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De las tres novelas publicadas por compatriotas en este año -que he tenido en suerte leer- debo confesar que “El Oráculo de la Emperatriz” es la que más me ha gustado, pese a que su cuidado editorial lo considero pésimo. Y bien dije “publicadas”, porque también atesoro el honor de que ciertos colegas y amigos confíen en mi juicio y sugerencias dándome a leer sus textos inéditos, lo cual me permite enterarme de que la narrativa chapiolla va por muy buen camino.

Lo primero de “El Oráculo…” que me salta positivamente en la lectura es que la pienso como una novela valiente, porque toca los entresijos actuales del poder en Nicaragua. Y eso no es poca cosa pues noto que ya ha producido salpullido en el régimen murteguista por la forma bravucona con que el director de la Cinemateca ha tratado de provocar a Guillermo Cortés en Facebook (práctica que hace poco fue utilizada en los diarios por una muchacha milagrosa de apellido Urbina, contra Gioconda Belli, y ahora ha puesto a esta niña artillera en la “Corte” de Rosario Murillo).

No conozco personalmente al señor Cortés Domínguez, aunque reconozco que ha sido puntual en mantenerme informado sobre su quehacer periodístico desde “Medios y mensajes”, su página virtual. Cuando supe de esta novela motivo de mi reseña, intenté  obtenerla pero me fue difícil hasta que la buena voluntad del colega-tocayo y los buenos oficios del doctor Karlos Navarro se confabularon para que llegase a mis manos. Al empezarla a leer pensé en: otro periodista metido a narrador, un miembro del CNE con todos los medios para promoverse, el empresario de las artes gráficas que se auto publica a diestra y siniestra para tener igual número de hijos que de libros… en fin, me enredé en una serie de prejuicios que solo aminoraron con un par de correos-e anteriores en donde nuestro autor se mostraba flexible y amiguero.

Y sí, estaba equivocado: Guillermo Cortés escribe bien y con conocimiento sobre la materia novelada. Tanto, que me atrevo a decir que él inaugura la “novela de la dictadura nicaragüense”. Que no la del “dictador nicaragüense”, pues ese honor recae, a mi manera de ver, y de forma incoativa, en Julio Valle-Castillo y su “Réquiem en Castilla del Oro” (1996). ¿Por qué dictadura y no dictador? Porque en el caso de “El Oráculo…” este engendro del tercer mundo resulta dual, bicéfalo. Lo mismo habría pasado si alguien hubiera hecho la novela sobre los Somoza, o los Duvalier. Para ahorrarme algunas cuartillas al respecto, diré que Juan Rulfo nunca quiso entrarle al juego de hacer la novela del dictador de su terruño, ya que consideraba a “Pedro Páramo” el summum de esta figura siempre novelable desde “Facundo…” de Sarmiento y “Tirano Banderas” de Valle-Inclán. Asimismo, agrego que Vargas Llosa hizo suya esa máxima que reza así: “No hay deuda que no se pague, ni plazo que no se cumpla”, y en las postrimerías de su vida como escritor nos ha dado “La fiesta del Chivo”.

Desde el título de esta novela que nos ocupa sabemos que la “gobernanta” de Nicaragua resulta sui generis para el contexto de las naciones (algo que ni Eva Perón logró); que sin importar las estratagemas de la consorte del dictador para llegar a tener el mismo poder que éste, ella existe con toda su parafernalia esotérica, sus envidias y miserias literarias, y que su permanencia en la novela es vital en esa trinca que maneja el poder. Sin embargo, Cortés la trata con mucha dignidad (cualquier persona que no tiene el referente real especularía que hasta podría ser bonita); un tratamiento que si uno es lector ingenuo, poco avezado, pensaría connivente, cómplice de los poderosos. Pero he aquí lo mejor del recurso de nuestro autor en cuestión: la utilización de un narrador omnisciente que, entre otras virtudes, tiene la facultad de acercarse tanto a sus personajes (sobre todo los jerarcas, de manera personal o colectiva) que los interpreta en la intimidad. Y si a eso le agregamos que está dispuesto a exponerlos en su “mundo al revés” (o sea, la “distopía”), saque usted sus propias conclusiones cuando, por ejemplo, las turbas y sus líderes hacen sus interpretaciones particulares sobre el patriotismo y la defensa de la revolución.

Si en este mundo al revés, esperpéntico y absurdo, hay un poeta cristiano que se llama Lenín Cerna, entonces, ¿qué podemos esperar? Que todo esté trastocado, que los buenos bien puedan ser los malos -como lo piensa el presidente Persisterino Banderas-, y viceversa. “El Planeta de los simios” (1968) podría ser una película de culto para los del CASER y sus secuaces; y el libro “Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas” (1865), el ideal a alcanzar para una Emperatriz que anhela ser Reina de Corazones.

