•  |
  •  |

“Yo nací en un pueblo de Honduras que se llama Yoro. Ha trascendido que allí llueven peces, y eso ha cobrado un carácter de universalidad”, decía, a manera de presentación y justificación, Roberto Sosa, el poeta más internacional de Honduras, fallecido el pasado lunes de un ataque cardíaco a los 81 años de edad.
A Sosa era posible aún encontrarle a la vuelta de la esquina en las calles del viejo y decrépito centro de Tegucigalpa, sobre todo en el cuadrante que pueblan la Hemeroteca Nacional y pequeñas librerías y cafés culturales que sobreviven de milagro.
“Poeta”, le decían con respeto los transeúntes que le reconocían como autor de los versos más queridos en este país: “Los pobres son muchos/ por eso es imposible olvidarlos/ Seguramente ven en los amaneceres múltiples edificios donde ellos quisieran habitar con sus hijos/ Pueden llevar en hombros el féretro de una estrella/ Pueden destruir el aire como aves furiosas, nublar el sol/ Pero desconociendo sus tesoros entran y salen por espejos de sangre/ caminan y mueren despacio/ Por eso es imposible olvidarlos”.
Con una obra caracterizada por su hondo contenido social (“la poesía es un instrumento de indagación”, afirmaba), Sosa obtuvo numerosos reconocimientos internacionales, como el Adonais (España, 1968) y el Casa de las Américas (Cuba, 1971).
Pese al compromiso de su obra, Sosa únicamente conoció el exilio de la cultura, quizá el más amargo de todos, el sentenciado por una frase recurrente en Honduras y muchos países del mundo: “aquí de la poesía no se vive, hijo”.
“Me acostumbré un poco a sentir cierta nostalgia por un viaje próximo, por una circunstancia de llegada, de descubrimiento de algo nuevo, y por ahí pues que adquirí una psicología de viajero”, dijo en una entrevista. Y como todos los grandes literatos de Hispanoamérica, “viajar” tenía muchos significados en Sosa, como él mismo lo escribió: “Esto que suscribo nace de mis viajes a las inmovilidades del pasado”.
Sus andanzas quizá le venían de casta. Su padre fue un músico salvadoreño, y no hay dos calificativos más vagabundos que esos. Pero también su sed del próximo viaje la explicaba el provincialismo rancio de Honduras, un país de tierra firme que culturalmente parece una ínsula. La única ventaja de esa condición es que Sosa podía pasar horas leyendo y escribiendo, como náufrago permanente. No es extraño, entonces, que bajo esas condiciones confesara: “me he hecho a mí mismo”.
Sosa convertía en versos lo que escudriñaba de la naturaleza y de la sociedad, lo que miraba desde la ventana de su casa refugio. Por eso sus poemas hablan de pobres y banqueros, de niños y pájaros, generales y jueces, hijos y nietos, de amor y de violencia; también hablan sobre “la huida de la primavera, ayer mismo ahogada en un vaso de agua”, y, no podía faltar, escribir “sobre la viejísima melancolía, tejida y destejida largamente”.
Más que influido por poetas, que los hubo, como ese olor a Alberti que destilan sus versos, Sosa percibía la poesía con rigor naturalista: “La poesía es eso: es un resumen de una visión del mundo, es una concentración química de la realidad”. Pese a la impresión que pueda dejar su enfoque, si de algo está bañada la obra de Sosa es de ternura, solidaridad y esperanza. Únicamente así puede entenderse su poema De Niño a Hombre: “Es fácil dejar a un niño a merced de los pájaros/ Mirarle sin asombro los ojos de luces indefensas/ Dejarle dando voces entre una multitud/ No entender el idioma claro de su medialengua/ O decirle a alguien: es suyo para siempre/ Es fácil, facilísimo/ Lo difícil es darle dimensión de un hombre verdadero”.
Sin prisa por la posteridad, con un profundo respeto a la palabra, Sosa no dejó muchos libros de poesía. Destacan Caligramas (1959), Muros (1966), Mar interior (1967), Los pobres (1968) y Un mundo para todos dividido (1971), las que acompañó con una intensa labor editorial de antólogo, editor de revistas y otros textos.
La muerte le sorprendió con la noticia de que había sido galardonado con el Premio Rafael Alberti por el conjunto de su obra, y entusiasmado con un nuevo proyecto editorial que le encomendó la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, porque en este país el hombre honrado sigue teniendo necesidad de trabajar para sobrevivir, aún y cuando el andar pausado refleje ocho décadas de existencia.
Lo mejor, como epílogo a esta nota, es cederle la palabra al propio poeta: “Yo me siento fundamentalmente un hondureño. No podría sentirme de otro país. He nacido aquí, he vivido aquí y espero morirme aquí. Estoy plenamente identificado con la sociedad hondureña. Sin embargo, en el trabajo poético que hago, pretendo —y es una pretensión— que no sea localizado dentro del mundo hondureño sino sobre un techo universal. Básicamente lo que me importa es la universalización del texto poético”.
Sus restos quedarán sepultados en Tegucigalpa, ya en temporada de invierno, quizá a la espera de “la lluvia de peces” de su infancia en Yoro.

 

Roberto Sosa
Poeta hondureño, uno de los más prestigiosos en su país. Nació en Yoro, Honduras, el 18 de abril de 1930. Hizo estudios de Maestría en Artes en la Universidad de Cincinnati (Ohio), fue director de revistas literarias y galerías de arte, catedrático de literatura y escritor residente en el Upper Montclair College en Nueva Jersey; colaboró con los principales diarios y revistas de Honduras y demás países centroamericanos. Su obra poética ha sido favorablemente comentada en España, Cuba, Colombia y México.
En 1968 recibió el Premio Adonáis de Poesía (España), por su libro Los pobres (Editorial Rialp), convirtiéndose, de esta manera, en el primer latinoamericano en obtener ese galardón. En 1971 su libro Un mundo para todos dividido, se hizo acreedor al Premio Casa de las Américas, con un jurado integrado por notables autores, como Gonzalo Rojas y Eliseo Diego. En 1990 el gobierno de Francia le otorgó el grado de Caballero en la Orden de las Artes y las Letras.
Entre su obra poética y ensayística, se encuentran: Caligramas (1959), Muros (1966), Mar interior, Breve estudio sobre la poesía y su creación (1967), Los pobres (1968), Un mundo para todos dividido (1971), Prosa armada (1981), Secreto militar (1985), Hasta el sol de hoy (1987), Obra completa, Antología personal, Los pesares juntos (1990), Máscara suelta (1994), El llanto de las cosas (1995).
Falleció en la ciudad de Tegucigalpa el 23 de mayo de 2011, a los 81 años.