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Una de mis grandes pasiones es sentir adrenalina ante dificultades extremas. Siento que al vencerlas me desarrollo a nivel interior y llevo mi vida con menos temores.

Desde hace mucho tiempo yo soñaba con tirarme en paracaídas pero nunca me lo imaginé en Nicaragua.

Con muchísima emoción llegué temprano a la playa de Montelimar a cumplir mi sueño. Al entrar me dieron un documento como de 20 páginas que tenía que leer para asuntos legales -no me pregunten si lo leí- lo firmé con los ojos cerrados.

Tras siete desesperantes horas, escuché un grito: ¡Grupo 16! (todo en inglés porque la empresa es gringa) Mi grupo puso fin a la ansiedad. Andy, el instructor profesional de quien dependería mi vida, se encargó de los requisitos técnicos: instrucciones, equipamiento y de mí hasta tocar tierra.

Tomamos un microbús para ir a la pista aérea, el avión tenía capacidad para 20 personas. Allí iban gringos, franceses, holandeses y ecuatorianos… en ese vuelo solo yo era “el nica”.

Los minutos más largos e intensos
Finalmente, el avión despegó. En el camino, hablando con el instructor le sugerí hiciéramos las piruetas que fueran posibles. Ya a 12,000 pies de altura mis oídos estaban tapados por la presión, el clima era frío… una luz verde se encendió en el avión y alguien gritó: ¡Readytojump! -Y yo, ¡juela!-  en un minuto todos los que iban a bordo ya habían saltado.

Llegó el momento crucial: Cuando estás en la orilla de la puerta el corazón te late muy lento, lento, lento. Todo lo sentía en cámara lenta. En  mi mente no pasaban imágenes del pasado, ni ningún recuerdo, siempre estuve concentrado en el salto, ¡y salté!

Dimos dos vueltas hacia atrás, hubo un momento que me perdí, no sabía dónde era el cielo y la tierra hasta que Andy me hizo la señal de abrir los brazos, fue justo cuando nos estabilizamos. Hicimos giros de 180 grados -tremendo sentir el viento al viajar a una gran velocidad y poder observar la inmensidad de nuestra Nicaragua. Fue un momento largo y rápido que me hizo sentir tan feliz, con tanta adrenalina, hasta que se abrió el paracaídas. Duramos un minuto en caída libre, luego disfrutamos de un tranquilo viaje en paracaídas –alrededor de 6 minutos-, aterrizamos en la costa de Montelimar.

¿Y?
Gracias a este tipo de actividades veo la vida como un salto en paracaídas: sabemos que vamos a caer, sin embargo vivimos, disfrutamos y aprendemos de esa caída libre. Tenemos que tener control de nuestro paracaídas para poder llegar a tierra firme, así tal vez en un futuro podremos elegir si volver a tomar esa aventura.

P.D:

Agradezco a Andy, el instructor, y a mis amigos por ser parte de esta experiencia… estuvo diacacaxxxx