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La eterna amistad que me une con nuestro Jorge Eduardo Arellano, se inició en lo que para mí, fue como un encuentro de un solo mundo: JEA venía saliendo, recién egresado, del Colegio Centroamérica. Era un muchachón saludable por todos sus poros, musculoso, alegre (le encantaba el base-ball) y, claro, devoraba libros con apetitos extremos. En pocas palabras, no se le escapaba nada a un ojo que ya delataba al acucioso y juicioso --algo raro en nuestros trópicos desbordantes-- historiador.
Y era y sigue siendo, un muy notable poeta.
Los avatares, que generalmente son saludables, nos empujaron por diferentes caminos pero que, al final, terminan juntándose  en eso que siempre se pone de moda y que da en llamarse vasos comunicantes.
Nuestros encuentros en la vieja y recordada Cafetería “La India” son ahora, dejando pasar el tiempo, punto de referencia. Allí nos sentábamos Edwin Yllescas Salinas, Beltrán Morales, Iván Uriarte Baltodano, Julio Cabrales, Ciro Molina, rostros que recuerdo pero que olvido sus nombres, y una que otra chica de una generación que buscaba un escape, una salida hacia el encuentro de la originalidad, de la palabra exacta. La originalidad primigenia del verbo exacto.
¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué juergas! Y los amores.
Así se fue formando una generación estupenda. Odiábamos lo que el Emperador Romano, el Divino Augusto, cuando le dieron a leer un panegírico de un servil, dijo tajante:  “...pestilencias de palabras rebuscadas...”
¡Qué generación aquella! Y nadie mejor que Jorge Eduardo Arellano para ejemplarizar el enorme aporte a las letras nicaragüenses que de su parte son muchas, muchísimas, y todo de alto quilataje.
JEA se encuentra ahora celebrando uno más de sus años en su Nicaragua natal. Y yo quiero con estas letras testimoniarle el enorme cariño que le tengo y agradecerle, siempre, su estupendo aporte a nuestra cultura.
Gambetea bien el muchachón.
¡Muchas felicidades hermano!