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Siempre que converso con Julio pienso que así como él debieron haber sido los hombres renacentistas, pues él, igual recita a Virgilio en latín clásico, lo traduce e interpreta, para después evocar los arrebatos místicos de la Santa del Carmelo o la aventura intelectual de Sor Juana Inés de la Cruz, al tiempo que, al caer en el atractivo del barroco, se yergue impetuoso y sostiene un lienzo con el rostro de un Cristo sangrante, pintado con el juego del claroscuro que nos legaran Velázquez y Zurbarán, plasmados también en sus retablos de la Pasión o Vía Sacra, en los que la técnica matérica imprime fuerza y realismo, provocando espasmos espirituales en quien sabe ver con los ojos del alma.

Otro día amanece recordando a Garcilaso de la Vega o don Luis de Góngora y Argote, versos que tiene claros en su privilegiada memoria: “Era de mayo la estación florida/ cuando el mentido robador de Europa/media luna las armas en su frente/ y el sol todos los rayos en su pelo/ en campos de zafiros, pace estrellas”. Prosigue con las apasionantes discusiones sobre los poetas del 98 y del 27: Lorca, Alberti, Miguel Hernández, y termina cantando “el niño yuntero” con la misma pasión que pinta y recrea su serie de “Verónicas”. No he conocido hombre más enamorado de la literatura, porque no sólo la conoce, sino que la  vive y la ama.

Ese hombre renacentista que dibuja con trazos de Da Vinci, también recopila en muralísticos tomos antológicos, anotados con rigor académico, con escuela y herencia del ilustre poeta y maestro Ernesto Mejía Sánchez, que pinta con pincel y pluma, lienzos en los que construye, deconstruye y reconstruye la teogonía ancestral y delinea los rostros de Tamagastad y Cipaltonal, origen de la progenie indígena. Pinta a la señora del volcán, de quien el pajaritero dice: “Nunca nadie vio su rostro… ni se supo su edad”. Va en busca de un mundo híbrido, con culturas desencontradas, encontradas y vueltas a desencontrar.

Es un niño chorotega y español, con sombrero de palma, a falta de gorra de grana, que camina en la búsqueda de la construcción o rescate del mestizaje barroco, de ese hibridismo náhuatl y español, que baila acompañado de chirimías, la danza del Toro-Venado. Este mismo recrea con el lenguaje de Castilla, versos de la mejor poesía náhuatl, para dejar oír la voz de los “otros”, de los vencidos, la voz de los sin voz, el Canto Pipil: Can calagui tunal, notecu, notecu,/ nexcua nexcua noyolu/ Miqui anemia tunal tunal tit… que es el “Canto de los Nicaraguas”. Al tiempo que se finge escribano real para escribir una de las mejores novelas históricas de la posmodernidad, con un estilo impecable, logrando de manera sorprendente la ficcionalización de la historia.

Julio Alejandro Lorenzo Valle Castillo, trasmutado en escribano, cuenta la historia de la conquista, en la colosal novela Réquiem en Castilla del Oro, con un manejo estilístico magistral que permite al lector retroceder en el tiempo y ver a Pedrarias vestido de mercedario, metido en el ataúd, rodeado de velas, o a Cristo sublimado, como lo ve y pinta en sus óleos: “El crucifijo parecía suspenderse sobre los seis cirios, el sagrario, el cáliz, las hijuelas de seda y el ara oculta bajo el mantel que extendía su blancor” (Valle-Castillo). Por medio de su pluma se escuchan los cantos gregorianos y se palpa el miedo. Oímos el Réquiem cantado por Álvarez de Osorio, por ese muerto que nunca se muere, el dictador “que nunca se nos va”.

Es pues, este hombre renacentista, orador, ensayista, poeta, novelista, pintor y crítico de arte, uno de los talentos más sorprendentes de este país, que él se empeña en salvar. Como hizo, con su nobleza de fijosdalgo, acompañando a Carlos Martínez Rivas, el insurrecto solitario, en sus crisis de salud, alimentándolo, cuidándolo con filial cariño; publicando sus dibujos “En la esquina de la línea” (NAC), pequeños regocijos para su alma atormentada, hasta llevarlo al hospital para que muriera en cama digna.

Las armas iniciales (1977), Formas migratorias (1979), Materia jubilosa (1986). En Con sus pasos cantados (1998) reúne poemas desde 1968 hasta 1998, cuatro poemarios  y dos inéditos: El niño Amor, Contrario a sí mismo y El libro de los músicos y de los otros. Como antólogo ha preparado la  Antología del cuento nicaragüense, Antología de poesía nicaragüense (2005). Sus dos libros más recientes son: El lienzo del pajaritero, (2003) y Memento de vivos y difuntos (2008), partes de una obra aún no concluida, unida al rescate de las obras de Salomón de la Selva, que reúne en tres estupendos tomos; Luis Alberto Cabrales, con prólogos que constituyen estudios pioneros de nuestra literatura.

Mencionado de manera especial en la Historia  de la Literatura Universal (Riquer y Valverde: 1986) de él dijo el español-mexicano Ramón Xirau, en 1975, que era uno de los jóvenes latinoamericanos que se definía como un poeta abierto y experimental. Julio Valle no se limita a una corriente poética, porque su poesía tanto es exteriorista como interiorista, como impresionista, realista y surrealista. Así lo señala Francisco Arellano aludiendo al poemario Memento de vivos y difuntos 1973-2007: “Poesía madura, que no deja de ser joven. Subjetividad que sustenta a la imaginación, que recurre al sueño y que se expone a las ráfagas del surrealismo. Su coloquialismo… sus anécdotas lo inscriben en la tradición del exteriorismo nicaragüense, de origen norteamericano...”

Director del área de Literatura (1979-1988) en trabajo estrecho y fraterno con Ernesto Cardenal, a quien guarda filiales afectos, asesor cultural, promotor, Ministro Director de Cultura (2005-2007). Hacedor de cultura. Julio Alejandro Lorenzo Valle-Castillo, hijo de doña Hermida Castillo, hijo dilecto de Masaya y León, miembro de número de la Academia Nicaragüense de la Lengua Española, es una de las figuras con mayores y valiosos aportes al arte y la literatura latinoamericana. Es a él a quien hoy rendimos homenaje para decirle que siga transitando los senderos míticos del arte y la literatura y siga deleitándonos con sus versos, relatos cosmogónicos y su pasión por las artes.