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EN BUENOS AIRES RECORDANDO “AQUELLA” DE MASAYA

                            a Ricardo Llopesa

En la noche de Buenos Aires una dama de gris
tocaba el laúd en el Café Concierto. Otra dama de negro
danzaba alrededor del xilofón cantando una dolorosa
                                              canción anónima antigua;
expectantes tres amigos y yo recibíamos en la garganta
cascadas frescas hijas de estrujadas viñas.

Recordé la marimba de mi Masaya natal cuando
hábiles manos tocaban “La Danza Negra”
en las fiestas de San Jerónimo y a dos muchachas
de rostros nórdicos que se pusieron de pie para
                                                         bailar “Aquella”.
Una de ellas logró con dulce gracia la figura de mujer
que se acerca y luego huidiza se aleja con voladizos pies
como no queriendo que la quieran.

Daban vueltas los hilos dorados de su falda y el
abanico abierto con anillados destellos.

Qué óleo de selecta colección sería el de sus manos
y sus brazos armoniosos girando con escasa luz
                                                 bajo la tenue lluvia;
sólo al final la luz de sus grandes zarcos ojos
iluminó toda la plaza y dejó ver que ella
era en pies y manos y cuerpo y alma la misma
                                                            “Aquella”.

UNCIÓN DE LAS ACACIAS
                                         a Danilo y Alba

Miraba más allá del parque el muchacho.
Encendió un cigarrillo esperando y ninguna
muchacha apareció por donde miraba él.

Una tibieza hasta hace poco conocida
lo tomó por la espalda y ascendió en cruz
                                     hacia su pecho ansioso;
luego el abrazo intenso interrumpido apenas
con la tregua de apretujados dedos: al derecho,
al revés, una vez y otra vez.                                                             

Era fina la lluvia y árboles arriba, agudos los
chillidos alborozados de los zanates clarineros.

Se fueron los enamorados tomados de la cintura
sin darse cuenta que de sus cuerpos fluía
una mezcla amorosa de sexo de pájaros con
excretas, hojas verdes y abundantes flores amarillas
                                                                de acacias.

Sólo en sus manos y sus bocas un pétalo no había.
* El autor es miembro del Instituto de Estudios del Modernismo de Valencia-España.