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Era el más joven y el más guapo del grupo.

Llegamos a Tokio para seis meses de aburridas conferencias sobre desarrollo tecnológico. Los orientales se desmayaban en atenciones. Un mes antes de volver a nuestros países, fuimos separados para convivir tres semanas con familias japonesas y conocer sus costumbres.

Viajamos seis horas.

Uno a uno se quedaba en cada pueblo. Mi destino era Shimane, una ciudad que según decían, era agradable y de gente muy afable.

Y ahí estaban, una mujer y su hija esperándome en la estación. Eran tan pobres que no tenían vehículo y tan descorteses que me obligaron a cargar las dos maletas. La mamá, una mujer de unos cincuenta años, se llamaba Toshie.

La hija se llamaba Miho.

La muchacha parecía enferma de tan delgaducha y senos como si fueran dos limones. Tenía labios de cuchara y, al reí, su boca mostraba la estropeada dentadura característica de los japoneses. Sin embargo, había algo en ella que me provocaba una sensación de furiosa conquista.

El camino a su casa se hizo una eternidad bajo el ardiente sol y como Cristo, hice varias estaciones para descansar. La joven me miraba y me dedicaba sonrisas coquetas y traviesas.

Toshie con su limitado inglés y para colmo mal pronunciado, me explicaba algo de un lago artificial, sin comprender que yo estaba agotado de arrastrar las benditas maletas por toda la ciudad.

Nos detuvimos frente a una vivienda de tres pisos con fachada de templo sintoísta. Metí el equipaje y fuimos a mi cuarto.

Descansé un rato. Miho trajo un termo y dos tazas. Sirvió té y platicó. En resumen: Veinte apetitosos años, estudiante de biología, muchas amigas y le gustaba ver televisión.

Vestía una falda muy corta dejando ver sus piernas delgadas como de pollo. Bajo su blusa celeste se resaltaban sus tiernos pezones y las aureolas en crecimiento. Además, con sus calcetines blancos, personificaba a una deliciosa colegiala de película porno.

Prendió la televisión, extendió la colchoneta y se recostó. Yo estaba sentado en el piso arrimado a la pared y comenzamos a ver ¡Dibujos animados! El colmo, viajar tantas horas desde Tokio para ver a un niño retrasado mental llamado Nobita.

Pasé una hora bien la pantalla junto a la jovencita que estaba comodísima en mi colchoneta. Como sus faldas eran cortas, en descuidos de ella, a diario podría ver asomándose, sus calzoncitos floreados en los que guardaba ese tesoro que pronto sería mío.

Haciéndome el desentendido, al tercer día me arrimé para el primer ataque, pero Toshie abrió la puerta y me invitó a pasar a la sala para la cena. Ahí estaban Hideo, el padre, y Hidemi, el hijo. Eran tan exactos como gemelos. Parecía que el padre lo había fecundado y parido. Los dos de cara cuadrada, anteojos horrendos y cuadrados, ojos rasgados y con la expresión de interés fingido. Había algo raro en Hidemi quien me miraba con recelo.

Comimos pescado crudo, ramen y tempura. Era un banquete, pero no se hubieran molestado. Con un hot dog y un refresco, hubiera bastado.

Se nos hizo tarde, ellos, buscando cada palabra en el diccionario y yo, tratando de hacerme entender. Al rato, fingiendo un bostezo, les dije Oyasuminasai y me refugié en mi cuarto.

Al correr la cortina del baño, recordé la tina y me sumergí una hora en el agua tibia y reconfortante. Suerte que me había puesto mi albornoz, porque al salir encontré a Miho sentada en la cama improvisada. Estaba viendo la tele.

Tenía sus deliciosas piernas cruzadas y bebía té. Parecía una geisha adolescente. Platicamos y más tarde, como presumía que los padres y el hermano estaban dormidos, me atreví a darle un beso en la mejilla. Miho se alocó y se fue.

A la mañana siguiente, descubrí lo trastornado que son los japoneses. ¡Tenían vehículo! Y yo cargando las estúpidas maletas por la ciudad. Me dieron ganas de patearles el trasero.

