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40 minutos y 39 segundos (que a veces bajaba a los 32). Eso duraba el camino que recorrí durante algunos años a la universidad desde mi casa. Puede que no parezca mucho, pero póngale calor, arriba, en el cielo, y abajo en el polvo, calor en todas partes, 40 grados de calor en todo el cuerpo. Póngale otros días de frío y lluvia, y libros en la mochila, pesados como las ganas de no ir a clase con todos los elementos en contra. Y quizá no lo hubiera conseguido si no hubiera sido por las palabras de un viejo amigo poeta y la voz de Norma Helena. Porque además de los libros, también cargaba en la cintura uno de aquellos walkman que hacían “clack”, rotundamente, sin discusión, como acaban las buenas canciones y los buenos poemas.  

No sé todavía porqué, pero me gustaba ir andando al son de la Virgen Pájara María en una cinta de casete de esas del Huembes que alguien había grabado con la misma canción de la Pájara que se repetía una y otra vez, pero concediendo la tregua al final de una voz que recitaba el poema original. No sé de quién era esa voz. Lo extraño fue que por más que se repitiera la canción no me cansaba, era un verso hecho para el camino ligero, para volar, tenía el rimo de los pies y de las alas.

Conocí a Josecito Cuadra a través de una carta que le envió a Luis Rocha al NAC, en la que me retaba a presentarme porque él apostaba que yo no existía y que mi nombre o apellidos eran falsos. Incluso jugaba a adivinar qué otro escritor se ocultaba tras el supuesto seudónimo.

Yo me presenté en su casa con nombre y todo. Desde entonces, junto al escritor, investigador literario y teólogo, José Argüello (quien tomó esta foto), lo hemos visitado durante varios años en su casa, en una de las direcciones más conocidas de toda Nicaragua, que aparece en gran parte de sus poemas como retando a sus lectores a comprobar que la poesía no es algo solo que se escribe, como el amor que no es algo solo que se escribe.

Hace poco, su nieto Xavier, confesaba que él a veces lo ha considerado una especie de santo. Y yo creo que es posiblemente uno de los pocos santos que la vida me ha dado la suerte de conocer. De qué otro modo, si no lo fuera, un hombre de más de noventa años, sentado en su casa viejita y poco iluminada de la Colonia Centroamérica, era capaz de subir el ánimo a cualquiera, incluso a alguien como yo con más de cuarenta años menos, en un duelo de humor y bromas, a pesar de que él mismo seguía un tratamiento contra la depresión senil. De qué otro modo, alguien podría convertir a María en una pájara o un cuervo, hacerla entrar en los prostíbulos donde estamos nosotros leyendo ese vuelo.

De qué otro modo, un hombre con más de noventa años podría recordar versos enteros de Teresa de Jesús, cuyas primeras sílabas se las cantaba José Argüello y él luchaba contra el olvido en un esfuerzo emocionado, como se leían antes los versos, con los ojos cerrados, y diciéndolos desde adentro.

Creo que sí, que era un poeta y un santo, un canto al amor y al humor. Al humor contra toda la soledad, la sordera, la poca luz, la tristeza. No admitía que una plática terminase siendo demasiado grave, ni siquiera las pláticas más graves.

Ese hombre anciano, flaco como los galgos del Quijote, ese hombre sentado, con el “Nuevo Diablo” pegadito a la nariz, tan lleno de amor y risas resistió muchas veces a la muerte. Verlo junto a doña Julia, en dos soledades frente al televisor en voz alta al que apenas prestaban atención era como leer un libro. Un santo que bromeaba con su muerte y con su vida, con la sabiduría de que uno se siente más unido a aquel con el que ha reído más, y no solo a aquel con el que ha compartido lágrimas. Uno a veces cree que la risa no es una cosa seria. Pero en un hombre de noventa y muchos años, que resiste a la tristeza con la risa, es algo tan serio como la batalla de un héroe, o la de uno de aquellos primeros cristianos que bromeaban en la arena de los circos de Roma.

La casa de Josecito olía a la humedad de los libros viejos, de esos libros imprescindibles que, como recordaba Monterroso, suelen encontrarse en las bibliotecas de los pueblos pobres, y por ser imprescindibles son los mejores libros del mundo.

Josecito tenía la cultura obrera perdida de esos hombres de otro siglo que se educaron en Nicaragua con los clásicos, hombre que no tenían dinero  y que escribía cuidando la letra, estilizada, como la de los copistas.

Hombres y mujeres que tenían un respeto por la palabra que también se ha perdido.

Otro poeta que nos dejó hace un año, Francisco Ruiz Udiel, decía que las palabras volverían a ser hombres. Yo también lo espero, de verdad. Porque ahora vi morirse a otro hombre que era palabra de piel y de risas, y era mi más viejo amigo. Y jode que te dejen así estos santos de la risa y del amor, porque sin ellos el mundo se vuelve más viejo, porque ahora hay que ir a buscar y rebuscar adonde estén, hombres de manos nervudas que escriben cada palabra como si fuera la última. Sí que jode, que estos hombres de palabras, tan poquitos ellos, tan frágiles y con las sonrisas más bellas del mundo, te vayan dejando. Qué solo se queda todo.

     Mientras,  hoy, aquí, en Managua, Nicaragua, sigo leyendo el Cántico a la Virgen Pájara María, sigo escuchando la voz con la que Norma Helena cantó sobre su féretro, y mis pies se mueven solos otra vez, para volver a empezar por aquel camino de los 40 minutos y los 39 segundos. Póngale frío, póngale calor, póngale soledad y la pesadez de los libros y las dudas. Pero póngale también la risa y la verdad de las palabras que te erizan la piel. Uno a veces puede elegir  a quien llevar al lado como compañero de caminos. Creo que en eso tuve muchísima suerte.

Himno de Doña Julia
para Don José

¿Por qué hube de ser yo la escogida,
entre todas, del esposo mejor? ¿Por qué la sola exenta del resquemor de los celos?
La bujía prendida
en espera del tardado tardor
que tarda. Conturbada. Dividida
la mente entre el amor y el desamor;
lo que ha sido, será y es vuestra vida,
pobres  casadas. ¡Pero no la mía!
No conocí la torpe excusa tras la espera,
con el rouge extraño en el cuello. Mía
para mí su risa de hombre triste y profundo.
Mi don José —como dijo Rubén Darío que era
Charles  de Soussens: el hombre más bueno del mundo.

Carlos Martínez Rivas
Domingo de Gloria 26 de marzo de 1989.

sanchomas@gmail.com