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SÓLO VIVIMOS PARA LUCHAR

Con el vacío de todos nosotros
creamos a Dios.
Un espíritu fuerte,
sin temores,
que nunca pierde ante la vida.
Mi lucha por tener un trabajo, una casa,
hijos sanos, lo despierta,
abre sus ojos infinitos
para correspondernos,
acompañarnos,
nos levanta el rostro, vemos hacia el porvenir.
Y no nos deja ser vencidos ante los imponderables de la vida.
Allí donde a veces nos estancamos,
en la penumbra, en la soledad,
sin ánimos de intentarlo una vez más,
allí cuando nos ve
y escucha nuestro llamado triste.
Este espíritu se ha fortalecido por nuestra debilidad,
nos levanta y dice: no por quedarte allí varado
las cosas serán mejores.
Y caemos en la cuenta,
sólo vivimos para luchar,
y un día quizá ya no tendremos más derrotas.


MI TÍA DE CABELLO ROJO
TAMBIÉN SE HA IDO

Uno a uno se iban yendo y la ciudad quedaba vacía. Una parte de mi familia emigraba, y ella aún quedaba viva en mi memoria. La veía caminar con su rizado pelo rojo por la casa, por el parque, por la ciudad donde antes había paseado con ella. Uno a uno se iban yendo de la ciudad. Ya no podía visitarla en la casa donde aún la veía caminar ni otras casas, vacías, sin ellos. Pero sólo a ella la recordaba en las visitas diarias de cuatro de la tarde, quizá por su larga cabellera roja.