinamia, hay vida.

El hombre esperó por un su amigo, o un marchante casual, pero se hicieron las siete, las ocho de la noche. Y nadie apareció del tamaño de la noche. Bueno, no estaba quien quería, aunque pasó más de algún transeúnte de talla crepuscular, y uno que otros le saludaron al son de la costumbre, y él platicó, y siempre estuvo con alguien, hasta un policía, de “esos que florecen en las esquinas”, conversó animadamente con él, y pronto llegó un poeta, y policía y aedo, se dedicaron a elevar sus versos que para el hombre resultaron otoñales, o mejor dicho, poemas injertos, porque en nuestro país no hay otoños sino dos estaciones inciertas que llevan de todo: tierra, agua… lodo.

El policía y el liróforo de tanto decirse poemas, empezaron a rumiar su triste suerte, uno porque nunca había encontrado a un bandido de verdad y el otro porque los portaliras de coturno empezaban a escasear como las esquinas verdaderas.

El hombre al ver aquella dramática escena trató de irse, porque las esquinas de verdad sirven para otra cosa, incluso para divisar a los luceros en fuga, pero no para asistir a recitales de policías y poetas nostálgicos de los coturnos latinos.

¿Adónde vas?, le espetó el policía al hombre.

A mi casa.

¿Y eso?

Que ya es muy noche.

El poeta le quedó viendo con una tristeza sin más aspiración que alcanzar la plenitud del lamento romano. Le vio su cabeza y entendió ver, coronada por la luz de la luna, del farol o de su inspiración, un ramo de olivo. El policía lo que vio fue a un bandido de verdad y que metiéndole plática, le quería engañar sobre sus delictivos motivos de estar ahí, al acecho.

El aedo fue bajando la mirada con un ¡ay! de alivio y pureza hasta sus pies. El policía se aprestaba a utilizar las esposas, al ver el claroscuro de una culpa sin condena cincelada en el rostro del tipo. El panida observó con admiración que también calzaba el coturno y como con las pocas palabras escuchadas, encendidos versos animaban al lugar a ser una esquina de las de antes.

El hombre con temor, trató de decirle que no era bandido ni mucho menos poeta. El policía y el vate le apuntaron uno con su pistola  estéril y el otro con su pluma fecunda. “No es suficiente, las pruebas te incriminan”, le replicaron. “Tampoco ---- el hombre tardó un mundo para proferir una dolorosa blasfemia contra su ancestral, precolombina y colonial amiga: -----  tampoco ésta es una esquina de verdad”.

El hombre quedó solo bajo el farol, la luna o un antiguo recuerdo. El policía y el juglar se fueron. Y también la esquina que era de verdad.

FL 26 de marzo 2011.