¿Por qué Persisterino Banderas no resulta  omnipotente? Porque no lo es, porque nunca lo ha sido, porque finalmente es ese niño que jamás pudo hacer el resumen del prólogo del Quijote, que tuvo una adolescencia anodina y que llegado a la etapa adulta supo que la conspiración y las fuerzas de choque eran sus armas más efectivas para lograr el poder. Y conspiración y fuerzas es lo que obtiene de Emperatriz y su brazo derecho Vortex, un personaje muy cercano al de “El señor presidente” (1946) de Asturias, Miguel Cara de Ángel, sólo que aquí apenas asoma (desde ya estoy hablando de una continuación de la saga).

Cualquier otro autor se hubiera empachado con los desvaríos y sinrazones de este triunvirato y sus lacayos vulgareándolos sin piedad y sin medida, pero Guillermo Cortés aplica toda su inteligencia en darles la palabra, en abrirlos en pampas para el lector, para que seamos nosotros quienes los juzguemos en sus desfiguros, paranoias y aprehensiones. Porque no hay nada más risible que la gente que no cree en la risa, y de ello hay innumerables ejemplos en las personas que detentan el poder y tienen una tradición anti democrática. ¿Qué logra con ellos? Una gran comedia (no hubo asesinados, sólo golpeados y presos) devenida en carnaval, en donde ese moderno Leviatán, el Estado murteguista, apenas logra un empate técnico con las fuerzas beligerantes constituidas por escritores y/o intelectuales apoyados por un pueblo que empieza a ver la oportunidad de rebelarse contra la nueva tiranía.

Cuando terminé el libro me puse a pensar si el final había también significado un empate técnico, una concesión del autor, ya que no termina por encender de manera generalizada la llama insurreccional latente en la memoria colectiva de un pueblo que ha visto postergadas las promesas de bienestar social, probidad y democracia; pero recapacité al recordar que, de alguna forma, la muerte de Sofía (esa especie de “rey Momo” que surge del carnaval, y oráculo contrahecho) representa una suerte de justicia poética en contra de Emperatriz, quien, debemos suponer, a partir de ello vuelve a ser tan inocua como intrascendente en los entretelones de la Presidencia. También debemos esperar que Vortex sufra, al paso del tiempo, lo que la vida real le está deparando al personaje de carne y hueso que ha sido su patrón, y que Miguel Cara de Ángel vivió en su novela: su caída de ese Olimpo autócrata.

En esta ficción, Guillermo ha sicoanalizado tanto al dictador, lo ha vuelto tan vulnerable, que poco podría sacar de él para una saga. Sin embargo, no olvidemos que queda el recurso de los sueños compartidos con el escritor Perfecto Maduro (poco explotado en el texto); que Emperatriz sigue buscando en el hospital de León –NEMAGÓN mediante- otro engendro como Sofía; la discusión sobre la literatura nica apenas sugerida por Enrico Izaguirre, y lo que Lucasio Frutos novele a partir de esa Nicaragua realmente existente. ¿Qué quiero decir con esto? Que, hasta ahora, solo hemos asistido a la primera parte de una gran novela sobre la dictadura, que la presencia de los escritores hasta este momento ha sido anecdótica, socarrona y todavía superficial, pero que tiene su fuerza primigenia en el tratamiento de los prólogos y el discurso de Izaguirre para sugerir que la novela de los escritores está en ciernes.

Pensando en la posibilidad de la internacionalización de esta novela, me propuse, en un comienzo, leerla sin apelar al antecedente real de los personajes, es decir, sin buscar su contraparte de la vida cotidiana. Y logré muchas veces sopesar su participación dándole buenas calificaciones a, por ejemplo entre los escritores, Tulio Anaye y  Perry Metrie.

Otros solo me sugirieron pertenecer a un club de amigos que acudieron solidariamente al llamado del novelista. La resultante, pues, es que desde mi visión cualquier extranjero que no conozca Nicaragua bien puede disfrutar “El Oráculo…”.

Tras ganar la Convocatoria del CNE-Gobierno de Noruega me ¿asignaron? una empresa editorial para publicar mi libro de cuentos, creí que me había tocado la peor. Ahora que veo lo que los empleados de EDITARTE hicieron con la novela de su jefe Guillermo Cortés, digo que siempre se puede superar lo mal hecho. No enumeraré los errores, sino hablaré del poco respeto y desconocimiento que tienen los colegas y editores en Nicaragua por esta noble labor. Esta actividad se llamó “artes gráficas” por algo que tiene que ver con el libro como pieza de arte. En el paisito muchos creen que al contratar a, por ejemplo, una tipa con maestría en Filología ya garantizaron la calidad y el cuidado de la edición; que emplear a un “genio” de la cibernética te da un texto bien levantado o formado.

Recuerdo que en México tengo una conocida llamada Frida, quien hace la corrección en Alfaguara de las novelas de SRM, y por lo que veo el doctor no se molesta con el acabado de su edición, todo lo contrario. ¿Sería mucho pedir que les pagaran bien y contrataran a gente (por lo general escritores) bien capacitada, aunque no tuviera puntos en la Meritocracia? Como sé que estoy arando en el mar, me comprometo a corregirle la última prueba (galeras o galeradas, según le llamen) a los amigos que así me lo pidan. Por supuesto, les cobraré, cuando llegue a Nicaragua (lo cual no hago de manera constante), con algunos tragos, comida y buena plática.