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Uno a uno iba llegando al Olimpia’s Bar, sin previo aviso, como solía ocurrir casi todos los jueves o viernes por la tarde. Y aunque nadie sabía quiénes estarían esperando, llegaban a encontrarse. Una rutina de solaz y esparcimiento, de pláticas interminables que iniciaban con la luz crepuscular y fenecían por el cansancio o la fatiga de haberse quedado vacíos de rumores y relatos de la vida ajena, horas invertidas hablando, casi siempre, mal del prójimo o del vecino ausente. La insidia y el veneno vespertino y nocturno de una manía imperecedera.

Entraban y se sentaban a la mesa compartida, juntando sillas y arrimándose, saludando a los amigos y conocidos de la tertulia o la bohemia, en esas reuniones ya no tan casuales, casi rutinarias o mecánicas, de acercamiento, por no perder la costumbre de concurrir al bar o a las cantinas de la nostalgia, del ayer, casi en el olvido, a donde todos alguna vez retornaban para celebrar bajo la luz tenue o la penumbra del salón.

Ese jueves la mesa desbordaba una concurrencia inesperada, algunos desconocidos oficiaban en torno al grupo, y murmuraban o hablaban en susurros y allá de vez en cuando alguien levantaba el tono de la voz, para hacerse escuchar en el bullicio. Al calor de los tragos, la conversación devino en diálogo, podría decirse, que nadie realmente escuchaba a nadie, pues todos hablaban a la vez. Parecía una vieja manía, en la que se formaban pares, y allá de vez en cuando, con los vapores etílicos en ebullición, volvían a oírse decir que por favor escucharan lo que estaba contando Mario, el cineasta, obsesionado con la idea de un nuevo corto metraje. En cada encuentro, Mario tenía la manía de relatar escenas de realizaciones audiovisuales que casi nunca llevaría a cabo. Decía títulos peregrinos como: La primavera en Míkonos, La noche de las palomas muertas, El hombre que se negó a morir.

Todos sus films estaban montados en su cabeza. Y el silencio dejó escuchar por un rato a Mario, luego se quedó viendo fijamente al techo de zinc pintado con rojo anticorrosivo, porque el salón no tenía cielo raso, y habló con voz clara, un poco ronca.

- No sé –dijo-, pero no puedo evitar mirar la imagen de un pandillero loco, apasionado por la música clásica: La Novena Sinfonía de Beethoven. Llega al Teatro, y en la Sala Mayor, la orquesta sinfónica interpreta la obra del maestro. El maje éste, el pandillero, viste traje formal, es decir, de smoking, de frac. El corto metraje se va a titular: El pandillero que quiso ser músico. La idea me la sugirió, difusa, vaga, un diputado lumpen, craquero, y me propuso que él correría con los gastos. Un corto metraje con el jefe de una de las pandillas de los barrios bravos, de la zona oriental o de la carretera norte, que es cosa seria. Un pandillero vestido de saco y corbata, que sea el jefe de la pandilla Los come muertos. El tipo está obsesionado por la música de Beethoven, y sacado de la barriada o de los asentamientos, es como una locura. ¿Pero existirá un marero con esas ideas absurdas, fanáticas, por la música clásica? ¿Y de dónde una orquesta sinfónica, si en el país no existe, o quizá sí?
Mario hablaba solo, escuchándose él mismo, sin que le importara nada a nadie de lo que decía, porque del otro lado de la mesa los amigos no parecían escucharlo, y menos los extraños y advenedizos. Absorto, el Profesor, que era el único que parecía atento a la idea del corto metraje de Mario, y para sorpresa de los demás, dijo:

-Ayer estuve en la playa, en Casares. Tenía meses de no ir. Salían las lanchas del mar cargadas de pescados, langostas y camarones. Me acerqué y compré un pargo rojo grande, de este tamaño-. Levantó la mano sobre la mesa en señal de altura-. Medía como un metro treinta, pesaba unas veinte o treinta libras y me lo dieron en setenta y cinco pesos, descamado y sin espinas. Era enorme.

-Ya sé -interrumpió Mario-. El pandillero tiene que robarle el traje a un pastor evangélico. Si no, ¿de dónde lo va a sacar? Pero sólo se lo roba al descuido, un hurto, pues, no lo mata.

La orquesta se puede completar con músicos de distintos grupos, saxofonistas, flautistas, violinistas, clarinetistas, en fin, lo que haga falta se consigue con el Instituto de Cultura. Y para mientras, voy a filmar primero al pandillero saliendo de su casa, reuniéndose con sus pipes, la mancha brava, y después, un enfrentamiento con otros pandilleros.

Entre trago y trago, los amigos compartían la mesa, estaban perplejos, callados. A veces emitían susurros y breves sonidos inaudibles. Sólo el Profesor y Mario parecían escucharse, aunque absortos, ensimismados, ambos pasaban por un trance. Tres, cuatro tragos de ron negro con hielo y soda, tonifican, enervan, pero ellos alucinaban ya, divagaban y dialogaban a solas, entre el murmullo de los compañeros, ajenos a sus extravagancias.

-Mi mujer chuleteó el pargo -dijo el Profesor, con esa cantidad de carne bien come una familia durante un par de semanas los tres tiempos, si sólo tuviéramos carne de pescado.

Imagínense ustedes qué maravilla es un pargo rojo gigante. Se puede preparar en chuletas empanizadas, al ajillo, a la plancha, frito entomatado, frito encebollado, en fin, es una cosa increíble.

-¿Un pargo, decís?
-Sí.
-¿Y de qué tamaño era?
- Como de metro y medio.
-¿Y te costó sólo setenta y cinco pesos?
- Si. Sólo setenta y cinco.
-¿Y todos nosotros somos un atajo de babosos, no, para que te creamos semejante cuento?

-Yo nací en Casares. Fui criado allí entre pescadores. Y ellos me lo venden a ese precio, casi como un regalo. No tengo culpa de pertenecer a esa tribu de pescadores.
Mario le daba vueltas a las imágenes y secuencias de acción del corto. Ciego de fe, cree escuchar en ecos profundos y sonoros la melodía de la partitura del coro, cien voces de barítonos y contraltos, hombres y mujeres…

-¡Ah! ¿El título? No estoy seguro. Claro, falta todavía afinar algunos detalles. Pero se llamará El pandillero que quiso ser músico.

-No existe nada tan hermoso como amanecer en el mar, caminar descalzo por la playa, sentir la arena entre los dedos de los pies, mojarse con la espuma de las olas, y mirar planear a los pelícanos y los pájaros y palomas del mar, ver venir las lanchas cargadas de pescados y beberse una cerveza o unos tragos de ron. Uno extraña su infancia, tantos recuerdos, por eso cada vez que puedo, los fines de semana me voy a Casares y compro un pargo rojo, un gran pescado para que mi mujer lo fría con cebollas y tomate.    

La noche había encallado en el limbo etílico, en el umbral de los destellos borrosos de idas y venidas al orinal acre del baño de concreto rústico. Uno a uno fue marchándose, a veces, sin despedirse. Pero Mario y el Profesor persistían, pendientes de su última idea, de sus últimos recuerdos, de las imágenes secuenciales del pandillero que quiso ser músico y de un pargo rojo gigante, que daría de comer a todo un pueblo.