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Silvia alcanzó el fruto. Sin ninguna prohibición, lo tomó, lo acarició, lo llevó a los labios y… pensó que aquello no era muy real. Las hijas de Eva solían ir al campo, al jardín, al monte dicen en Nicaragua, y miraban con pasión el fruto. A ellas les decían que era el famoso fruto prohibido. Silvia no entendía lo de lo prohibido.  No sentía ninguna emoción con el árbol ni mucho menos con aquel hijo del trópico seco.

Después de meditar, recordar las amonestaciones, las citas de la Biblia, los sermones, las liturgias, pensó que había un tono de exceso. De todas maneras, el pecado ya estaba en el mundo. Qué más da. Razonaba que pegar un delicioso mordisco podría ser lo más natural de lo humanidad. Pero ella no sentía ningún apetito. Es más, algo andaba mal: no caía, técnicamente  en lo que  se llama una tentación. Una de esas tentaciones que pueden cambiar la ruta de un país, el rumbo de una época, la vida de las magnolias y las tragedias griegas de los barrios paupérrimos.

Si hay un pecado original, debe haber fotocopias. Cada quien debe poseer la suya propia. En el caso de las mujeres, el pecado iba sucediéndose de generación en generación, hasta llegar al momento supremo de haberse topado con el árbol del cual las Escrituras hablan, no comerás. Silvia dejó el fruto y se dedicó a examinar todo aquel frondoso  ejemplar, su fuste enorme, sus ramas extendidas con primor, casi hechas para provocar al indiferente alisio de octubre  quedarse otra  temporada.

Sí, buscó, revisó y no se encontró con la serpiente. En Centroamérica, las serpientes son emplumadas. Incluso, en Nicaragua, aunque los mayas solo hayan llegado en son de mercado hasta  los linderos de Estelí, sin ánimos de extender su otrora culto a Ku Kul Kan. Tal vez los nahuas se encargaron de pintar, decorar, esculpir estos ofidios de leyenda en las laderas de los volcanes extinguidos y en las lagunas cratéricas. Descendientes de aquellos rastreros se enrollaban en cargos importantes. En el caso del árbol de Silvia, hasta donde había comprobado, nada de sierpes.  

Aburrida, Silvia abandonó el jardín. Dejó el fruto, se olvidó del palo, que también así se le llama en Nicaragua al árbol, y decidió el regresó a la ciudad. Roberto la divisó. Iba con dirección al parque, la siguió y al desear acercársele, sintió un pausado céfiro, como si revolotearan las hojas y las ramas a su alrededor. Silvia parecía desde hace mucho una joven sin ciudad y sin tarde para nadie. Roberto quería tenerla al alcance de un hola rompe olas, un intento de saludo rompe viento, una palabra para remover los silencios que no permiten a los machos cerveceros dejar recuerdos,  ni mucho menos descendencias oficiales entre sus colecciones vivientes. Faltaba ella.

Silvia advirtió que se le hacía tarde. El sol vestía a las nubes de un octubre húmedo que se  quedaba pegado al campanario hasta que el sacristán se le ocurría ponerle un enero  para quitárselo de encima. Oyó el sonido de las hojas  caídas en el parque. Como si la siguieran, como si desde el viento a ras le trataran de decir algo. Volteó a ver. Detrás de un laurel de la India,  ¡Roberto! ¿Y de dónde apareciste? Un “hola” tímido, se soltó de la bífida lengua.