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Hace tiempo ha circulado una o varias fotografías del pintor Armando Morales Sequeira  (Granada, Nic. 15 de enero de 1927 – Miami, USA, 16 de noviembre de 2011), pintando en aquel su sombrío taller de Nueva York, y en sus nublados talleres de París o de Londres o contemplando con pupila alerta, críticamente, sus lienzos, con un pañuelo ciñéndole la cabeza, según se dice, más bien, sujetándole las imágenes para que no se le escaparan, o cubriéndole la mollera anudada en la nuca, o a manera de gorra con  conejitos en las cuatro puntas. Carlos Fuentes ha reconocido en esos pañuelos los envoltorios a la manera del siervo de la patria mexicana, José María Morelos y Pavón. Sin que me duelan prendas nacionalistas, porque somos mesoamericanos, creo que el pañuelo de Morales procede de los hombrazos campesinos, indígenas y mestizos con labio inferior borbónico, nicaragüenses que salen muy al alba  a iniciar el jornal, las fajinas con el machete, el arado, el espeque en mano y  les sirven para enjugarse el sudor y librarse de los rigores del sol tropical que azota duro cuando no cae vertical. Para enfrentar el sol.

Al fin Morelos y Pavón andaba en campañas militares y Morales después en campaña de disciplinas pictóricas, paleándose 8 o 12 horas de taller, largas sesiones de lucha, de trabajo. Morales desde joven laboraba de sol a sol con estos pañuelos rojos, azules, amarillos, verdes y blancos estampados con motivos lineales en negro. Curiosamente los pañuelos supuestamente campesinos o de gustos indígenas de Morales eran Made in China, 100% cotton. RN. No. 1. Y los ofertaban en las tiendas de los mercados o tiangües aldeanos, puertos de montaña, tiendas de ropa de “partida”. En el quinientos italianos y el XVI europeo, la concepción del arte como arte y trabajo cambiaron, para ser teoría, investigación, modernización de indumentarias y escenarios e inspiración del mundo grecorromano; transpiración, técnica, encaramiento del fresco, de la tela extensa y ancha, el dibujo, el color y el volumen. El Renacimiento.

Me duelen algunos manoseos e irrespetos gremiales, que resentían y hacían huraño a Morales con algunos coterráneos confianzudos. Me guardo muchos recuerdos personales halagadores, generosos, hasta gentiles y gratos en compañía de Morales y de amigos queridos (haber atestiguado su reconsideración de los murales de Diego Rivera en México; haberlo oído valorar a su maestro Rodrigo Peñalba y a su amigo Fernando Saravia sin personales reparos en Managua; haberlo visto admirar las cinco terrazas, sus cúpulas y linternillas de la Catedral de León, acaso la primera vez que ascendía a ellas por invitación de la Fundación Ortiz-Gurdián, y haber recorrido en Londres el Museo Británico, las salas de los mármoles griegos, y la Tate gallery...).

Muchas cosas podrían decirse de Morales (desdeñoso con coleccionistas, admiradores y amigos de sus anfitriones; temperamental, arbitrario, descortés adrede, sangrón; su miedo serval por los aviones de las destartaladas líneas aéreas centroamericanas de hace medio siglo (TACA, sigla de Tome Ataúd con Anticipación); rechazaba firmar autógrafos en carteles, catálogos y libros de sus exposiciones, desconfiando que fueran a hacer negocio; oscilante en materia político-ideológica; enamorado como un adolescente; grandulón y feo como el magnífico retrato a tinta que le hizo José Luis Cuevas, etc.), pero basta una por sobre todas. Una sola.

El pintor de Nicaragua
Fue uno de los grandes, grandísimos pintores de América Latina. El pintor de Nicaragua, formado en Nicaragua y con una sensibilidad para su paisaje que lo enlazaban con su poesía. Pintaba “metáforas”, solía decir Morales. Pintaba de memoria, madre de la poesía. Un pintor poeta en una república de poetas: Amó su Granada natal como Enrique Fernández Morales (1918-1982); vivió extasiado en su muelle de tablones podridos, mal claveteados, horizonte chontaleño y aguas con llenas y oleajes de mar dulce, con lanchas de madera mercantes como el Pablo Antonio Cuadra (1912-1902) de Cifar; recorrió el río San Juan hasta el fin, hasta Bartola con el padre Angel Martínez (1999-1971); se inventó mujeres que no habían existido, nuevos besos, como Joaquín Pasos (1914-1947), grandes flores oníricas e imaginó circos desmantelados, coches de caballos, carromatos, animales amaestrados, en la plaza de la estación del Ferrocarril de Granada, junto a mujeres súbitas y extrañamente desnudas como el equilibrista y clown José Coronel Urtecho (1906-1993) y el levanta pesas Manolo Cuadra (1907-1957). ¿Algo de los arlequines de Picasso? Quizá.

A principios de la  década del cincuenta, el entonces joven Morales, aficionado e irregular asistente de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Nicaragua, Managua, que no pasaba los veinte años, ensayaba acuarelas urbanas y lacustres, copiaba a Paul Klee (véase su “Casa”  con un encanto infantil de 1953 y la no menos poética y encantadora “Jaula de pájaros”; 1953), intentaba el abstracto (1953) y esbozaba unos “Zopilotes” (1952). En una época  que podría tenerse como de búsquedas, aprendizaje y experimentación suyas.

No obstante, a mediados del cincuenta ya había asumido su vocación con precocidad, seguridad e irrumpió en el panorama de las artes visuales del continente superando las limitaciones formales, imaginativas y conceptuales provincianas, para  alcanzar una inmediata y decisiva presencia entre sus contemporáneos Manuel Felgueres (1928), Alberto Guironella (1929), Omar Rayo (1928), Julio Leparc (1928), Jacobo Borges (1931), Fernando Botero (1932), Vicente Rojo (1932), Lilia Carrillo (1930-1974) y José Luis Cuevas (1934). Con obras semi-abstractas que mezclaban el mítico y misterioso universo visual americano, baste pensar en  su “Luna mordida por perros” que es una recreación del los mitos aztecas o náhuatl cósmicos y terrenales o en su magnífico “Árbol-espanto” (1956, óleo / tela,1.30 X 57 cm), al que se le ha señalado el influjo de Wifredo Lam (1902-1982), algo que no termino de identificar ni de asimilar, ni en su universo simbólico  afro caribeño, ni en su paleta ni en su diseño; porque Lam está lleno de emblemas, lanzas rituales y danzas guerreras, mientras el árbol de Morales es hijo de las quema agrícolas, del pensamiento mágico o fantasmagoría indígena, y de la gestualidad sugestiva nocturna. Sin embargo “Guerrillero muerto” (1958), de esa misma época, me evoca la entonces reciente “Elegía a la República Española” (óleo /tela, 303.4 x 254) de Robert Motherwell, lo que ya denotaba su encuentro  con el expresionismo abstracto o Escuela de Nueva York.

Cincinnati, 17-20 de noviembre 2011.