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Managua, Nicaragua,
abril 1 de 2011.

Señora Isabel Taylor:

Cara Isabel, discúlpame que te escriba hasta hoy, pero el tiempo se me ha acortado y siento los días como si fueran de 16 horas y no logro terminar las cosas que tengo que hacer. Sé que a veces no te gustaba que te dijera Isabel y me corregías…. Elizabeth, my name is: Elizabeth. Cosas de amigos.
Me acuerdo cuando nos conocimos en 1956. Yo sentado en la luneta del cine González de León, viendo Gigante y vos sonriéndome desde la pantalla con aquella belleza tuya, arrebatada a los dioses y tus ojos violetas, que pensaba que sólo me veían a mí. Yo tenía nueve años y vos veinticuatro.    
Seguí tus pasos kinéticos y nuestra muy especial amistad, escribiéndote cartas que de alguna manera te hacía llegar. Cuando Cleopatra, pensé que el personaje histórico estaba envidioso de tu belleza, de tu  carácter y que no era Isabel Taylor representando a Cleopatra, sino Cleopatra representando a la Taylor.
De repente en el verano. Me impresionó por su barroquismo gótico y la conjunción de otros monstruos sagrados. Katharine Hepburn y Montgomery Clift. Tennessee Williams y Joseph L. Mankiewicz. Era 1959 y había cumplido los doce años.
Pero el film por el que te voy a recordar siempre es: ¿Quién le teme a Virginia Woolf?... y antes que me vayas a refutar, te explico. Probablemente sea la mejor obra de teatro de Edward Albee, con una excelente adaptación al cine de Ernest Lehman. Mike Nichols, al dirigirla, hizo varias jugadas inteligentes para reducir tu belleza y hacer relucir tu talento, que te mereció el abrazo del “tío” Oscar.
Nichols te dio un rostro casi sin maquillaje, canas en tu pelo y un aspecto desaliñado, fotografiándote en  blanco y negro, lo que eliminó el violeta de tus ojos. Para completar el cuadro, la Martha que interpretaste era una mujer muy malhablada. Logrando el joven director cambiar el lenguaje de Hollywood después de este film.
Fue la desmitificación tuya a favor de Martha. Tu voz honda y sentida floreció a través de la obra en las violentas discusiones con tu marido real y tu personaje: Burton/George.
Secuencia inolvidable cuando Albee hace un homenaje a Williams y entra Burton con un ramillete de flores secas repitiendo la famosa línea de Un tranvía llamado deseo… ¡Flores para los muertos! ¡Flores para los muertos! Y tu grito desgarrado, porque tu marido ha roto el pacto y asesinado al hijo ficticio.
Ahora te has ido a filmar tu última película, saliendo como siempre, por la alfombra roja, dejando detrás la leyenda. Y, aunque no seas la productora, sos hija del productor, el cual siempre te quiso y te mimó, hasta donde le dejaste hacer.
De perfil a la luna de abril, pienso que te recordarán por haber sido uno de los más hermosos animales femeninos que ha pisado este planeta. Por tus películas, tus complicadas relaciones amorosas, tus enfermedades y tu lucha contra el sida.
Pero detrás de esa belleza ostentosa y supuesta fortaleza exterior, había una fragilidad humana, una necesidad de afecto, de atención y cariño. De estabilidad emocional y aceptación de una sociedad superficial, en extremo. Lo sé, puesto que te conocí hace cincuenta y cinco años.
Ni tu fama, ni tu dinero, ni tus joyas, pudieron aportar nada en esa dirección. Siempre fuiste la pobre niña perdida en la procesión de Hollywood en busca de la salida. La bebé que se dormía por las noches, deseando despertar con el mismo hombre por la mañana, en la angustia de tener que filmar en angustia.
Toda tu vida, querida Isabel, necesitaste igual que Blanche DuBois, el frágil personaje de Un tranvía llamado deseo…. de la gentileza de los demás para soportar tu vida.
Siempre tuyo,

Rafael Vargarruiz