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Aminatta Forna nació en Escocia en 1964, pero vivió su infancia en Sierra Leona, donde su padre se desempeñó como médico y fue asesinado por su disidencia política con el régimen dominante en el país africano durante la década de 1970, hechos que están consignados en The Devil that Danced on the Water, libro de memorias que la autora editó en 2003, para dejar testimonio sobre la vida de su padre y sobre las luchas civiles que han confrontado a la población de Sierra Leona.


Céntrica y excéntrica, europea occidental y africana subsahariana, Aminatta Forna se ha alejado y por mucho de la tentación de la blanquitud debido a su nacionalidad céntrica1, así como rehúye la auto conmiseración que podría derivarse de su condición excéntrica: mestiza, morena y mujer.


Por lo demás, la narradora afro europea tampoco escribe como mujer sino como escritora, con esa cualidad innata de las verdaderas escritoras para plasmar las intimidades sentimentales y emocionales del ser humano, con una pátina sólida y balanceada a un tiempo, detalle de equilibrio que resulta más complicado para el escritor masculino, por muy curtido que esté en el oficio.2


En  su segunda novela, La memoria del amor (The Memory of Love. Traducción de Isabel Murillo. Alfaguara-Santillana Ediciones Generales. México, 2010. 570 pp.) Forna nos hace recorrer los laberintos de los sentimientos y los deseos, desde una masculinidad no menos solitaria y extraviada que la feminidad de El jardín de las mujeres, su primera novela.


Sin embargo, las experiencias de vida de los hombres que pueblan La memoria del amor no se corresponden con las experiencias de El jardín de las mujeres, e incluso me atrevería a decir que son, en más de un momento, disímiles y asimétricas. No podría ser de otro modo: en un mundo cooptado por la visión machista, rechazada, sí, mas no por ello menos vigente, la otredad de hombres y mujeres es distinta y nos marca a fuego con herrajes disímbolos.

 

Acierto indiscutible de la autora es la comprensión, la aprehensión y la presentación de tal asimetría. Los hombres de La memoria del amor buscan en las mujeres la afirmación de sí mismos, su prevalencia masculina se confirma en la medida que logran subyugar al ser femenino en el espacio límite de sus aspiraciones de machos alfa, ansias e intencionalidades particulares, quiero decir, surgidas de su ego, pero incapaces de abrirse al ego, al yo, de la otra, que queda siempre al margen, objeto de las arbitrariedades de la imaginación individual, pero nunca una mujer singular que se realiza en conjunto con la realidad, personal y colectiva, del ser varonil.


El hombre no llama a la mujer en La memoria del amor, la reclama, de ahí su preeminencia a la vez que su soledad. Los tres protagonistas reconocibles de la novela, Adrian Lockheart, Kai Manseray y Elias Cole, viven atrapados en etapas de la evolución emocional que no llegan a cerrar el ciclo, lo que a la vez los emparienta con los estadios evolutivos de una sociedad que busca en vano llegar a su concreción.


Las palabras y los actos de la segunda novela de Aminatta Forna se ubican en una ciudad africana que podría y no ser Freetown, la capital de Sierra Leona. Podría y no porque se trata de una ciudad marginal, siempre en trance de reinvención, de modernización, concepto que en el grueso del tercer mundo trae aparejada la noción de erradicar los rasgos de identidad o en todo caso su domesticación.


Es en este micro cosmos titubeante entre ser y desaparecer que los personajes de La memoria del amor hunden las manos en el barro de los anhelos, en el lodo de las frustraciones. Si al principio de la narración los protagonistas pretendían insertarse en el proceso colectivo de la reconstrucción de un país, terminan ensimismados en la deconstrucción de su ética individual para afrontar la vida en una nación que ha descendido de la épica de los movimientos proindependentistas a la farsa de las guerrillas mesiánicas, de la epopeya sociopolítica a la etopeya del absurdo.


El psicólogo Lockheart y el cirujano Manseray son jóvenes e intentan dialogar con el mundo y consigo mismos a partir de tal hecho. Sin embargo, en un mundo ordenado y predeterminado, sea la Gran Bretaña demócrata o la Sierra Leona poscolonial, precisamente por ser jóvenes están infectados de la enfermedad social que más aqueja a la juventud: la vejez prematura.


Lockheart y Manseray comprenden la existencia de la otredad pero no pueden empujar las puertas y entrar a plenitud en aquélla. Entre los dos se interpone un entramado de vicios y contradicciones emocionales, intelectuales y sociales que les impide liberarse de sí y acceder al otro.


En tal sentido, el viejo catedrático de ciencias políticas Elias Cole es la cifra y suma de lo que son Lockheart y Manseray, sus auxiliares y acompañantes en el difícil trance hacia la muerte, pero también sus aprendices. La historia de Cole y su malhadado amor por Saffia, la esposa de su colega Julius, es la historia de los dos practicantes de ciencias médicas, historia en proceso de escritura, a la vez que el irónico recordatorio de que la escritura de la vida propia, por apasionante que resulte, no es susceptible de corrección: la historia individual y colectiva no se corrige, sólo evoluciona.


Novela larga, ágil en sus movimientos armónicos, La memoria del amor, segundo libro de ficción de Aminatta Forna, supera los pasajes farragosos y lentos en que a ratos incurre, gracias a que entraña el encuentro de la autora con dos otredades, la del varón encerrado en la soledad ineludible del autoritarismo machista, y la de la mujer que se sabe objeto del deseo, lo que la orilla, de manera consciente o inconsciente, a diluirse en la soledad del ser venerado pero intocado, inmaculado y por ende condenado a la muerte interior, soledades que la novelista devela auxiliándose de los recursos de la subjetividad emotiva y a la escuela inglesa del reader’s response criticism, por lo que parte fundamental de la respuesta emotiva ante los hechos queda a cargo de nosotros los lectores, dobles y complementos de Aminatta Forna y sus personajes a un tiempo extraviados y reencontrados.

1     Me refiero a la blanquitud en tanto fenómeno psicosocial, tal como lo definió el filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría en Modernidad y blanquitud. Ediciones Era. México, 2010.


2     No hablo del cliché que confunde la feminidad con lo sensiblero o con el sentimentalismo barato, sino de la sensibilidad femenina en tanto aspecto integrante y libre, que no alienado, del ser femenino.