•  |
  •  |

Siempre he sostenido que la obra de Juan Carlos Vílchez (Estelí, Nicaragua, 1952) es una de las que mejor sintetiza el empeño de nuestra nueva poesía por pisar con destreza las zonas limítrofes del conocimiento, la imaginación, la intuición, la sonoridad literal y el lenguaje.

Oscuridad y claridad, aceptación y transgresión, certidumbre e incertidumbre. La estrategia poética de Vílchez propone cierta densidad, implica una visible intención de literarizar y textualizar; propone una particular formulación de lo oscuro aun a través de la lógica sintáctica y la claridad de las frases.

Desde los primeros poemas suyos que leí hace más de una década, me pareció evidente una articulación meticulosa y profusa de enunciados oscuros, es decir: que en apariencia escapan al entendimiento racional. Vílchez juega con las diversas facetas del signo, de la retórica común, de la forma tradicional de lectura.

Aunque en su ejercicio escritural no llega a alterar la estructura lingüística y más bien se empeña en redondear bien cada pieza poética, Vílchez recurre con frecuencia a la fantasía para formular alusiones comúnmente informulables, para concretar verbalmente lo impensable, o para hacer armonizar lo incompatible, lo inconexo; para estructurar con palabras lo inexplicable, lo indiscernible.

Su poesía explota con mucha originalidad las posibilidades lúdicas del proceso creador, sin llegar a desacralizarlo totalmente. Vílchez usa el lenguaje como material de base para moldear su imaginación, y viceversa, aunque alrededor de este proceso de interacción flota constantemente una noción conceptual o interpretativa determinada, que busca en el lenguaje y en la improvisación el molde adecuado para enunciar su uni-valencia, que paradójicamente es producto de un proceso de mezcla o mixtura de nociones, conceptos y enunciados.
Algunas veces he pensado que, entre los poetas de las más recientes generaciones, quizás sea Vílchez uno de los que con mayor certeza haya intuido o vislumbrado el nuevo corte ético-histórico que empezó a experimentar la poesía nicaragüense en las últimas décadas del siglo veinte.

Personalmente tiendo a inscribir su obra dentro de un grupo minoritario de autores nicaragüenses que durante el siglo veinte y lo que va del veintiuno han desarrollado una especie de contracorriente poética, diferenciada de una tendencia más o menos general en Nicaragua a escribir una poesía más concreta, narrativa o anecdótica.

Desde su primer libro, titulado “Viaje y círculo” (1992), sus poemas revelan una raíz más oscura que la probablemente observable en otros autores nicaragüenses, sin que por eso dejemos de observar que han sido manufacturados con cierta sencillez, cuyo logro, en literatura –y aunque no lo parezca-, por lo general es muy arduo.

Vílchez acaba de publicar “Vicisitudes de un paisaje”, su sexto libro de poesía, que fue presentado el pasado martes en el Instituto Nicaragüense de Cultura  Hispánica, con una lectura que fue acompañada musicalmente por la talentosa ejecución de vientos del maestro Abner Alampana.

Aprovechamos para preguntarle a Vílchez si le parece válido o no considerarlo un “poeta oscuro”. Y escuetamente respondió que, para todo aquel escritor que se aparta de las tendencias propias de una época, “ésa es sólo una percepción, un adjetivo”.

-¿Entonces, cómo te inscribirías o calificarías vos mismo en el panorama general de nuestra poesía?

“Aún no me inscribo y no estoy calificado para calificar nada. Los escritores, al igual que cualquier otro oficio, somos producto de una genética, una cultura, una sociedad, un nivel de desarrollo, tanto general como personal”.

-La noción obsesiva de circularidad es claramente visible en absolutamente toda tu obra ¿Concebís el poema como una representación esencial del universo?
“Más bien como la expresión del movimiento incesante e irrepetible del universo que está hecho de nuestra misma naturaleza y sujeto a las mismas leyes...”

Le he confesado a Vílchez que, de la lectura de “Bestias de papel” (1995), su segundo poemario, he llegado a inferir una continuidad de esas obsesiones, pero también algo que particularmente asociado con el título del libro me ha remite a una especie de pasión filofléxica, algo parecido al origami o la papiroflexia pero practicado al lenguaje poético, a la palabra o al verso... Hablo de divertirse con sus pliegues y despliegues –le dije-, jugar con su flexibilidad...

“Sí, por supuesto –me respondió-. Un gozo recóndito y abigarrado por los vericuetos del lenguaje”.

-Decía el poeta Álvaro Urtecho que a pesar de esa visión circular, comparativa del universo, tu poesía está expresada con un lenguaje transparente, sin retóricas excesivamente metafóricas, sin voluntad de oscurecimiento o irracionalidad... ¿Qué opinás vos?

“Mi poesía no tiene ningún propósito. Ni oscurecer, ni aclarar. En ella no hay voluntad sino expresión y asombro”.

Del tercer poemario de Vílchez, “Versiones del Fénix” (1998), alguien dijo que una de sus metáforas consiste en que, ante la insistencia de la historia y la inminente desaparición de la geografía, su obra poética propone el resurgimiento del amor desde la carroña.

Sin embargo, a mí me parece más bien la metáfora de un destino humano elementalmente metafísico: si “el lugar de la condena ya está dentro de nosotros”, como dice él mismo en un poema, entonces también lo está el punto de resurrección. Pero Vílchez, siempre escueto, puntualiza:
“Condena y resurrección; siempre tránsito, siempre movimiento de la partícula y totalidad que a la vez somos...”

Me parece también que sus siguientes poemarios, “Zona de perturbaciones” (2002) y “En un lugar llamado donde” (2005), continúan esa indagación de lo micro y de lo macro: átomo y universo, arena y galaxia; cuerpo y pasiones conectados al cosmos. Pero me surge otra pregunta: ¿hay también, en toda su obra poética, una indagación velada, consciente o inconsciente, de la materia social?, ¿lo reconoce el mismo poeta?

“Claro que si –responde Vílchez-, pero no es voluntaria, sino que surge como conflicto, producto de la esencia  específica de nuestra naturaleza humana...”

Y su respuesta nos conduce a interrogarnos sobre las formas de su nuevo libro, “Vicisitudes de un paisaje” (2011), que parece recrear un recorrido aéreo, altazoriano, sobre el vasto paisaje universal, pero no desde una perspectiva de descenso, sino de planeación; desde la que también puede entreverse y frecuentemente contemplarse, con cierto detenimiento, el paisaje más procaz del hombre sobre la tierra...

-¿Es este libro, como dice Manuel Martínez, la noción del paisaje humano como un desasosiego permanente?

“Es una interiorización y síntesis de los paisajes humanos que siempre vimos del aire o de lejos, pero que ahora (con el transcurrir de la vida) ya han tomado posesión de nosotros. Y esa posesión toma diversos rostros”.

-¿Dirías que las raíces y revelaciones oscuras de tu poesía son, de cierta manera, una expresión de tu época? ¿O es la visión particular de un intelectual acerca de esa época?

“Obviamente, toda época es consustancial al proceso creativo. Todo poeta es un intermediario involuntario, un médium que dispone de las capacidades que tiene en el presente, no sólo para extraerle su esencia, sino también para hacer al pasado más transparente y al futuro más inteligible”.