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Pablo Neruda fue el gran anfitrión del mar de Chile, y Gonzalo Rojas fue el cicerone del profundo sur chileno. Solía decir que Sur y Ser eran un mismo verbo condenado a conjugarse siempre en presente y con los ojos cerrados, porque así lo exigía la gramática de las araucarias.

Hijo de mineros de Lebu, en el sur de las lluvias y las nieblas, hizo primero de la Universidad de Concepción una gran casa de las palabras y a su amorosa convocatoria acudieron, en los años cincuenta, las mejores voces de la literatura escrita en español.

Gonzalo Rojas acostumbraba a formular sus invitaciones con un escueto “te espero con la mesa puesta”, y con ese dato bastaba para llegar hasta su casa sureña bautizada como Torreón del Renegado.

Siempre rehuyó las alabanzas y prefería ser el narrador de anécdotas que hablaban de sus días en China, en Cuba, en la patria sin fronteras del exilio alemán, en los Estados Unidos, o en los parajes de ese sur que siempre llevó como un tatuaje.

Gonzalo Rojas es uno de los últimos gigantes de la poesía chilena y, fiel a su estatura, jamás se quejó de las afrentas recibidas por la dictadura y sostenía que el Poeta o era un renegado o no era.

Rojas ha muerto, qué extraño
Antonio Gamoneda

Me entero a las dos de la tarde de que ha muerto Gonzalo Rojas. Es una negra noticia la que se me da en este lunes primaveral y húmedo. La muerte no es sólo penosa; sucede y a mí se me hace incomprensible que suceda; quizá porque es también incomprensible ese otro accidente que consiste en vivir: ir de la inexistencia a la inexistencia. Un viaje que, finalmente, muestra su escaso sentido: no nos lleva a ninguna parte.

No nos lleva a ninguna parte y está poblado por sufrimientos y horrores, bien lo sabemos, pero, hay que reconocerlo, simultáneamente, es proveedor de causas que nos ayudan a permanecer en la extrañeza y el sufrimiento: el amor, la amistad, la intensidad que nos procura la belleza terrestre, la que advertimos en la figura y el talante de algunos vivientes y la que se nos muestra en las creaciones estéticas. De las tres causas sabía mucho Gonzalo y las tres estaban -están- presentes en su poesía, extensa y continuamente pronunciada en su afirmación.

Lo primero que se me ha ocurrido (más que ocurrencia ha sido un movimiento impensado y compulsivo) es escuchar un disco con la voz de Gonzalo; se corresponde con una lectura que hizo en la Residencia de Estudiantes, en mayo de 1996: “Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho, lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces...”, “... Cuando lo apostamos todo y lo perdemos venimos llegando. / Al amar, al engendrar venimos llegando, al morir escalera abajo venimos llegando”. “¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida / o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, que se halla, qué / es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes...?”.