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-“Ya es la hora de apagar, Doña Julia.
-Si. Ya es la hora de apagar ciertamente, Don José.
-Ya se oye el canto de los grillos en la noche, Doña Julia.
-Que se apaguen los grillos y se encienda mi sueño, Don José”.

(La Hora)

 

Probé de la comida cariñosa y suculenta de doña Julita (Julia Robleto Pérez, 20/6/1914 - 23/9/201) cuando con su nieto, Manolo Aguilar Cuadra, llegábamos a estudiar en su casa de la Colonia Centroamérica durante nuestra primaria en el Centro Escolar Salvador Mendieta, o cuando con su otro nieto Danilo, compartimos el compromiso en la lucha contra la dictadura somocista. Ella, una mujer sencilla, vecina, ama de casa, esposa, madre y abuela dedicada, fue la acompañante, mujer piadosa, devota y esposa amante, de quien, como él mismo reconoce, era “muy travieso e inquieto”, el poeta Josecito Cuadra (José Cuadra Vega, Granada, 1914).

La recuerdo con especial consideración y cariño ahora que ha partido irremediablemente, en esta ruta por la vida, que el poeta describe:

“Por este mismo camino desconocido
por do venimos, cuando llegamos
desde la Vida, desde la Vida
hacia la muerte, hacia esta muerte,
por ese mismo camino
desconocido...”

Ahora, su muy amado, está solito e íngrimo, acostado, llora en el silencio de su lucidez, sufre el muy sensitivo hombre en la fragilidad de su cuerpo gastado y de su soledad temporal, resignado espera, dolido sin poder levantarse ni moverse con libertad como hasta hace unos años lo hacía, tal y como lo expresó cuando tuvo la gentileza de escribir en una libreta de apuntes que tiene encima de su mesita de noche al lado izquierdo -su cotidiano lugar en la cama-, después de leer mi libro de poemas “Huellas del otoño”: “Estoy escribiendo estas líneas aquí, en mi cama de enfermo (enfermo de muy delicada enfermedad)…”

Una de las últimas veces que estuve con ellos en su modesta casa de siempre, fue el 3 de agosto. Ella, aunque a veces confundía sus recuerdos, se mostraba sana, tranquila, a veces sonriente, mucho más sana que el poeta, se movía por su cuenta, se bañaba y sentaba en la mecedora, veía televisión. Él, acostadito en su cama, rara vez se levantaba, lee todavía sin usar anteojos cada mañana los periódicos y a veces escribe en unas líneas precisas sus ocurrencias. Ellos hacían sus largas siestas juntos, comían y se acompañaban en un diálogo intermitente e intenso, en donde las señas, los silencios y las medias palabras son capaces de decirlo todo cuando han pasado setenta y nueve años juntos, desde aquella vez que Chepito, tan romántico, imaginativo y travieso, se atrevió a darle un beso discreto, escondido y sensual.

Aquella tarde que conversábamos, le tomé una foto a Josecito en su cama, y le  mostré a doña Julita el rostro del poeta, con esa picardía que esconde aún en medio de sus restricciones; ella, al verlo y distinguirlo detrás de la sonrisa que apenas esboza, sonrió. 

Capturé el momento en una fotografía y su rostro se lo mostré al poeta. Él, enfocó sus ojos sobre la imagen para precisar los detalles, pidió que me acercara y dijo, como para que nadie más escuchara: “¡qué bien está la Julita! Decile que ya no me divorcio”.  

Es una bendición haber vivido tanto; más que angustiarse, hay que agradecer. Vivió casi un siglo, le faltaron menos de tres años para completarlo; estuvo sana prácticamente siempre, hasta el mismo día en el que tuvo que partir. Él, sin embargo, doliente y triste, enamorado de su viejita, sin decir palabras que se las lleva el viendo, con las manos rozándose el pecho, con una expresión que parece haber renunciado al humor; lamentablemente, no pudo asistir a la vela ni al entierro para dar su último adiós a quien seguramente con prontitud le espera en el lugar que no sabemos y apenas sospechamos.

Después de tanto tiempo incontable juntos, es posible que la muerte, esa anfitriona implacable, necesaria y certera, los separe y a la vez permita reencontrarlos irremediablemente después:      “-Y hasta en el cielo entonces, Doña Julia. / -Y hasta en el cielo entonces, Don José. / Amén”.

“Doña Julia está muerta, me parece. /No. Sólo parece, nada más, que ella está de cierto muerta./ Voy a tocar entonces a Doña Julia sólo /para ver si es verdad /que está muerta Doña Julia. /No. Tibio y dulce esta su cuerpo tibio y por /sus arterias elásticas aun corre /su sangre todavía /como un río /de jugo dulce de naranjas tibias”.

Managua, 24/9/2011
www.franciscobautista.com