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3 Traducción aproximada de una de tantas páginas inmortales:    

“El Burití Grande –igual, sin rostro, pudiendo ser de piedra. Dominaba el prado, el pasto, el breñal, la maleza negra a la orilla del río, y sobresalía,  cercado, todo el buritizal. Había clavado raíces en un espacio más rico del suelo, o acaso había heredado desde siglos un guardado fervor, algún error de impulso; o bien él quedaba, remanente de otra raza, de otra generación de palmeras, derruida y deshecha en el tiempo. Plantaba en poste su corpulencia rolliza, afinándose sólo, insensible, allá arriba, donde ampliaba el rudo penacho (¿“arassóia”?), un abanico de brazos, con las hojas disparándose, ninguna descayendo. No podía el viento desgreñarle el follaje, con rumor de ingenio, y mal se prendía en sus cabellos, como una abeja inmensa. Sería más ceniciento o de un verde menos viejo, según lo dividiera el fuerte sol o lo lamieran las lluvias. Y, en noche clara, era espectral –un solo hueso, un nervio, un músculo. A veces, tapaba la luna o la cargaba a cuestas, mientras en su gallardete goteaba el parpadeo brujo de las estrellas. Su belleza ascendía, magnificaba. Definía obstáculo: uno tenía que detenerse ahí, unos momentos que fuera, por imperio. Y seguir por un instante su duro movimiento coagulado, del que parecía a punto de surgir una amenaza o una melodía.

La gente decía: el Burití-Grande.

Él existía.

Apenas el sonido en falso, la fantasía de tantas palabras, como una neblina, que ni siquiera eran vestigios- y el burití grande no era aquello. Estaba siendo él mismo, en pie, un peso poderoso, un lugar previamente lleno, el formato puro. Uno temía y quería entenderlo, y contra aquel Ser sólo podía oponer una trinchera de imágenes y de recuerdos…”