Pasé las mañanas con Miho que estaba de vacaciones viendo al mentado Nobita y por las tardes, la familia me invitaba a caminar por la ciudad. En resumen, en una semana me conocí el cochino pueblo.

Miho siempre andaba detrás de mí. Era tan pegajosa, que un día se metió al inodoro cuando yo le sacaba veneno a mi culebra. Escondí la anaconda, pero Miho evidenciaba una curiosidad como la de los niños por saber cómo funcionan los juguetes. Éste era de chupar, meter y sacar.

La tomé en mis brazos y al ver los senos juveniles que se asomaban de su blusa, me invadió un incendio que no pude contener. En acto suicida, como kamikaze enamorado, la besé.

Al principio, Miho no abrió la boca, pero tras insistir, la hendidura cedió y dejó entrar mi lengua que tocó su órgano inerte como si fuera carne de pescado muerto.

Su cuerpo se estremeció y retrocedió.

La tomé de la cintura. Resignada, se dejó escarbar, arriba, abajo, adentro, adentro en su boca pequeña y dentadura deforme dejándose dominar como si estuviera desmayada.

Despacio metí mi mano en su blusa. Entregó sus senos y sentí la tibieza y la santidad de sus chatos pezones. Me incliné para lamer sus coronas tímidas y chupé como recién nacido, pero ella se separó, se acomodó la blusa y escapó tropezando con todo, como si fuera un salmón saltando contra corriente.

Temí lo peor.

Ella le diría a Hidemi y enloquecido, el hermano me partiría en dos con una de esas espadas de samurai. Toshie me echaría té verde hirviendo y Hideo con un cuchillo me haría sushi.

Pasó el día, la noche y por la mañana apareció la nena otra vez con el termo y las dos tazas.

Respiré aliviado.

El sábado los padres anunciaron que iríamos al mar. Les dije que me quedaría a dormir. Al final, Hideo, Hidemi y la señora Toshie se fueron y creí que también Miho se había ido con ellos, pero como a las once de la mañana la escuché dando pasos fuertes en el segundo piso.

Apareció con una falda más corta, blusa breve y calcetines blancos. Vino hacia mí, sus manos tomaron mi cabeza y la guiaron a su pecho ordenándome:

—Sentí.

Tenía impregnado un perfume dulzón, pero no me concentraba en eso, sino en sus senos virginales.

Retrocedí. Su cara exigía que la besara.

La tomé de la cintura y la atraje dándole un largo beso que me excitó.

Miho sintió que abajo, algo crecía. Sus manos descendieron y apretaron el cierre de mi pantalón como si pesara una bolsa de papas.

La pitón ya estaba en guardia.

Le había abierto la blusa y sorbía el manjar de sus senos cuando escuché el abrir de la cerradura de la puerta principal. ¡Maldita sea!

Los padres regresaron porque el mar estaba demasiado picado.

En los siguientes días, me ocupé en otras excursiones y comidas y, de pronto, era hora de despedirse. Resignado, alistaba mis maletas.

Miho entró y sin juegos desabrochó mi camisa. Extendió su brazo y con su dedo índice, desde mi pecho hasta mi ombligo.

Me besó a la altura de mi corazón y exclamó viéndome:

—¡Qué hermoso sos!

Estalló en llantos y escapó.

Yo cerré las maletas. Me vestí y salí. En la calle estaban Toshie, Hideo y Hidemi.

La madre gritó:

—¡Miho, vení despedí al joven!

La chica no contestó.

Entramos y la escuchamos sollozar dentro del tocador.

La madre extrañada, me miró.

—Es que es muy sentimental —se disculpó.

—Lo sé —le dije —lo sé.

* Este relato ganó en abril del 2011 en España, el VI Concurso de Relato Sexto Continente, de Humor al que concurrieron 136 cuentos de 24 países. El kamikaze enamorado de Arquímedes González, apareció en junio en la Antología española titulada El hombre que se ríe de todo (es que todo lo desprecia) publicada por la editorial Ediciones Irreverentes.