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Sin Peñalba no hubiera habido pintura en Nicaragua, ni escuela ni promociones en las siguientes tres décadas (50 al 70); hasta tuvo la saludable refutación y homenaje generacional de Praxis, en los 60. Peñalba fundó la pintura nicaragüense, paleta y temática, introdujo  los ismos  y un  temprano muralismo, las texturas táctiles, cierto materismo; se empeñó en una expresión nacional, continental; formó pintores de Guatemala y Costa Rica e hizo hombres urbanos, cultos, con conciencia y fatalidad de artistas, a sus discípulos.  Marta Traba, encarnación del cuestionamiento y la polémica, ha sido capaz de reconocer en su obra Mirar en Nicaragua (1981-84), que Peñalba “como casi todos los precursores, se preocupó más por abrir caminos que por darle a su obra una cierta unidad, tanto técnica como temática.

Le tocó iniciar el muralismo, que sólo tomó importancia mucho después (1974) con la obra de varios autores en el Centro Comercial Nejapa; el dibujo y el óleo donde aparece varias veces, el empaste grueso y táctil que sería una de las características de la generación joven”.